Capítulo 34: "Baby, I love you"

2808 Palabras
- ¡Matt! - grité, cerrando de un portazo la alacena de la cocina. - ¡Qué!  - ¡¿Dónde mierda está el azúcar?! - le pregunté a gritos exasperada, ya que hace más de media hora que estaba buscando la jodida azúcar y no la encontraba. - ¡En dónde siempre! - me respondió, gritando desde la sala, puse los ojos en blanco. - ¡Y dónde mierda es donde siempre! - volví a revolver las alacenas sin encontrar la maldita azucarera -. ¡Maldita sea, Matthew, sin la azúcar tendré que tomar el jodido café amargo! Escuché unos pasos furiosos desde la sala, y entonces Matt entró a la cocina con el ceño fruncido, en pantalones cortos y sin camisa, descalzo. Me miró enfurecido, caminó hacia mí y abrió la puerta de la alacena que estuve revolviendo por noventa minutos. - Siempre tengo que hacer todo yo en esta casa - dijo, enojado, y luego agarró un frasco marrón y lo dejó con fuerza en la mesada -. Aquí está la azúcar, en este recipiente que dice galletas. - y dichas esas palabras salió enfurecido de la cocina. > Preparé mi café por fin y luego fui hacia la sala de estar, en dónde Matt estaba mirando un programa de fútbol o algo así. Me senté en el sofá y crucé las piernas en forma de Indio, tratando de contenerme para no romperle la cara a mi hermoso hermano.  Últimamente estaba más sensible e histérica de lo normal, y no sabía si era por todo lo ocurrido con el idiota, o porque simplemente estaba en mi período. A veces odiaba ser mujer, porque, claramente, era una tarea mucho más difícil ser mujer que ser hombre. Nosotras tenemos que ser perfectas, tenemos que adaptarnos a la sociedad y a sus críticas: nos tenemos que depilar, tenemos que mantenernos en forma, maquillarnos, vestirnos para cada maldita ocasión, nosotras somos las que nos embarazamos, y para colmo derrochamos sangre unos cinco días al mes. ¿Alguien quiere por favor decirme qué mierda hice de malo en la vida para pasar por todo esto? Aunque en realidad, cuando me vino, me alivié bastante, porque bueno, había estado con Brennett sin protección, y si me embarazaba de ese estúpido, iba a tener a un sucesor del diablo en el vientre.  Habían pasado dos semanas desde nuestra pequeña pelea en los pasillos del instituto luego de la escenita en la cafetería. Dos semanas desde que no hablábamos, ni nos mirábamos, ni nos acostábamos, ni nada. Los primeros días me sentía como la mierda, por razones que no entiendo, y la verdad es que extrañaba un poco molestarlo, o insultarlo, e incluso acostarme con él. Pero esos días pasaron, y de pronto me sentí mejor conmigo misma. Una estupidez, lo sé, pero así era. Ya no tenía que fingir enfrente de todos los demás, actuando como si nada hubiera pasado entre Eric y yo, ni tenía que responder a sus miradas lascivas, a sus mínimos coqueteos. Ahora todo era normal, como siempre había sido antes de que todo empezara con él. Nos ignorábamos como siempre, nos interesábamos una mierda uno en el otro, y eso de alguna manera me sacaba un mínimo peso de los hombros. Ya no me miraba como antes, mejor dicho, ni siquiera me miraba, mucho menos me hablaba. Cuando nos sentábamos juntos en clase él se limitaba a no voltearse ni una sola vez hacia mí, ni a preguntarme nada, por lo que simplemente me la pasaba hablando con Gregg, que cada día estaba más encantador que el día anterior. Se lo agradecía. Cada dos días exactamente lo veía con una diferente, me di cuenta entonces que Eric prefería a las morenas, y que variaba de vez en cuando con una castaña tirando un poco para rubio. Pero ni una rubia se sentó en sus piernas a la hora del almuerzo, como solían hacer todas las demás. Me sorprendió que ninguna de las veces que lo vi devorando los labios de otras me haya molestado, ni un pelo se movió de mi cabeza, ni me enfurecí, ni nada. Pero, cuando lo veía hablando con Mikaela, cuando los encontraba hablando pegados en alguna hora libre, en los recreos o en el patio de comida, me ardía la sangre, y me odiaba por eso. Me molestaba exactamente que esté con esa en específico. Ridículo, lo sé. Así que, me parecía que eso de no volver a hablarnos era verdad, era algo que al parecer no tenía una segunda opción, que no cambiaría. No sabía exactamente si estaba bien con ello o no, aunque convengamos que yo no sé muchas cosas.  Pensé que el hecho de que Gregg viniera a casa el fin de semana me alegraría, pero no fue así, ya que tuvo un problema familiar y me llamó para decirme que lo dejáramos para otro día, le dije que no había problema, claro.   Los días pasaron, ya no me veía tanto con mis amigas, uno porque no me sentía de ánimos suficientes, dos porque cada una tenía cosas que hacer. Lenn practicaba con las porristas, Less pasaba la mayor parte del tiempo o estudiando o con Matt, y Julie parecía que tenía una fiesta todos los días, o tenía que salir con su madre o con sus primas o algo por el estilo. Así que estaba sola, y, aunque a mi me gustaba la soledad, sentirme sola en cambio no. Tenía cita con la ginecóloga, pero llamaba todos los días para decirle que cambiara la fecha y así, me dijo que si no iba el miércoles de la próxima semana llamaría a mi padre, así que obligadamente tendría que ir. Y para colmo tenía que estudiar para los exámenes, maldita sea. El timbre de la casa sonó, y como Matt estaba de lo más pancho mirando la tele, sin dar señales de vida, tuve que dejar mi café en la mesa e ir a atender la puerta. Un sonriente Gregg apareció en mi campo de visión, iba vestido con jeans y una camiseta mangas cortas, con el cabello desarreglado. Me daba ternura de solo mirarlo a la cara. - ¿Qué haces aquí? - pregunté sonriendo. - Verás, me sentía mal por haberte cancelado el fin de semana pasado, y sé que has tenido días malos, y con todo el estrés por los exámenes y eso, supuse que necesitarías a alguien para distraerte - se encogió de hombros -. Y ese alguien soy yo. - Gregg, yo... - comencé pero me interrumpió. - Oh, vamos, Val - dijo ladeando la cabeza -. No puedes pasarte los días encerrada en esta casa solo porque Eric se comportó como... Eric - negué con la cabeza divertida -. Así que ve a cambiarte y vamos a distraerte un poco. Iba a decirle que no, pero no podía mirar esos ojitos de color celeste y decirle que no, eran demasiado lindos. Así que solo puse los ojos en blanco y me dirigí a mi habitación para cambiarme.  Me decidí por un short de jean n***o que me quedaba algo flojo, zapatillas blancas y una camiseta común, que fue la primera que encontré en mi armario. No me maquillé, como era normal en mí, incluso a pesar de que mis ojeras llegaban a mis rodillas, y dejé mi cabello atado en un mal hecho rodete.  Cuando íbamos saliendo de mi casa, Gregg me rodeó los hombros sonriente de oreja a oreja. - Me gusta tu cabello así, al natural - dijo mirando mi cabeza -. Parece un nido de pájaros - le di un empujón por las costillas y él soltó una risita -. No fue un insulto, me gustan los pájaros. Nos subimos al auto, con The Ramones sonando de fondo en volumen bajo, quise subirle unas cuantas veces a la radio, pero Gregg me decía que si lo hacía me explotaría la cabeza. En el buen sentido de la palabra. Luego de unos minutos le pregunté hacia donde íbamos. - A mi casa. - O sea que me sacas del encierro de mi casa, para ir a encerrarnos en la tuya... - ladeé la cabeza -. Eso no tiene sentido. - Para mi sí - dijo mirándome de reojo -. Mi casa tiene ese algo que te alegrará. - ¿Y que es eso? - Mi madre. Solté una carcajada al escuchar su respuesta.  La madre de Gregg, Eliz, era una de las mujeres más alegres que había conocido en mi vida. No había hablado muchas veces con ella, pero las pocas palabras que cruzamos, fueron llenas de risas por comentarios que hacía ella, y también llenas de comida, ya que Eliz amaba cocinar y engordar a los adolescentes. Así que la madre de Gregg era una de mis personas favoritas a pesar de que la conocía poco.  Cuando entramos a la casa de Gregg el olor a galletas me inundó por completo, y era tan delicioso que casi me desmayo solo de imaginar una de las galletas de Eliz. - ¡Gregg, cariño! - gritó ella y observé a Gregg divertida, enarcando una ceja, él puso los ojos en blanco -. ¡Preparé tus galletas favoritas, tesoro! ¡Chispas de chocolate blanco y n***o, con masa de chocolate! Se que... - y entonces paró de hablar ya que salió al pasillo y me vio allí. Me sonrió sorprendida, y luego miró con un gesto divertido a Gregg, que practicamente estaba golpeando su cabeza contra la pared. Eliz llevaba un delantal y guantes morados con flores rosas en las manos. - Mamá, ella es...  - Val. Si, si ya lo sé - me miró sonriente y caminó hacia mi, envolviéndome en un abrazo que me dejó sin aire -. Es un enorme placer volver a verte, linda. - Si, lo mismo digo, señora - le dije cuando se apartó de mí.  - Oh, por favor, dime Eliz, o Liz. Señora me hace sentir vieja - soltó una dulce risita. Ya entendía de dónde Gregg había sacado su encanto, de su madre, que era jodidamente tierna. - Bueno, si, lo que sea - dijo Gregg entonces, y luego miró con ojos ansiosos a su madre -. ¿Y las galletas? - Oh, Gregg siempre ha sido un gordinflón del alma - me contuve para no reír -. Vamos a la cocina. Gregg miró mi expresión y volvió a poner los ojos en blanco, y cuando entramos a la cocina, miles de bols con masa dentro estaban encima de la mesada, algunos pasteles de chocolate y de vainilla, y miles y miles de galletas. Maldita sea, este en mi paraíso. Seguramente engordaré tanto que saldré rodando, y no creo que haya cosa mejor que esa. Engordar en galletas y pasteles, ¿Qué mejor? Dios santo, quiero llorar por ver tantas delicias juntas en su solo espacio   Eliz nos sirvió dos vasos de leche, y nos tendió un plato con más de una docena de galletas de chocolate con chispas blancas y negras encima. Me sentía como en una película de Navidad, Navidad de galletas.  Devoramos las galletas y bebimos la leche fría mientras Eliz nos hablaba de una nueva receta para unos muffins que estaba haciendo, luego nos dijo que quería abrir una repostería y tener su propio negocio, nos preguntó sobre las clases, como nos hicimos "amigos" (lo preguntó en doble sentido, ustedes entienden), y así la tarde pasó llena de galletas, pasteles y leche, y la dulzura natural de Eliz.  Creo que ella me cae mejor que Gregg y todo. Es imposible que una mujer como ella te resulte pesada o insoportable.  - ¿Y tu, Val? - me preguntó sonriendo -. ¿Haces algo en especial? - lo preguntaba justo porque estábamos hablando de que Gregg tomó clases de dibujo dos meses, porque tiene mucho talento, pero lo dejó porque no lo convencía o algo así. - No, en realidad no. - Mentira - dijo Gregg interrumpiendo -. Val toca el piano. Eliz me miró sorprendida y con una sonrisa de oreja a oreja.  - ¿De verdad? ¡Que bueno! - dijo alegremente -. Mi esposo también tocaba el piano, pero lo dejó hace unos años, ya que no tenía tiempo por el trabajo y demás. - Empecé las clases gracias a mi madre, ella tocaba también. Pero cuando ella murió abandoné la vocación - me encogí de hombros. Esperé a que Eliz me dijera algo así como "mi más sentido pésame" o algo, pero en vez de hacer eso, simplemente se encogió de hombros y me sonrió como lo hizo en la hora que pasamos conversando. No me miró de otra forma, no me miró como si fuera una pobre chica que perdió a su madre. Se lo agradecí internamente. - Algún día volverás a hacerlo, cariño. Y cuando lo hagas quiero escuchar - me guiñó un ojo, sonriendo. - Bueno, ¿Quieres conocer mi habitación? - me preguntó de repente Gregg. - Emmmhmm... - miré nerviosa a Eliz y ella agitó la mano retándole importancia. - Oh, no te preocupes, hermosa - me guiñó un ojo -. Pero espero que sepan que las paredes de esta casa tienen oídos. Solté una carcajada  y luego de eso le agradecí por la comida. La habitación de Gregg era de tamaño normal, su cama de una plaza con sábanas de color blanca, zapatillas tiradas por el piso, ropa encimada en una silla en el rincón, un espejo de cuerpo completo, una guitarra eléctrica, recostada por la única pared pintada de color azul oscuro. Varios trofeos, una pelota de fútbol americano, y miles de posters de Nirvana, The Ramones, The Clash, The Rolling Stones, pegados en la pared, un reproductor de CD conectado a la tele y una repisa llena de Cds de música.  - ¿Con que te gusta el Punk y el Rock, eh? - dije entrando a la habitación, mirando todo al rededor, y luego me senté en su cama. Cerró la puerta sonriendo, y se tiró a mi lado. - No vivo sin la música - me respondió sonriendo -. De hecho quiero estudiar para esto, para vivir de la música. Me gustaría ser productor o algo. - ¿En serio? - Si - se encogió de hombros -. Sé tocar la guitarra, la batería y un poco de violín - enarqué una ceja -. No me preguntes como aprendí a tocar ese instrumento - reí -. Intenté escribir canciones unas veinte veces. - ¿Y qué pasó? - No encuentro la inspiración adecuada - me miró a los ojos -. No encuentro de quien escribir.  Me ponía nerviosa de la forma en la que me estaba mirando, como si... No sé, como si algo en particular que yo no lograba entender. No sabía que decirle, ni que hacer, ni como reaccionar en ese momento, porque me miraba como pidiéndome permiso para escribir sobre mi, como para besarme en ese momento.  - ¿Y cuál es tu canción favorita? - le pregunté para dispensar el ambiente. - Baby, I love you, de Los Ramones. - me contestó. - ¿Y sabes tocarla? - enarcó una ceja, pícaro, y entendí -. La canción, digo. > Gregg soltó una carcajada y se levantó de la cama y tomó su guitarra para luego tirarse a mi lado de nuevo, recostado la espalda por la pared. - No salgas corriendo cuando empiece, eh, que te taklearé si lo haces - advirtió sonriendo antes de empezar a tocar. Sus dedos se movían sobre las cuerdas con tanta facilidad que me impresionó, y luego empezó la letra.   Siempre te he dicho  Lo bien que se siente abrazarte No es tan fácil de explicar Y aunque realmente sigo intentando Creo que comenzaré a llorar Mi corazón no puede esperar otro día más Cuando me besas solo consigo, me besas solo consigo, me besas solo consigo decir...  Me miró sonriendo un poco, y aunque no cantaba perfecto, tenía una buena voz, de esas voces que se te meten en la piel solo por lo que expresan.   Nena, te amo.  (Nena, te amo) Soplado en el cielo  Nena te amo, te amo solo a ti    Sentía que me estaba faltando el aire, y no sé por qué.   No puedo vivir sin ti  Amo todo lo que hay en ti No puedo evitarlo si lo siento así Oh, estoy tan contento de haberte encontrado Quiero mis brazos alrededor tuyo Amo escucharte decir mi nombre Oh, dime si tu sientes, dime si tu sientes, dime si tu sientes lo mismo...    Lo estaba sintiendo como una maldita declaración, como si estuviera cantando eso para mí, como intentando decirme algo, como estar diciéndome que... Entonces, en medio de la canción la puerta de su habitación se abrió, y sus ojos encontraron los míos primeros. La canción ya no sonaba de fondo, nada sonaba en absoluto. Y me di cuenta que fue la primera vez después de dos semanas que sus ojos marrones se encuentran con los míos de nuevo. Me miró con el ceño fruncido, y luego miró a Gregg, y parecía estar tirandole cuchillos con los ojos.  - Veo que llego en mal momento - dijo Eric, rompiendo el silencio, me miró -. ¿O no, Val?
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