Capítulo 30: "La cita"

2649 Palabras
Mi celular empezó a sonar, levantándome de mi precioso sueño. Me quejé y encendí la luz de la mesita de noche, y luego contesté la llamada sin ver quién era. - ¿Qué? - pregunté de forma brusca. Escuché una pequeña risa del otro lado de la línea, seguida de un suspiro. - ¿Lo olvidaste? - la voz de Eric resonó en mi oído. Maldije internamente. Mierda, había olvidado por completo que tendría mi supuesta cita con Eric. Pero tampoco había tenido tiempo para recordarlo, estaba exhausta y me la pasé durmiendo todo ese día. Con expresión preocupada empecé a sentarme en la cama lentamente. - Mmhmm, puede ser - bostecé estirando los brazos. - Estoy afuera - dijo -. Te espero. Levanta tu trasero y vístete - bufé ante sus palabras sentándome en la cama -. Y, nena, no olvides lo que te dije - hasta lo podía sentir sonreír, y luego de eso la llamada se cortó. Puse los ojos en blanco, recordaba que me había dicho "ponte algo apretado". Bueno, pues tenía que improvisar y estar lista en meno de siete minutos. Como si fuera flash me cepillé los dientes y acomodé mi cabello con un peine, mientras pensaba que mierda ponerme para salir con Eric. No sabía si era formal, si iríamos a un circo o a nadar con tiburones, pero supongo que el término "algo apretado" entraba con un vestido. Para mi gran alivio, en mi armario tenía un vestido color n***o ajustado. Sin pensarlo demasiado me lo puse, y descubrí que era más corto de lo que parecía colgado. Yo sabía caminar en tacones, así que mis zapatero se basaba en zapatillas y botas, por lo que simplemente me coloqué unas zapatillas negras, tomé mi celular, me tiré perfume y salí corriendo de casa. Me subí al auto y mis ojos casi se caen de mi cabeza. Eric estaba vestido con una camisa blanca arremangada hasta los codos, unos pantalones negros ajustados y botas negras. Se giró hacia mi al mismo tiempo que soltaba el humo de su cigarrillo por la boca. Enarqué una ceja, divertida ante aquello, y sus ojos me recorrieron el cuerpo lentamente. > - Me alegra saber que me hiciste caso - dijo arrancando el auto, sonriente. - ¿A caso tenía opción? - pregunté bufando -. Estoy segura de que si no me vestía con lo que querías, probablemente me hubieras hecho un berrinche - Eric soltó una carcajada. - También me alegra el hecho de que empiezas a conocerme - negué con la cabeza, divertida. - ¿Y a dónde vamos? - pregunté cuando empezamos a avanzar. - Ya verás. - No me gustan las sorpresas - le informé. Desde que cumplí cinco años odio las sorpresas, ya que a mi padre se le ocurrió contratar a un payaso para que se escondiera debajo de mi cama el día de mi cumpleaños. Él me dijo "Val, debajo de tu cama hay una sorpresa", y yo corrí a mi habitación emocionada, pensando que un perrito me esperaba debajo de mi cama. Pero no fue así. El maldito payaso salió de ahí abajo gritando alegre, y yo me llevé un trauma de por vida. Así que no, no me gustan las sorpresas. - Pero a mi me gusta molestarte - me miró de reojo, sonriendo -. Así que te enterarás cuando lleguemos. Puse los ojos en blanco y me crucé de brazos en mi asiento. Si me hacía hacer algo estúpido, su rostro terminaría deformado, lo juro. El viaje fue rápido, incluso cuando Eric estaba manejando bastante lento de como lo hacía normalmente. Al llegar al lugar, casi me da un infarto. El muy idiota me había traído a uno de los restaurantes más costosos de la ciudad. Y yo estaba con zapatillas. Joder. Dejó las llaves de su auto a un hombre que lo saludó como si lo conociera de toda la vida. Caminé hacia él, dudosa, estaba sonriéndome bastante divertido, y cuando llegué a su lado tomó mi mano, entrelazando nuestros dedos, y entramos al lugar. - ¿Por qué mierda no me dijiste que vendríamos aquí? - pregunté entre dientes -. Me hubiera arreglado más - Eric soltó un bufido. - Estás perfecta así - se detuvo enfrente de la recepción y me repasó con la mirada -. A mi me gustas así. Okey, eso había sonado demasiado tierno para mi gusto. Últimamente Eric estaba ganando demasiados puntos a favor, y pocos en contra, y definitivamente eso era más que malo, era pésimo... Pero se estaba portando tan tierno que no podía odiarlo. No hasta que volviera a ser un idiota. - ¿Y cómo pagaremos esto? - pregunté, entrando en pánico. Eric soltó una pequeña risita, negando con la cabeza. - ¿Pagar? - preguntó sarcástico -. Val, soy dueño de este lugar. Eso si que no me lo esperaba en absoluto. ¿Qué mierda era esto? Este chico era dueño de la mitad de la ciudad, ¿o qué? Bueno, en realidad él no es dueño, sino su padre. No podía creer que Brennett tuviera tanto dinero, es decir, solo hay que ver su casa para darte cuenta que tiene toda la vida más que arreglada. Me sonreía, mirándome desde arriba, y no pude evitar devolverle el gesto. Para la sorpresa de todo el mundo, Eric me estaba cayendo más que bien. Estaba siendo... lindo. De alguna manera, él estabas siendo lindo conmigo. - Eric - escuchamos la voz de una mujer y nos volvimos hacia ella. Estaba vestida con el uniforme del lugar y sonreía alegre al chico -. Dios mío, parece un siglo que no pasas por aquí, cariño. - ¿Cómo has estado, Rosa? - le preguntó Eric, sonriente. - Todo está yendo de maravilla, gracias por preguntar. - Me alegro - respondió sonriente de oreja a oreja. La mujer me miró amigablemente, y luego dirigió su mirada hacia Brennett, una mirada pícara y divertida. - ¿La misma mesa de siempre? - preguntó. - Claro. La mujer anotó algo en su computador y luego le hizo una ceña a un camarero, quien nos guió a nuestra mesa. Estaba algo apartada de las demás personas que estaban en el lugar, la luz era tenue y la música acogedora. Eric corrió la silla para mí, y luego la acomodó cuando me senté. Se imaginaran mi rostro en ese momento, no sé si me estaba por dar un derrame cerebral o me moriría de la risa. Todo aquello, desde mi punto de vista, era tan tierno que me daba gracia, y no sabía si era porque soy demasiado estúpida o porque estaba nerviosa. Creo que la primera tiene más sentido. Se sentó enfrente de mí, y el camarero nos entregó la carta, pero antes de que me la entregara a mí, Eric le hizo una ceña con la mano, diciéndole que no era necesario. - Dos platos de trufas blancas Alba, por favor - dijo, el hombre asintió -. Y, por ahora, solo agua. - Si, señor - respondió como un robot el hombre y se alejó de nosotros. Miré con una media sonrisa divertida a Brennett, este enarcó una ceja, encogiéndose de hombros. - ¿Y qué pasa si yo quería una hamburguesa con papas fritas? - pregunté apoyando los codos en la mesa, enarcando una ceja en su dirección. El mesero volvió y llenó nuestras copas de agua, Eric le dio un trago, sin apartar la mirada de mi, aún sonriendo. - Si veías los precios, ibas a querer irte - dijo -, lo cual, claramente, no permitiré. - ¿Y por qué piensas eso? - Porque eres orgullosa y testaruda - puse los ojos en blanco -. Y sé perfectamente que hubieras querido pagar tu plato. - Eso es lo que la gente normal haría - respondí. Eric negó con la cabeza, divertido. - Resulta que no somos tan normales - sus ojos se clavaron en los míos. - ¿Y qué somos? - Lo que tu quieras que seamos - tragué saliva, y luego solté una carcajada, enderezándome en mi silla. - ¿Siempre traes a tus chicas a este restaurante? - pregunté, en tono divertido, y luego tomé un poco de agua. - ¿Por qué preguntas? - enarcó una ceja - ¿Celosa de no ser la única? - revoleé los ojos, él siguió molestándome -. Puedes cambiar eso cuando tú quieras, pero decidiste rechazar mi oferta. - Te recuerdo que haber sido el primero, no te hace el único, Brennett - guiñé un ojo. - Pero me hace el más importante - señaló. - Nah, no tanto - respondí simple, encogiéndome de hombro -. Fuiste un medio para ganar la apuesta. Soltó una carcajada. - Claro, había olvidado lo de la bendita apuesta - suspiró -. Y yo que pensaba que me elegiste a mí porque de verdad empezaba a gustarte. - Fuiste la opción más rápida. - concluí, simple, encogiéndome de hombros y sonriendo de costado dulcemente. Él elevó las cejas y soltó una carcajada. - Ya veo... - miró su mano encima de la mesa, sonriendo abiertamente -. Eso no quita el hecho de que me escogiste a mí. No a Gregg, o a Zach, o cualquier otro chico de la fiesta, sino a mí - tragué saliva mientras él sonreía petulante -. Y lo hiciste porque sabes que tenemos una conexión innegable. - Conexión física, seguro. - Física, s****l, llámala como quieras. Pero la tenemos - se recostó por la silla y llevó una mano a su barbilla -. Se siente en el aire, cuando estamos solos en una habitación o incluso con gente alrededor. Inconscientemente nos movemos para estar uno más cerca del otro. Eso es una conexión, ¿no te parece? - Le prestas demasiada atención a las cosas, Brennett. - me revolví en mi asiento. - Le presto atención a lo que me gusta - sentenció, lo miré fijamente a los ojos -. Harías más fáciles las cosas si simplemente dejaras de ser tan testaruda. - Soy testaruda porque nada en ti me dice que pueda confiar - expliqué, simple -. Tú también tienes que admitir que eres una persona difícil y tu reputación te antecede. - Lo sé, lo sé - suspiró -. No cambiaré de la noche a la mañana. - No creo que lo hagas jamás. Noté que mis palabras lo afectaron un poco, pero él simplemente se encogió de hombros. - Siempre se puede intentar. Para mi suerte, los platos no tardaron en llegar. La verdad, es que no se veía tan delicioso como lo juraba Eric cuando le pregunté que carajo había pedido, pero aquella sensación desapareció cuando me llevé el primer bocado a los labios. Definitivamente, con ese plato podía comprobar lo que se sentiría ir al cielo, o algo parecido. Sabía malditamente bien, era como estar en el paraíso, de ida y vuelta. Brennett pidió un vino que tenía un nombre tan raro que era imposible de recordar, y cabe decir, que el vino también sabía genial. > - Entonces, cuéntame de ti - dijo luego de unos minutos en silencio. - ¿Para qué quieres saber de mí? - pregunté, entrecerrando los ojos. - El propósito de esta cena es conocerte un poco más, Val - asentí -. Así que habla. - A ver... - dudé unos segundos, tratando de recordar que podría contarle a Brennett sobre mi -. Me gusta comer. - De eso ya me di cuenta - respondió poniendo los ojos en blanco, divertido. - Bueno, otra cosa - pensé por unos segundos -. Hice patinaje artístico unos cinco años o así, pero luego de la muerte de mi madre lo dejé... Ya sabes, la depresión del momento, y esas cosas - Eric asintió, escuchándome atento -. Me gusta mucho mirar películas, sinceramente creo que ya las he visto todas, lo juro - solté una pequeña risa -. Sé tocar el piano, tomé unas clases de canto hace unos años. No canto como los ángeles, pero - me encogí de hombros -, tengo lo mío... No sé... Mmhmm... Supongo que soy todo lo que ves - asintió sonriendo. Aquello era cierto. Yo era todo lo que se veía, nada más ni nada menos, era una sola persona a cada minuto de mi existencia, nunca cambié, y creo que jamás lo haré. En ese aspecto, era bastante transparente. Era ese tipo de personas a las que se le nota cuando están mal, o deprimidas, y bajoneadas... completamente transparente. - ¿Y qué me puedes contar de ti? - pregunté ahora yo mirando a Eric. Este se encogió de hombros. - Supongo que soy todo lo que ves. - puse los ojos en blanco cuando imitó mi expresión. - No copies mis oraciones - le advertí, señalándolo con un dedo -. Dime algo que creas no sé sobre ti. - A ver... - pensó -. Mis padres se divorciaron hace dos año, creo. Vivíamos todos en mi casa, pero ahora ahí estamos solo Zach y yo. - ¿Y por qué se separaron? - pregunté, curiosa -. Si puedo saber. Eric pareció tensarse un poco ante esas palabras. Lo observé tragar saliva, nervioso ante el momento, o la pregunta. Se pasó una mano por el cabello antes de abrir la boca para hablar. - Mi padre... - comenzó, pero entonces su celular comenzó a sonar. Frunció el ceño y algo enojado contestó la llamada -. ¿Qué?... No puedo ahora. Estoy con ocupado con algo... - me miró de reojo. Suspiró -. Si, lo sé... Ya, entiendo.... Que sí... Nos vemos allá. No sé, espérame... Okey. Adiós. - ¿Tenemos que irnos? - pregunté, extrañada, pero una sensación rara se posicionó en mi pecho. Eric suspiró, se veía irritado. - Tengo un problema que resolver en... - aclaró su garganta -, en mi trabajo. Me sorpendí. - ¿Tú trabajas? - pregunté, mirándolo. Él asintió. - No me gusta mucho tener que lidiar con el dinero que me da mi padre. - explicó. - ¿Y qué haces? - Es... complicado - rascó su nuca -. Lamento tener que cancelar todo, te llevaré a casa y... - No, no - lo interrumpí, me observó extrañado -. Puedo ir contigo. Me gustaría ver qué haces para vivir. - reí. La mirada de Eric se endureció, lucía tenso de pies a cabeza. - No sé si... - Quiero ir, Eric. Me miró cansado, casi rendido. - ¿No dejarás de molestar hasta que acepte, verdad? - su tono era irritado, pero no me importaba. - Noup. - Joder. - maldijo entre dientes, ya podía sentir y ver su malhumor. Sacó unos billetes de su billetera, los dejó sobre la mesa con furia y se puso de pie bruscamente. Me miró, ahora estaba con los ojos enojados, los labios apretados. El Eric amigable se había ido, y eso que empezaba a caerme bien. Me extendió casi de mala gana la mano y cuando la tomé, me tiró hacia arriba con un poco de fuerza. Sin decir nada salimos caminando del restaurante, las mujeres y los hombres que estaban cenando ahí nos miraban curiosos, y me contuve para no tirarles un cuchillo por la cabeza. Subimos al auto, y segundos después, él empezó a conducir como un loco demente, a toda velocidad, tanta que tenía que agarrarme del asiento para no salir volando por el parabrisas. Estaba empezando a enojarme, por no sé que jodida razón, y cuando quise decirle a Eric que me explicara lo que estaba pasando, él habló primero. - Cuando lleguemos no te apartes de mí - me miró seriamente por unos segundos -. ¿Entiendes? No te alejes, no abras la boca, no digas una jodida palabra. Mantente al margen de todo, Val, porque si no lo haces... no terminará bien. Después de unos minutos más de viaje, me di cuenta que habíamos salido de la ciudad, solo por unos kilómetros. El auto de Eric se detuvo con fuerza, y tuve que llevar mis manos a la guantera para no matarme. Miré a mi al rededor con los ojos como platos y la boca seca... Yo conocía ese lugar. Mierda. Mierda. Mierda. Mierda. ¿A dónde carajos te has metido Brennett?
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