— Tú… — Bastián avanzó decidido y muy lentamente hacia Carmen, instintivamente ella retrocedió al mismo ritmo. — ¿Creíste que podías irte y no pasaría nada?, ¿de verdad pensaste qué yo me quedaría de brazos cruzados y no diría algo?… — Bastián… — Te dejé rectificar, esperé varias horas para qué te tomarás tu tiempo y pensarás bien las cosas y luego debías volver… — Continuó Bastián. — Es que… — ¿Y qué pendejada es esa de que piensas casarte con mi sobrino?, ¿acaso no te quedó bien claro a dónde perteneces? — Gruñó con el entrecejo fruncido. «¿A dónde pertenezco?, ¿a su mansión, a su servicio, a sus pies?, ¿es eso lo que quiere decir?… No, ya no soy su sirvienta…» sopesó Carmen, temerosa, ante la evidente tensión que emanaba Bastián. — Pues yo… — Ya no había más espacio en dónde retro

