UN NUEVO RENACER

1290 Palabras
Conocía a ambos como a la palma de mi mano y podía oler algo con un gusto distinto a otras veces, a otros tiempos. Fle se sentó al lado mío y me tomó las dos manos, como un verdadero hermano de la vida. -¿Cómo te sentís?, preguntó. -Fle, te conozco. Los conozco a los dos ¿qué me ocultan?, pregunté esperando algo mejor que la respuesta que mamá me había ofrecido. -Yo no puedo mentirte, amigo. Te quiero como al hermano que nunca tuve. -¿Qué sucede? -Seguramente el doctor Russell va a saber manejarlo mejor que yo pero no puedo verte así pisando en el aire. Y continuó: –"Padecés de Trastorno de personalidad". -¿Cómo? ¿Qué? ¿Qué me estás diciendo, Fle? -Lo que estás escuchando, amigo. La noche que te encontré en el bosque de los ciervos fue la punta del iceberg para determinar esto. -No te entiendo, Fle, dije sinceramente obnubilado. -Esa noche yo te fui a buscar a tu casa para que fuéramos a tomar algo al centro del pueblo. Marga me atendió y se sorprendió porque me dijo que hacía unos minutos habías salido para casa aduciendo que yo te había invitado a cenar. Le respondí que eso no era así pero muy dentro de mí supuse y olí que algo estabas tejiendo. Marga se preocupó y yo de inmediato depuse mi actitud y le dije que tal vez habíamos quedado en cenar en casa y que yo, cabeza de novio, lo había dejado pasar y no lo recordaba. Le dije eso para apaciguarla e inmediatamente le expuse que volvería a casa y que de seguro allí estarías. Me subí al auto y, conociéndote, supuse que estarías en el bosque de los ciervos o en la plaza central. Cuando llegué te vi parado al costado del banco de piedra y alcancé a divisar movimientos en tus labios y en tu cuerpo como si estuvieras discutiendo con alguien. Me quedé escondido detrás del último árbol que estaba a unos diez metros de vos y escuché como te trenzabas en una disputa verbal con alguien que deseabas que diera la cara y dejara de esconderse en los árboles para desfigurarle el rostro de un disparo. Fue ahí cuando alzaste la escopeta y apuntaste. Pensé que lo tenías en la mira por eso salté como un loco y me aventé sobre vos. Luego nos levantamos y de inmediato te pusiste a insultar a alguien que supuestamente estaba tirado en el césped del bosque de los ciervos. Yo intenté, sin fortuna, quitarte de ese lugar, pero tu furia era tan grande, que cargaste la escopeta y le volviste a tirar al suelo mientras decías:” Morite, hijo de puta, morite”. No podía creer lo que Fle me estaba contando. Sentía temor de mí mismo y una vergüenza nunca antes experimentada frente a mi amigo de toda la vida, sentado allí, al lado de este loco de atar. Fle continuó.  -Caíste como una bolsa de papas sobre el césped, te arrastré hasta el auto y te traje acá amigo. Te dejaron en observación y hoy es tu segundo día en la clínica. Hemos hablado largo y tendido con Russell. Tu mamá por su lado, yo por el mío, y finalmente el doctor está barajando fuertemente la hipótesis de un trastorno de personalidad. -¿Cómo llegó Russell a esa hipótesis?, pregunté desestabilizado. -En base a todo lo que yo le conté desde que llegué al pueblo a cerca de vos. -¿El doctor Russell sabe..?, Fle me detuvo de inmediato. -Sí, sabe. Era necesario amigo. Pero no te preocupes, él es un profesional y conoce cómo manejar estas situaciones. -¿Y si habla con la vieja? -Tranquilo, Manu, todo está bajo control. Russell conoce mejor que nadie que Marga no está para estos trotes así que ya sabe cómo manejarse. Quedate tranquilo, amigo. Manuel nunca existió. En realidad, sí existió, pero dentro de tu cabeza a lo largo de todos estos años. Evidentemente las secuelas que te dejó el hijo de puta de tu primo fueron devastadoras y desde el principio nomás de toda esta tortura tu mente inventó la presencia de Manuel para convencerte de que llegar a un estado de obesidad mórbida era ideal para alejar a ese enfermo de tu vida. En realidad, fue todo producto de tu fantasía, de tu cabeza. Todo lo armaste vos en tu mente y lo llevaste así a lo largo de estos veintisiete años. Él eras vos en frente tuyo. Mis lágrimas abarcaban la totalidad de mi rostro y me costaba respirar. No me entraba en la cabeza que durante tantos años me haya dejado llevar, convencer y arrastrar por un invento, por una fantasía creada por mí mismo. Años y años padeciendo y tironeado por dos fuerzas destructivas: De un lado la presencia directa o indirecta de mi primo Facundo, y del otro, los consejos y las soluciones mágicas de un niño que padeció los mismos problemas que yo y que creció junto conmigo y que quiso terminar con su sufrimiento – que era el mío – de la manera más violenta y cobarde. Solamente a eso jugó mi primo Facundo, a destruir otra vida cansado ya de haberse destruido la de él. Permanecí en la clínica un par de días más bajo controles y revisiones, y un viernes a la tarde Russell firmo el alta. A partir de ese momento comencé una serie de fuertes estudios y visitas periódicas a un psiquiatra de muy buen renombre otorgado por el doctor Russell. Las cosas han cambiado significativamente para mí, con la ayuda permanente e incondicional de mi madre y de mi hermano de la vida. Los médicos son optimistas y mientras no me aparte del camino trazado en breve ya podré ingresar en un efectivo plan de dietas a largo plazo con la colaboración de experimentados dietistas que residen en la capital. No será fácil, como nada en esta vida, pero estoy dispuesto a intentarlo todo y a empezar de nuevo a pesar de estar pisando los cuarenta años. Las destrucciones emocionales fueron de alta gama y hay que recuperar veintisiete años en un tiempo mucho menor. Debo dejar atrás todo el dolor y el pánico que éste enfermo degenerado sembró en mi cuerpo y en mi mente; debo romper rápidamente entre mis manos su imagen tortuosa que me ha perseguido como una condena todos estos años; debo alejar de mi cabeza los malos recuerdos y las noches de llanto y de pesadumbre para aferrarme a la vida, al gozo pleno y decidirme a respirar el mismo aire de todos, con plenitud y confianza, para dar el brinco a través del sino profundo que me separa de la verdadera vida. Hoy, después de tanto tiempo y distanciado de los vejámenes, con la ayuda descomunal de todos los profesionales y fundamentalmente de mi familia y de mis amigos, puedo decir a viva voz que siempre hubo una vida a mi lado apuntalándome para no rendirme y tomándome con sus manos para hallar las pocas baldosas sanas para poder pisar seguro. Estuve convencido todos estos años de que la vida me había hecho a un costado, que me había aislado como a una cosa desechable y que, dentro de la fortuna de haber sido el elegido entre millones para representar al hijo de Margarita y de Pedro Consorte, no me daba tregua para encontrarme en este mundo. Nada más alejado de la realidad: fui un elegido siempre y la vida me premió por haber tenido las agallas, a mi manera, de haberme enfrentado a estos tormentos, de no haber claudicado jamás y de continuar mi recuperación como punto final de mi fortaleza. 
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