SIMÓN

1236 Palabras
La enfermera encendió la luz de la habitación con una prudencia que se asemejaba más al miedo que a la precaución y se acercó a Simón para despertarlo, darle los buenos días y prepararlo para ir al gran comedor con los demás pacientes a desayunar. Lo vistió despacio debido al gran dolor de huesos que lo tenía a mal traer desde hacía unos cuantos meses, lo sentó en su silla de ruedas y lo llevó junto a los otros internos envuelta en su simpatía natural, en ese aire grácil que la destacaba del resto. Callado, distante y prácticamente sin retorno, tomó su desayuno rodeado de miradas perdidas en algún punto remoto del comedor, o en algún paisaje del pasado tormentoso o feliz, de acuerdo a la situación y a la historia de vida de cada uno de los abuelos. Simón terminó su desayuno y permaneció inmóvil, tieso como una planta, hundido en sus mares de recuerdos avasallantes y esbozando, con intermitencias, gestos de tristeza mezclados con melancólicos atisbos de sonrisa despareja. Meses atrás solía quedarse jugando a la canasta con Vicente, Julio y el n***o, pero desde hacía un tiempo, lenta y progresivamente, esa práctica había entrado en una pendiente hacia la desaparición y cada vez que terminaba su té con leche volvía a su habitación en su silla de ruedas llevado por Esmeralda, con sus ojos vidriosos sumidos en un punto distante de la realidad. Pasada las nueve de la mañana Esmeralda volvió a entrar al cuarto de Simón que miraba caminar una mariposa blanca por el techo y le comunicó que Renzo, su hijo menor, aguardaba en la sala de estar. Esmeralda se quedó aseando a Simón mientras que Rosalía, otra de las enfermeras, bajó hasta la sala para informarle a Renzo que en unos diez minutos podría subir y visitar a su padre. Esmeralda terminó de poner en orden a Simón y le pidió a Rosalía que haga subir a Renzo. Simón se quedó en la silla de ruedas, tal vez más apropiadamente para recibir a su hijo y no casi rendido en esa cama de hierros blancos en donde su carne se iba disgregando de a poco y con lentitud le comía la vida. Renzo entró a la habitación y saludó a su padre sin quitarle la vista a las paredes enormes y a aquella cama perdida en un rincón, penitente, y a esa silla de ruedas con el nombre y el apellido de su padre pintado en ella y a ese placar de puertas gruesas con tres o cuatro pertenencias de Simón y a esa ventana abarrotada que daba a ningún lugar, hacia un paisaje en donde el concreto y el humo eran el jardín ideal. Hacía más de un año que no se veían, desde un 14 de julio cuando Renzo abandonó la casa paterna por decisión de su hermana, con la que hacía tres años había perdido contacto. Renzo se hospedó un tiempo en esa casa hasta hallar un departamento tras una separación momentánea con su esposa, pero Irene, la hermana de Renzo, decidió que la estancia de éste había llegado al final. Vilma, la esposa de Simón, enferma y prácticamente postrada bajo la telaraña de una cirrosis desbastadora, dejó consciente o inconscientemente el timón de mando a su hija que la llevó a vivir con ella para poder así internar en un instituto a Simón que ya estaba muy deteriorado para ese entonces. La historia de Renzo con su padre nunca fue la ideal, una relación signada por el desamparo y la indiferencia, el desinterés y la desidia e inmersa en un mundo cruel donde la violencia y el maltrato era la columna vertebral de la familia, casi una moneda corriente. Simón pudo apreciar que detrás de la mirada dura y envuelta en un halo de despreocupación de su hijo había un secreto que se derrumbaría en breve ante su posición expectante. Y así fue. Renzo llegaba hasta este lugar a traerle la noticia de la muerte de Vilma, esposa de Simón desde hacía cuarenta y un años, después de veinticuatro meses largos de luchar a destajo con el calvario de su enfermedad que fue abatiéndola día tras día hasta terminar con su vida la tarde anterior a esta visita de Renzo en el centro asistencial. Lejos de quebrarse y distante en lo absoluto de la tristeza y el derrote emocional, Simón tomó la noticia del mismo modo en que hubiera tomado cualquier acontecimiento producido en el mundo a esa hora y en ese tiempo. Y a pesar de que Renzo palpaba de antemano esta reacción ilógica y sin sentido, carente de todo sentimiento y de congoja como era cada situación que danzaba por la vida de su padre, sintió correr por su sangre los hilos de la asquerosa indiferencia y sintió el tropel recorrer todo su cuerpo ante la expresividad indolora mezclada con su bipolaridad habitual y ese desamor al que acostumbró durante una buena cantidad de años a su familia. Y desde hacía un tiempo ya se sumaba a esta constelación de incomprensiones el estado natural en el que Simón había caído, con casi la totalidad de sus facultades desencajadas y derrumbadas abismalmente. Renzo mejor que nadie conocía a su padre y le bastaron cinco minutos para determinar su condición, esta baja tormentosa en su mejoría y sintetizar su visita relegándose a informarle sobre la muerte de su madre. Sólo se limitó a ofrecerse y llevarlo hasta el velatorio a darle el último adiós a la mujer que vivió con él y lo padeció durante más de cuatro décadas, sólo eso, sin hacerlo partícipe del sepelio horas después como un acto de piedad y compasión por su estado harto delicado y su crónica tensión arterial. Renzo firmó algunos papeles para legalizar la salida de su padre y esperó unos instantes hasta que Esmeralda y Rosalía terminen de prepararlo para acudir al velorio en mejores condiciones. Renzo no había ido solo. Afuera y dentro de una camioneta, Alfredo y Salvador, yerno y hermano respectivamente de Simón, esperaban por si hacía falta algo de ayuda. La llegada a la sala velatoria se hizo bajo un silencio sepulcral, con miradas esquivas y un Simón descollante de indiferencia como desconociendo verdaderamente el lugar a donde lo habían llevado (o sabiendo perfectamente en donde se encontraba). Subieron y en el camino fue cruzándose con amigos y parientes, algunos con secretos guardados celosamente, otros masticando indignación desde hacía muchos años, otros tantos conociendo el paño, pero reconociendo cabalmente un cariño único hacia un hombre descorazonado en su hogar y deslumbrante con los demás, o tal vez transitando esta vida con la máscara en el bolsillo para tenerla siempre a mano una y otra vez. Lástima o comprensión por un hombre de setenta años puesto en un anciano de noventa, y en el medio de los pensamientos de la mayoría de los que estaban ahí, la vieja y trillada frase: "Dios se encargará de juzgarlo..." Llevado por Alfredo entró en la sala principal y escasamente pudo levantar su brazo derecho para hacer un saludo general. Estaba temeroso y nervioso. Sabía que a su izquierda estaba el ataúd donde Vilma descansaba hermosa y radiante. El rechinar de sus mandíbulas y el sutil movimiento de sus ojos queriendo ver lo que no quería ver lo delataba, lo dejaba al desnudo ante la mirada inquisidora de Renzo parado frente a él, del otro lado del féretro.
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