UN MAR DE RECUERDOS DOLOROSOS

1214 Palabras
Todo el mundo aguardaba lo mismo. Como un morbo inconsciente deseaban- sin un deseo cristalino y real- el momento de su quiebre, el instante de su pavor para llenarse la lengua de veneno y lágrimas y para tener tela para cortar durante el fin de semana. Alfredo giró la silla de ruedas y ubicó a Simón a la derecha de Vilma. Pasó una eternidad hasta que el viejo decidió levantar su cabeza que parecía atascada en el suelo brilloso de la sala, como presionada hacia abajo por un yunque oxidado. Se tomó levemente de la madera del ataúd y en su fuero interno optó por la decisión de hacerlo definitivamente. Levantó sus ojos enfundado en un coraje mentiroso y disfrazado y apretando sus dientes clavó la mirada en Vilma que dormía con una placidez única, por primera vez, como nunca antes había tenido. Su cuerpo comenzó a batirse tembloroso agitando el vendaval de lágrimas y quebrándose sin consuelo bajo un gesticular que dejó al descubierto su fragilidad enmascarada a lo largo de todos estos años. Lloraba como un niño, sin vergüenzas, sin cubrirse el rostro como haría cualquier hombre grande, ante las miradas como cuchillos que estaban ahí. Abrió grande su boca y por ella brotaba un llanto cargado de culpa y de miseria; se sentía cómplice de la vida y de la enfermedad que arrastró a Vilma a la muerte. Su cabeza decía que no y su saliva se hacía incontenible, pero era un sí inmenso como el desamor y el desamparo que gobernó toda su vida. La acariciaba, pero era una caricia con una carga de súplica evidente y con un pedido excelso de perdón más que de amor y cariño sinceros. La sala era una postal de la tristeza. Renzo permanecía del otro lado del ataúd, expectante, removiendo recuerdos y conteniendo su explosión. Irene, la hermana de Renzo se fundía en un abrazo único y eterno con Alfredo mientras sostenían en su silla al viejo, que acomodaba prolijamente la única cadena de oro que alguna vez supo obsequiarle a Vilma y que ahora pendía inmaculada de su cuello. Se retorcía de dolor en esa silla decrépita y el desorden de su cuerpo era una muestra cabal de su estallido emocional. Sufría como aquel condenado que ve pender la hoja filosa a metros de su cabeza y Renzo veía a través de sus lágrimas pasar toda su vida como una película hiriente, facturándole segundo a segundo su tránsito por esta tierra. Todavía restaban unas tres horas para cerrar el féretro y llevar a Vilma rumbo al cementerio, pero sus hijos decidieron acertadamente devolver a Simón al centro asistencial viendo que no podía resistir mucho más bajo tamaño dolor en ese lugar. Sin apuros lo llevaron hasta el auto, lo subieron y sólo con Alfredo volvió al centro deshojando anécdotas de su juventud e intentando disimular y enterrar en ese instante aquel dolor que lo embriagó al lado de Vilma y sembrando en la interpretación de Alfredo la frialdad que delineó su vida por siempre. Esmeralda parecía estar esperándolo en la entrada. Tomó la silla, despidió a Alfredo y subió a Simón a su cuarto. Lo acostó y le pidió que descansara hasta el momento del almuerzo, apenas un par de horas después. La cabeza del viejo era un torbellino de pensamientos y la soledad era su única aliada para desenfundar todo su dolor. Se despertó solo, como avisado por un reloj interno, y enseguida Esmeralda ingresó con la silla de ruedas a buscarlo para ir al gran comedor. Comió un rico pastel de papas y sintió partir el cortejo fúnebre hacia las inmediaciones de Pueblo Chico. Masticaba suave la comida porque en los últimos tiempos sus dientes se habían debilitado notoriamente, con la mirada suspendida y adherida al infinito, viendo ingresar al carruaje y a su seguidilla de autos a la nueva morada de Vilma. Tragaba con demasiada dificultad, como si deglutiera piedras en vez de papas y licuaba su almuerzo con las lágrimas que se le metían a destajo por los surcos agrietados de su boca y le trepidaban el corazón que aullaba de angustia sintiendo la tierra cubrir definitivamente el paso de su esposa por este mundo. No quiso la sopa de verduras. Esmeralda se ofreció gentilmente a proporcionársela, pero Simón, con un gesto torpe e infantil, se deshizo del plato hondo corriéndolo de la mesa y volcando su contenido. Lloraba. Lloraba sin consuelo y miraba al cielo en busca de respuestas que nunca llegarían. Maldecía a la vida y despotricaba contra un Dios injusto y lleno de malignidad. Esmeralda sólo lo miraba. Y aguardaba. Los demás compañeros poco entendían el dilema y algunos - igual que los lobos que contagian su aullido - lloraban su pesar. Con una paciencia extrema y digna de todo un ángel guardián, Esmeralda lo tomó de los hombros, lo enderezó y bajo palabras cuidadas, sin que prácticamente él lo notara, fue llevándolo otra vez a su dormitorio para cortar con esta amargura o al menos para que degluta su duelo en una soledad más apropiada. Un colibrí de pecho naranja y alas verdes y amarillas merodeaba y jugueteaba en los barrotes de la ventana, en un suspenso armonioso y maravilloso, haciendo zumbar sus alitas y posibilitando que ese zumbido apenas real se haga audible dentro de la solitaria y fantasmagórica habitación de Simón. Y repentinamente recuerdos ajados y olvidados volvieron a cubrir los pensamientos del viejo, si hasta parecía fresco aún ese 13 de julio de 1963, uniéndose definitivamente a Vilma en una ceremonia sencilla y casera en el patio de Doña Alba Guzmán, la madre de Simón, con un ejército de parientes de él y solo Nicolasa, la hermana mayor de Vilma, como única representante de ella, sellando el compromiso con una fiesta que terminó siendo más pública que íntima. Y este pasaje por su memoria se concatenó mágicamente con el nacimiento de Irene en un Julio gélido, a la mitad de una madrugada hostil, dos años después de aquella boda que quedó muy lejos de los sueños fantasiosos de Vilma. Simón, después de mucho tiempo, esbozó una mueca parecida a la sonrisa recordando a su primogénita que sacudía sus manos de bebé y pataleaba compulsivamente en una nurse preparada prolijamente para ella, debido a un síndrome hidrocefálico que inundó de amargura por un período prolongado a Simón y a Vilma. Y aquel atisbo de alegría se fue uniendo a una lenta sinfonía de lágrimas que crispaban la garganta de Simón, dolido cruelmente, apretujando las sábanas como asiéndose de algo para que el tormento sea menos crudo. Esmeralda abrió con suspenso la puerta cuidando no despertar bruscamente a Simón. El viejo giró su cuerpo y atinó a cubrir su rostro para que la "Gordita", como él la llamaba, no se percatara de sus lágrimas. Esmeralda era una vieja zorra en estos asuntos con los ancianos y sabía que un buen disimulo, en estas instancias y en la situación de él, era lo más apropiado. Más adelante habría tiempo para que Simón descargue su infamia con ella en vez de seguir hablando y llorando frente a la mudez de su soledad. -Bueno Simoncito, ya hemos descansado un poco. Hora de tu merienda-, dijo la Gordita con esa voz suave y dulce que la caracterizaba. 
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