Y una vez más el ritual incansable para sacar a Simón de la cama, con el esmero con el que se transporta un esqueleto de cristal y sentarlo cautelosamente evitando, no sólo un posible dolor, sino un empellón del viejo y en el último de los casos, si fuera necesario, un puñetazo desalmado, moneda corriente en él desde su ingreso, hecho que Esmeralda y Rosalía ya estaban extrañando desde hacía unos dos o tres días. Nada de eso ocurrió. Sólo la clásica mirada de asesino y ese deseo reprimido de aniquilar con sus dientes al primero que le infunda más dolor al universo de desagravios que venía tragando desde niño. Era un hombre mayor, entrado en años y deteriorado ciertamente, pero tenía algo intacto, algo que engalanaba su personalidad, un atributo destacado, un signo marcado a fuego en lo más recóndito de su alma: violencia extrema. Esmeralda, mayormente, era la encargada del trabajo sucio y sabiendo sucintamente los antecedentes de Simón, sumado a la experiencia de ella con él en este tiempo, tenía muy claro cómo manejar sus niveles y desniveles. Y más allá de la ductilidad en sus maniobras, respaldadas por su simpatía, su dulzura superlativa, la calidez y la paz en sus palabras y ese aroma límpido y angelical que irradiaba su espíritu, muchas veces se le oscurecían los caminos porque Simón, inteligente y manipulador, le torcía los esquemas y le obstruía los pasos para que deliberadamente tropiece y caiga de bruces en su propio fango, y cuando sus tácticas destructivas se veían atrapadas por la perspicacia de Esmeralda recurría a un plan alternativo y violento, cargado de cobardía y envuelto en un acto desalmado y demencial: la agresión física. Esmeralda era incansable, leal y amante furtiva de su trabajo con los viejos y, ante tamañas situaciones que le obstaculizaban la lógica del pensamiento, recurría a sus superiores en busca de respuestas y se apoyaba en las estrategias de los sicólogos.
El mate cocido se le había enfriado un poco con un buen pedazo de pan que él había cortado en pequeñas partes y había metido dentro de la infusión. Igual lo bebió. Flotaba en el aire esa sensación de que ya no identificaba lo frio y lo caliente, ya no distinguía la noche del día, y había entrado en una pendiente de ausencias y extravíos constantes, en un autismo sideral y franco que se devoraba de a poco su expresión.
Esta vez quiso quedarse en la sala con los demás compañeros viendo un poco de televisión a pesar de que Esmeralda lo había invitado cordialmente a charlar un rato mientras ella, en su recreo, terminaba de tejer un saquito de hilo para su nieta que en breve llegaría a este mundo. Una hora después la llamó a los gritos como un condenado, distrayendo y asustando a los demás abuelos.
- "¡Esmeralda, gorda del demonio, vení ya!", vociferó el viejo con un tono potente y diabólico.
- ¿Qué ocurre, Simoncito? ¿por qué gritás así?", preguntó Esmeralda contrariada.
- ¡Qué Simoncito ni ocho cuartos! ¿¡Llevame a la cama, no ves que estoy muy dolorido!?".
-Está bien, Simón, disculpame, pero no es para que te pongas tan mal y aúllas de esa forma. Tenés que respetar a los otros que están a tu alrededor. No estás solo viejito, dijo Esmeralda sin abandonar jamás su delicadeza, esa que le daba ciertamente los frutos buscados, pero segura y firme, lejos de todo temblor en sus expresiones.
Simón no dijo ni una palabra. Sabía en lo más oculto de su carne cómo funcionaban las cosas. Y Esmeralda lo sabía. Ayudó a recostarlo, lo cubrió maternalmente con una sábana y su frazada azul y blanca a cuadros. Le dio un beso en la frente y le dijo que descansara, que había sido un día muy difícil para él y que necesitaba un poco de soledad para poder llevar su duelo. Simón lloraba y le dijo:
-"Hoy la vi a mi hija nacer. Es hermosa como su madre, rosadita y tiene los ojos como los míos".
El llanto lo inundaba y lo atascaba de tal forma que no le permitía continuar con su relato. Esmeralda sufría el instante y lejos de no involucrarse, le tomaba las manos y algunas lágrimas pesadas caían y se perdían entre los orificios que dejaban sus manos entrelazadas. Simón no paraba de llorar. La "Gordita" le sirvió un vaso de agua y él lo bebió como un pobre desesperado rescatado del más crudo de los desiertos. Las manos de Simón quedaron atrapando una de las manos de ella y con la otra le acariciaba el rostro y le proporcionaba tranquilidad para que el viejo pudiera dormir. Su llanto fue extinguiéndose muy lento y podía escucharse un leve ronquido empujando desde atrás y comiendo los vestigios de agua salada.
Una enfermera vestida de rosa, robusta y de facciones y movimientos masculinos, levantó la persiana de la nurse, y un coro de gritos invadió el hospital. Todos abrazaban a Simón y lo felicitaban por el nuevo "machazo" que llegaba a la familia. Simón no salía de su asombro y al mismo tiempo sabía que el apellido Azconzabal seguiría vigente por un tiempo más y eso lo llenaba de orgullo. Dos años después que Irene, Renzo se asomaba a formar parte de la familia. Simón y Vilma bailaban un vals de Johann Strauss en un sitio regado de flores blancas, amarillas y celestes, rodeados de toda su gente. La gran orquesta soplaba los vientos con más intensidad a medida que la danza se hacía más heroica y esos acordes dulces y armoniosos se fueron transformando en una melodía desencajada y atonal, desprovista de gusto y refinamiento. Todos corrían buscando salvar sus destinos. Todos menos Renzo, que había quedado solo, sentado sobre el sembradío de flores a punto de ser aplastado por el arsenal de trombones, contrabajos y timbales que corrían hambrientos hacia él.
-¡Simón! ¡Simoncito! ¿Estás bien, viejito?, dijo Esmeralda terriblemente asustada viendo como se retorcía en la cama con las sábanas y la frazada casi desparramadas en el suelo. Simón abrió los ojos y miró a Esmeralda sin reconocerla. Observó a sus costados tratando de darle forma y sentido a su existencia despegado unos centímetros de su almohada y se rindió en el lecho habiendo encontrado la realidad con su pecho a punto de estallarle.
- ¿Todo bien, viejito loco?, dijo Esmeralda más tranquila.
Simón sonrió con el visaje del dormido y con la cabeza dijo que sí.
-Bueno, Simoncito, hora de cenar.
- ¿Qué hay esta noche?, preguntó curioso
-Albóndigas de carne con puré de calabaza.
-¡Que rico! Eso me gusta.
-Lo sé, por eso te lo mandé a preparar.
Y una vez más el ritual, que para Esmeralda, era una condición más en su vida y un quehacer tan normal como ir de compras. Sentó a Simón en la silla de ruedas y antes de dirigirse al gran comedor él le dijo:
-Nació Rencito pero cuando me traigas te cuento bien.
La cena estuvo un poco más tranquila, distante de aquella merienda con una carga pesada e importante. Quizás ese sueño devenido en una grotesca y hasta cómica pesadilla pero teñida de una emoción gigante le sentó mejor para afrontar su comida de la noche y este duelo que sólo llevaba doce horas. Era muy poco tiempo y confluían cientos de circunstancias y de sentimientos encontrados como para presagiar buenos intentos y mejores estados de ánimo en Simón. Comió casi desaforadamente sin dejar de degustar y tomo toda la sopa que esta vez era a base de choclos y arvejas. Un gesto infantil y sincero pobló el semblante de Simón cuando Esmeralda llegó sonriente con un flan casero y un platito rebosante de crema chantilly. Simón se quebró y un llanto se apodero de él.
-Perdón, perdón, perdón, Gordita, perdón, dijo con una sinceridad casi creíble y con una angustia certera, consciente de su maltrato hacía unos instantes para con ella.
-Está todo bien, Simoncito, dijo Esmeralda acurrucando al viejo en su humanidad importante: "Comé, dale. Te lo hice preparar para vos. Pero no digas nada que los otros no saben y me van a retar", agregó como si fuera un secreto de amor entre niños. Lo devoró ante la mirada franca de Esmeralda que cubría su risa con su manota de oso.
A las diez en punto de la noche comenzaron a llevar a los abuelos a sus respectivas camas entre Esmeralda y Rosalía, al tiempo que Alba y Constanza ingresaban para comenzar su turno de la noche. A ciencia cierta Esmeralda y Rosalía debían haber dejado sus rondas a las seis de la tarde pero la "Gordita" pidió a sus superiores quedarse, al menos este día, unas horas más para que Simón no se sienta desamparado ya que el viejo no quería por nada del mundo que Alba y Constanza se le acercaran a un metro de distancia. Esmeralda suplicó a Rosalía un poco de voluntad tan sólo por esta jornada, la cual accedió amablemente y sin objeción alguna. Simón se acostó como siempre inclinado un poco hacia su costado izquierdo y Esmeralda le dijo.
-Bueno, viejito loco, ahora a dormir que has tenido un día bravo y difícil: "Pancita llena, corazón contento!".
-Casi lo mata una tuba a Rencito, dijo Simón con sus ojos alarmados y esa facilidad para ponerle suspenso a sus relatos.
- ¿Cómo una tuba?, no te entiendo, dijo Esmeralda sin interpretar realmente lo que el viejo quería decir.
- Viste que te conté que nació Rencito?
-Sí
-Bueno, debe ser que tenía algún asunto pendiente con algún músico porque él es músico, sabías?
-No, no sabía, ¡qué bueno!
-Entonces pienso yo que tal vez no le habrían querido pagar sus derechos de autor y lo corrían por las flores para matarlo, decía el viejo ya inserto en un mar inmenso de lágrimas y tosiendo a destajo.
-No llores, Simón, no pasa nada, está todo bien. Recién estuve con Renzo.
-No me digas, ¿en serio?
-Si, tonto. El está bárbaro y ya solucionó ese temita con los músicos.
Simón lloraba más y agradecía al cielo.
-Gracias, Dios por salvarlo, gracias, gracias. Yo sabía... Y se tomaba fuerte de las manos de Esmeralda.
Pero ella olfateaba el trasfondo de todas estas confesiones. Lo palpitaba. Era el modo, la manera y el mecanismo de Simón de introducirla poco a poco en reemplazo de la soledad que hasta ese instante era su única aliada para guardar su dolor. Y a Esmeralda, más allá de proveerle alegría y satisfacción, le provocaba pena y un toque de angustia porque a estas alturas de la vida del viejo y de las circunstancias, una falla o una falta de ésta, y Simón podría quedar varado en la nada definitiva, sin aliados, sin cuerdas fuertes de donde asirse para no caer al barranco de la depresión.
Irene llegó pasada las once de la mañana a visitar a su padre. Subió y entró al gran comedor caminando como si no conociera a quien iba a visitar, con ese temor clásico de no saber cómo estaría la persona que ayer había atravesado uno de los peores momentos de su vida. Simón veía televisión junto a otros internos y la vio llegar.
-Hola hija, ¿Cómo estás?
-Bien, papá, ¿y vos? ¿Estás un poquito mejor?
-Si, hijita, estoy bárbaro, acá, viendo un poco de televisión con los muchachos.
-Ya debes estar por comer.
-Enseguida
La conversación se deslizó por un camino demasiado lineal y sin curvas, sin atractivos y con un paisaje demasiado otoñal. Irene no encontró un Simón abatido pero también supuso que podría estar inmerso en su faceta actoral, como generalmente lo hacía y lo hizo Simón a lo largo de su vida para enmascarar sus dolores y para hacer de cuenta que no había sucedido nada. Cuando llegó la hora del almuerzo Irene se despidió de Simón y Rosalía la acompañó hasta la salida.
Esmeralda irrumpió presurosa en la habitación de Simón. Unos quejidos sobresaltados provenían desde adentro y eran los del viejo.
-Simón, ¿estás bien?, dijo la enfermera visiblemente preocupada. Simón no había tenido una buena noche según sus palabras y éstas estaban avaladas por los dichos de uno de los pacientes, que más tarde le diría a Esmeralda que Alba, la enfermera de la noche, poco y nada había asistido al viejo. Esmeralda notó que su ropa interior estaba intacta y era la misma que ella le había proporcionado al final de su turno la noche anterior. Simón se quejaba.
-A ver, viejito loco, vamos a cambiarnos, dijo buscando darle un curso menos dramático a la escena.
-La loca Alba es mala, dijo Simón encuadrado en un niño triste. Y continuó: Constanza es más buena pero sólo quiero que vos me atiendas.
-Escuchame bien, Simoncito, dijo Esmeralda acomodándose en la cama y buscando la atención de él: " Yo, en mi turno, hago todo lo que más puedo para que todos los viejitos la pasen lo mejor posible". Simón asentía con su cabeza. Esmeralda prosiguió: "Nunca has tenido una queja mía; siempre estuve cuando me lo pediste y hasta me he peleado con mis supervisores por hacer caso a tus caprichos y locuras, si o no?"
-Si Gordita, así es
-Mi viejito hermoso: Yo no puedo estar las veinticuatro horas encerrada aquí porque yo también tengo mi vida, mi familia y miles de cosas por hacer y eso lo tenés que entender, decía Esmeralda con su ángel a flor de piel. Y agregó: "Yo te prometo que voy a hablar con el director para que Alba, especialmente, y Constanza, estén un poco más cerca tuyo, ¿sabés?"
-Bueno, pero no te olvides, dijo Simón todavía en su faceta de niño desprotegido.
-Te juro que no me olvido, pero ahora vamos que el desayuno te espera.
Pero antes de comenzar el ritual de todos los días Simón le dijo:
-Sabías que hoy se cumple un mes desde que se fue mi Vilma? Esmeralda, sin quererlo, sintió el golpe como un puño de acero en el medio de su nariz. Fue un detalle que había dejado pasar, pero se retractó de inmediato.
-Por supuesto, viejito, como no me voy a acordar. Estaba esperando que vos me lo digas.
Simón se quedó toda la mañana mirando televisión en el gran comedor, pasivo, mudo, sin entender lo que veía. Sus ojos estaban adheridos al aparato pero su mirada real dormía tras un vidrio ahumado y difuso, perdido en sus recuerdos que de seguro le retorcían la mente a cada paso. Comió niños envueltos en acelga y esta vez no quiso la sopa de letras porque decía que le producía nauseas. Y después del tazón de gelatina de limón le pidió a Esmeralda que lo lleve a su cuarto. La Gordita lo arropó bien a pesar de los treinta y pico de grados que azotaba a la ciudad y le dio un beso en la frente.
-Descansá, loco lindo, dormí un rato, dijo Esmeralda con voz susurrada.
-Gordita, vení, dijo apresurado Simón: -Cerrá la puerta-, agrego.
-Sí, Simoncito, ¿Qué sucede?
-Quiero contarte algo, pero no quiero que nadie escuche, dijo el viejo bajo un halo de misterio.