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BLANCO Y n***o

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Descripción

Cara y cruz; anverso y reverso, lado A y lado B...Blanco y negro...Hay quienes eligen seguir. Otros, en cambio, deciden entregarse a los designios repartidos; hay quienes despiertan de la pesadilla y, aún metidos en ella, desean y se disponen a empezar de nuevo, a cambiarlo todo. Pero también están aquellos que determinan bajar la guardia y dejar de darle pelea a la vida y al tormento que los azota. Eso es Blanco y n***o, una mirada en lo profundo a cerca de las resoluciones personales. Manuel y Simón...Blanco y n***o.

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EL TRISTE CUMPLEAÑOS DE MANUEL
Conocí a Manuel – se llamaba igual que yo – en mi cumpleaños número once. Recuerdo que mamá había trabajado duro ese mes para hacerme esa fiesta. Ella siempre se reprochaba que nunca – por diferentes motivos – me había podido conmemorar un aniversario como Dios mandaba y sentía culpa al respecto. Yo jamás recalé en ese detalle, al contrario, cada vez que se acercaba la fecha iba preparando mis ruegos para que todos los parientes y los conocidos de mis padres se olvidaran que tenían que venir a saludarme. Y no era por falta de cariño hacia ellos. Era una cuestión mía, como un pedido clamoroso de no sentirme invadido. Era un niño. Esa tarde, después de almorzar, mamá me insistió como nunca que buscara a Flequillo y al Sapito y me fuera a jugar a la pelota o a cazar perdices en el campo de los Noriega que estaba como a dos kilómetros hacia el sur, cruzando la ruta nacional. No la pensé dos veces. Todos los sábados era la misma melodía después de almorzar, porque mamá enloquecía cuando me veía calzarme los botines o preparar mi ondera. Mi madre era una mujer muy dedicada a su hogar, responsable y obsesiva con el orden y la limpieza, dura al extremo con mi padre y extremadamente cuidadosa con su único hijo: Yo. Por eso esa tarde sofocante de enero, sin mediar preguntas, me escabullí como una babosa por la silla, me calcé los botines, tomé mi ondera y desaparecí de la faz de la tierra.  Después entendí que mamá tuvo que negociar con sus miedos para tener la casa para ella sola, para sacar y poner, tirar o dejar, subir o bajar y armar el espectáculo para festejar los once años de su hijo. Hoy, distante de aquel episodio, la piel se me eriza por completo y un mundo de movimientos convulsivos me retuerce las entrañas, pero en ese instante corría desorbitado, rogando que mamá perdiera por unas horas la memoria e ir en busca de Flequillo para después pasar por la casa de Sapito y, así, irnos a cazar perdices hasta que el sol se muriera detrás de las montañas. Nos vinimos con dos perdices cada uno, un premio justo y ecuánime después de haber batallado toda la tarde en los campos de los Noriega. Hacía unos cinco días les había dicho a Fle y al Sapito, y a otros once amigos más, que esa tarde nos juntaríamos en casa a festejar mi cumpleaños, así que debía llegar rápido para ir a prepararme y a esperarlos con la tonelada de sándwiches que mamá iba a hacer ella misma con sus propias manos. Mamá se ofuscó un poco porque yo tenía la mala costumbre de hacer todas mis cosas al borde de los tiempos, en cambio ella, preparaba todo con años luz a su favor y así tenía todo bajo un control estricto que le proporcionaba toda la tranquilidad del mundo. Tenía una mugre infernal. Me bañé y me puse la ropa que mi madre me había regalado dos días antes como buena capricorniana, ansiosa en exceso, y terminé de ayudarla a decorar las paredes con globos en las alturas, donde ella no alcanzaba. Juntos le dimos los últimos detalles a las mesas y me senté a intentar armar el cubo mágico hasta que llegaran los chicos. Cayeron en patota, todos juntos, chivateando y a los gritos. Mamá salió vociferando y tirando por el aire los peores epítetos que había oído intentando bajar los decibeles de los alborotados de mis amigos.  La idea de mi madre era dividir la fiesta en dos partes bien definidas: por un lado, mis amigos y yo por la tarde y por otro la familia y yo hacia la noche. Así lo dispuso y nada debía salirse de su planificación, de esa forma, la relación con ella siempre se haría más llevadera. No era un monopolio de mi madre la vida en casa. Ella era la mujer más buena del mundo, con un corazón exultante de nobleza y una devoción sin precedentes por mí y por papá. Una madraza. Y una esposa inigualable. Lo primero que hicimos fue ir hasta el galpón que mi padre tenía en el fondo y juntamos las perdices que todos habíamos cazado. Aunque mi madre nunca se dio cuenta, entre los trece, se las ingeniaron para traer los bichos escondidos entre las ropas. Con el pie hice una especie de círculo y despejé el piso de pequeños escombros. Ahí, algunos de los chicos, se quitaron unos cinturones que tenían alrededor del cuerpo en donde venían sosteniendo a los animales y los dejaron caer dentro del círculo marcado. Decidimos que los íbamos a pelar en ese instante porque la vieja del campo vecino – la que vivía del otro lado de los Noriega, doña Pura – nos había dado hasta el día siguiente para que le consiguiéramos los cueros con plumas de las perdices, que ella iba juntando hasta fines de mayo o principios de junio, para comenzar a unirlas y hacerse su gran cobija de pieles de pluma de perdiz. Cada uno, luego, llevaba el trofeo a su casa y decía que a las perdices las pelábamos en la mía y que a esos cueros con plumas los tirábamos en la hoguera de los Noriega, porque si alguno de los padres llegaba a enterarse de lo que hacíamos nos iban a cortar la cabeza. Era la única manera que teníamos de conseguir un poco de dinero para comprarnos onderas nuevas y chicles, ruleros y globos de cumpleaños para que Fle y Sapito, junto con los otros demonios, le hicieran la vida imposible en la escuela a Panichelli y sus secuaces.  Papá tenía en ese galpón una heladera grande y vieja en donde metíamos los animales para que no se echaran a perder. Después haríamos la repartija. Y en un baúl añejo y desvencijado que dormía en un rincón abandonado a su suerte escondíamos los cueros con plumas que íbamos amontonando conforme se iban dando las cacerías. Teníamos todo bajo control y todo pergeñado por mí. A alguien debía parecerme. En el baño del galpón nos lavamos bien para evitar cualquier sospecha de mamá. Existía un altísimo porcentaje de que no lo notara por siglos porque estaba muy abocada a la confección constante de mi fiesta, pero por las dudas – ya que teníamos todo controlado –, nos dábamos el lujo de hacerlo casi profesionalmente. Desde el galpón veíamos las primeras luces dentro de casa como un pequeño anuncio de que todo ya estaba listo. Nos miramos, nos calzamos la máscara del disimulo y nos fuimos a nuestras verdaderas vidas, como auténticos niños obedientes a festejar un simple e inocente cumpleaños. La música era un espanto. Mamá creía que toda conmemoración debía ir aparejada a una melodía orquestal del siglo diecisiete y eso, a papá y a mí, nos tenía bastante cansados. Ella podía dominar todas las situaciones, estar atenta a todo, manejar a la perfección los hilos de las cuestiones, pero tampoco íbamos a permitir que nos limpie la cola o que ponga la música que a ella se le antojaba. Fle, era como mi hermano mayor, ese hijo que mamá siempre quiso tener. Lo adoraba y le conocía las mañas más que su propia madre y era el único que se animaba a decirle de frente las cosas sin olvidarse del respeto, ante todo. La hacía renegar durante todo el tiempo que estaba en casa. Mamá despotricaba más con él que conmigo, y hasta había veces que se ligaba un buen tirón de pelos o un chancletazo tirado a la distancia. Fle quitó del combinado ese disco de Schubert espantoso y deprimente y puso el de Jethro Tull, una banda de rock progresivo británica que, desde esa edad, nos estaba empezando a romper los corazones. Mamá daba tumbos en el aire y se agarraba la cabeza vociferando como un toro herido de muerte: ¡Locos enfermos, bajen eso!, nos decía y no era justamente porque le estuviéramos destruyendo las neuronas, era porque al otro día, con total certeza, los vecinos – que vivían súper alejados unos de otros – hablarían sandeces de nosotros encuadrándonos en una familia digna de un hospicio. La mesa quedó totalmente vacía. Mi madre la observaba como si un ejército de langostas hubiera arrasado todo con malicia. Sólo quedaron unos inciertos vestigios de todo lo que ella había preparado. Luego nos tiramos en el suelo como rockeros duros que éramos a terminar de tomar nuestros refrescos mientras Ian Anderson soplaba sus últimas notas en su flauta mágica y espectacular. Los padres de mis amigos comenzaron a llegar espaciadamente en busca de los chicos. Como solía suceder a menudo, Fle y Sapito fueron los últimos en irse no por capricho propio, sino porque los padres de ambos sabían que éramos los tres más compinches y nos daban un rato más juntos y así se evitaban los clásicos ruegos infantiles para quedarse cinco minutos más. Ese, sin lugar a dudas, fue el día más caluroso de todo enero en esa época. No se podía estar y los mosquitos se estaban haciendo un banquete sabroso dejándonos a toda la carne magullada.  Pasada las ocho de la noche el clima dio una virada que prefería no ver pero que debía aceptar: de a poco los parientes iban llegando con esas sonrisas que usaban sólo en los cumpleaños y que papá no se tragaba pero que, a mamá la enternecían, de modo tal que al otro día nos horadaba el cráneo con las historias de todos ellos, envuelta en esas risas obligadas que mi madre jamás vio. O calló. Fle y Sapito se fueron con sus padres y yo me quedé en mi nuevo personaje, abriéndoles la puerta a los invitados y sonriendo presionado por la mirada inquisidora de mamá. A la tía Clementina la odiaba con todas las fuerzas de mi alma y ella me adoraba. Tenía por costumbre hacerme crujir los cachetes de la cara con esa mano gigante y helada de la muerte:” ¿Cuál es la cosa más hermosa de la tía? ¡Mi Manu hermoso, con esos ojitos de gatito y esa carita tan angelical!”, me decía, y no sólo debía sonreír ante semejante cursilería, sino que tenía que tragarme ese aliento a perro descompuesto que emanaba de esa boca horrorosa repleta de dientes entrecruzados. Cincuenta eran los parientes que mamá había invitado y los cincuenta estuvieron firmes en lo que sería el primer festejo oficial y con todos los chiches de un cumpleaños del hijo de Margarita Aguirre y de Pedro Consorte, y dentro de lo posible, no debía haber distracciones ni margen para el error: sería una catástrofe familiar. Cosas que regían los pensamientos en aquella época. Recuerdo que papá, desde temprano, había estado solo en su intimidad con el horno de barro como a él le gustaba. Mi padre disfrutaba esa comunión y ese lenguaje especial que adoptaba con el carbón, la leña, el fuego, los olores y el crujir de las carnes en la parrilla. Había comprado el día anterior un gran costillar con el que quería sorprender a todos los invitados, obviamente seducido por los fantasmas de las posibles habladurías que mamá sabía a ciencia cierta que sucederían. Era tan grande aquel costillar que podría haberle dado de comer por un par de semanas a todos los vecinos del pueblo. Suena un poco exagerado, pero era una pieza de grandes proporciones, y entrando la siesta, se dedicó a culminar su obra maestra que lo tendría esclavizado hasta el instante mismo de la cena. Mamá no lo dejaba solo: mientras ella se encargaba de todos los arreglos, cada cinco minutos le cebaba esos mates con peperina, café y burrito que sólo ella solía preparar. Y papá encantado de la vida, saboreando esos poemas de mi madre al tiempo que navegaba desquiciado en el mundo de la humareda. Siempre me quedó esa sensación amarga de que, a través mío o usando mis cumpleaños, terminaban celebrando las estupideces de ellos o poniendo en primer plano sus propios jolgorios. Mi presencia adquiría importancia en los primeros escarceos de la juntada. Pasadas las formalidades para conmigo yo quedaba relegado a un papel incierto y toda la algarabía de la noche se la comían ellos. Se acordaban de mí recién a la hora de soplar las velas de ese pastel espantoso que hacía Coca, la hermana de papá, todos los años igual, con ese hojaldre rancio bañado con litradas de un coñac insípido y de bajísima calidad. Mamá había juntado varias mesas que papá había confeccionado para tales festejos y armó la cena en el patio, bajo una noche esplendorosa, con un cielo infestado de estrellas y una luna gorda y amarillenta deleitando la horrenda voz de un tal Jorge Maciel que brotaba de un disco que chillaba como el aceite hirviendo. A pesar de ser una noche espectacular una brisa fresca e intrépida comenzaba a salir de sus aposentos y su bostezo merodeaba por los aires del patio. Entré a la casa y fui hasta mi habitación para buscar un abrigo. Intenté encontrar en la maraña cavernícola que tenía en mi placar alguno pero el desquicio no me permitía hallar nada. Tres golpes secos en la puerta de mi habitación me arrancaron de la compenetración de la búsqueda. Era Facundo, mi primo, el hijo de mi tía Coca, la del pastel espantoso. Yo no dejé de buscar y él comenzó a contarme cosas que parecían no tener sentido y sonaban a no estar bajo un contexto muy firme. Yo asentía cada una de sus palabras y desparramaba cada vez más mis cosas buscando un abrigo que ya a esas alturas me preguntaba si estaba ahí o en otro lugar o vaya a saber dónde. Me llamaba la atención que no dejaba de hablar. Era una máquina que emitía palabras tras palabras mientras con cierto disimulo observaba hacia sus costados, por el pasillo de la casa, como si temiera que alguien apareciera en ese momento. Yo no tenía una relación de hermandad con mi primo porque él era seis años mayor que yo y su mundo distaba abismalmente del mío. Mientras él fumaba cosas extrañas y bebía todo lo que hallaba a su alrededor y hacía desmanes en el centro del pueblo en un Cadillac reformado que el padre de uno de sus amigos le había regalado, yo cazaba perdices para doña Pilar y escuchaba a Jethro bebiendo granadina, y las pocas veces que hablábamos unas cuantas cosas era para los cumpleaños. Como este, por ejemplo. De pronto enmudeció un buen rato. Algo no estaba bien y podía darme cuenta de ello a pesar de mi corta edad. En ese silencio le hacía ruido dentro de él algo incómodo, alguna situación que le estaba haciendo comer las uñas. Sin percatarme de nada lo tenía detrás de mí respirándome como un lobo en la nuca. Giré apenas mi cabeza y lo miré como preguntándole el porqué de su acercamiento. Me sonrió nervioso e hizo un gesto como invitándome a continuar mi búsqueda. Cuando quise romper el hielo en la incomodidad de mi habitación me dijo. -Si levantás la voz te quemo. De reojo pude observar un arma poderosa de color plateado que lentamente se me iba metiendo en la sien derecha como si estuviera hundiendo un cuchillo en la manteca. Tuve el impulso inconsciente de levantar mis brazos, pero él, rápidamente, me los hizo bajar. -No quiero robarte nada, me dijo con un temblor notorio en su voz. Sentía mis piernas derretirse en lo helado del suelo del dormitorio. Sin que él se diera cuenta podía observarlo por el espejo largo que pendía de la pared que estaba a mi izquierda. Sus nervios lo habían sacado de contexto y no se percataba de mi observación. Estaba más nervioso que antes. Y cada vez más. Afuera todo seguía igual y la música estaba tan fuerte que nadie podría escuchar lo que adentro, a unos treinta metros, estaba sucediendo. Por momentos imaginé – dentro de mi desesperación – que Facundo ya lo tenía todo calculado, pero me seguía preguntando cuál era el fin de mi primo. Recordé en ese instante que la tía Coca, a menudo, solía venir a casa y, vermut mediante, le lloraba a mi papá los dolores de cabeza que mi primo le daba ¿En qué andaría? ¿Qué planes tenía en esa cabeza retorcida? No tenía la más remota idea. Lo que sí sabía con total aproximación era que no quería robarme – él me lo había confesado – ni tampoco matarme. Lo sentía, lo palpaba. Rogaba a Dios que -  por primera vez en mis once años -  se notara mi ausencia de una buena vez por todas y alguien si dignara a preguntar:” ¿A dónde está el cumpleañero?”. Nada. La debían estar pasando de maravillas sin mí. -Parate, date vueltas y ponete contra la pared, me dijo con una voz susurrada pero segura y controladora. -Facu, ¿qué te he hecho para que me hagas esto?, le pregunté temeroso de lo que vendría. No me miraba como quien mira a la presa que va a ejecutar. Me observaba como quien observa a una deidad, recorriéndome de arriba abajo con unos ojos envueltos en una mezcla de lujuria y demencia, lejos de aquellas miradas esquivas con las que solíamos conversar. Apuntaba a cualquier lugar con esa arma que parecía explotar como una bomba en cualquier momento y hacía esfuerzos corporales para verificar que nadie anduviera cerca o dentro de la casa. Las risas de papá y del tío Hilario se destacaban en esta noche que había comenzado azul, con una espléndida pintura de estrellas y se estaba tiñendo de un gris abominable, como si fuera un gigantesco techo herrumbrado sobre mi cabeza. Yo me preguntaba en mis fueros internos:” ¿Nadie tiene ganas de orinar?”. Evidentemente todo estaba trazado para que esto no estuviera sucediendo.

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