INOCENCIA ROTA

1249 Palabras
Facundo volvió a centrarse en mí y ya a estas alturas me incomodaba sobremanera esa actitud. - Desnudate, me dijo sin parpadear y dándole una dirección más certera a su pistola. - ¿Cómo?, pregunté intentando creer que mis oídos estaban fallando. -Que te desnudés, ¿tan mal hablo?, dijo con sorna y con una respiración gruesa y entrecortada. - ¿Facu?, quise preguntar y me silenció con su arma. - ¿Acaso nunca te diste cuenta de lo enamorado que estoy de vos?, preguntó con una decisión que se notaba tenía atragantada en la garganta. Quedé desconcertado ante las palabras de mi primo. Me costaba hacer foco y dar en el blanco de mis comprensiones, pero a la vez interpretaba a la perfección la mucosidad que resbalaba por su boca. -Jamás amé a nadie como te amo a vos, prosiguió. – Desde hace dos años que me sucede esto y cada día que pasa te amo con más locura, y aunque parezca que no nos vemos, yo te mantengo a distancia y se a cerca de todo lo tuyo, cada movimiento, cada paso, cada gota de tu respiración y cada latido de tu corazón. Mis ruegos iban cayendo una a uno como un efecto dominó. Nadie aparecía por la casa, no se oía un solo paso y en el patio la fiesta seguía tan radiante como había empezado. Al mismo tiempo sabía que esto acabaría pronto, una vez que Facundo se haya liberado de sus sentimientos enfermos, para luego mezclarnos entre los familiares y hacer de cuenta que acá nada había sucedido.  Pero mientras tanto debía vivir esta realidad antes de fantasear con el futuro que se olía lejano a estas alturas, frente a esta arma que brillaba ante mis ojos y que temblaba sin control en la mano sudorosa de mi primo. Volvió a arremeter perseguido por los fantasmas de su insania que lo estaban atropellando y lo estaban ahogando en su fango sucio. - Date vuelta y desnudate, me ordenó metiéndome el arma en la boca y lastimándome el paladar. Yo le rogaba en silencio y con mis lágrimas cayendo sin control que depusiera su actitud. - Esta arma, decidió explicarme, tiene un silenciador y por más que te ame con locura prefiero verte muerto a que te niegues a mis súplicas, ¿entendiste? No dije nada, pero no iba a acceder a ser parte de sus delirios retorcidos. Me quedé estático empotrado de susto en la pintura de la pared aguardando el balazo en el medio de mi frente. Comenzó a olerme como un desquiciado como si necesitara de mi aroma para poder seguir vivo en este mundo andrajoso en donde se movía. No podía creer lo que estaba viendo y sintiendo. Ese enfermo aventando su enajenación y escupiendo todos sus trastornos sobre mi cuerpo flacucho y débil era Facundo, mi primo hermano, diciéndome sin tapujos que desde hacía dos años estaba enamorado de mí en vez de enamorarse de una chica cualquiera del pueblo, de una mujer como manda la vida, de alguna de las tantas que enloquecían por él y que a diario le suplicaban, al menos, ser hasta violadas con tal de tenerlo entre sus brazos. No, él no quería eso.  Ahora entiendo por qué quedaba siempre en el aire flotando esa imagen de él en el pueblo como un Casanova, como un súper hombre que hacía y deshacía los corazones de las adolescentes y transformaba sus deseos en mares infinitos de desconsuelo. Claro, él estaba enamorado de mí y esa homosexualidad crecía día tras día y, seguramente, él tenía miedos y entredichos consigo mismo y conflictos aberrantes que lo desencajaban conforme iba pasando el tiempo entre sus manos. Y seguía expectante, como un león al acecho, hambriento y sediento, con el corazón que se le salía del pecho y no justamente de amor y de pasión: de alienación y desvaríos incongruentes. - Muy bien, dijo como si soltara una sentencia. “Como quieras”, continuó. “No voy a tener más remedio que matar a tus viejos y juro por este amor que lo voy a hacer, aunque me cueste toda una vida en prisión”. Me temblaba todo el cuerpo. Sentía que el demonio se había apostado frente a mí para alimentarse de mi inocencia. -Tenés diez segundos para decidir, me dijo con su aliento caliente pegado a mi cuello. Una película larga y triste recorrió mi mente en ese instante, llevándome por todos los rincones de mi vida y mostrándome la imagen de mamá y papá una y otra vez. Se me revolvía el estómago y el llanto parecía tener mil dedos apretando mi garganta, sin dejarme respirar y matándome lentamente con su fuerza avasallante, quitando sin prejuicios de mi lengua atorada toda posibilidad de defensa. Sepultado en el padecimiento fui girando mi cuerpo a un ritmo colosalmente lento y quedé expuesto a sus reclamos extorsivos. -Desnudate vos, suplicó. – Es algo que siempre quise ver -. Desabroché mi cinturón y fui desprendiendo los botones de mi bermuda tan despacio como podía, mientras el cuerpo no paraba de temblar y mis lágrimas me abatían con su martillar implacable. Y volvía a pedirle a Dios que le hablara al oído a uno de los cuarenta y nueve que bailaban tangos en el patio, donde ahora se sumaba el ladrido de los perros a esta constelación de ruidos infernales que tapaba todo en la noche. Se acercó con sus pantalones besando el suelo. Podía sentir el cinto de su pantalón arrastrándose como una serpiente pérfida, zigzagueando su cuerpo baboso armado de una lengua bífida y maléfica. - Abrí las piernas, dijo y sonó a orden. - ¡Por favor, no!, supliqué pidiendo clemencia. - ¡Abrilas!, dijo separándome las piernas con un golpe seguro de su pie izquierdo en el mío del mismo lado. Sentía que mi cuerpo se disolvía sin atenuantes y se hacía añicos como un cristal precioso y caía desmoronado sin posibilidades de nada. Con velocidad y astucia me cubrió la boca para silenciar mi dolor y mis lágrimas. El desquiciado me estaba cortando la vida y disfrutaba el flagelo como un demonio enloquecido. El enfermo me atravesaba el alma y me la destrozaba sin piedad alguna. El hijo de puta me humillaba sosteniendo con fuerza hercúlea mi cuerpo demacrado y me destruía segundo a segundo la inocencia que mis padres habían construido con tanto esmero para mí.  Me balbuceaba al oído y su baba rabiosa me surcaba la cara hasta desparramarse en el piso de la habitación sin dejar de ocultarme la boca con su mano pesada. Mi cuerpo delgado era una fantasía incontrolable que le llenaba la garganta y le hacía desparramar palabras mudas a cada instante como si estuviera emitiendo una plegaria, y lo acariciaba como si entre sus manos sostuviera a una muñequita de porcelana. Se detuvo. No quiso más. Decidió que hasta allí había llegado su infamia. Yo quedé envuelto en mí mismo sobre el suelo con mi boca casi pegada a la pared y llorando con un llanto callado que atoraba mi respiración. Él se levantó su ropa y desalmadamente me dijo:                                                             -A partir de ahora somos marido y mujer, ¿entendiste? Y continuó. – Y cuando el marido requiere los servicios de su mujer, ella debe estar disponible, ¿sí? Y prosiguió. – No se te ocurra, dijo acuclillándose a un costado mío, mover tu dulce y jugosa boquita porque no vas a ver nunca más a tus padres.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR