Se levantó y se fue. Yo, lejos de quedar ahí esperando un auxilio, intenté y pude reincorporarme. Me metí en el baño que estaba al lado de mi dormitorio y me tiré en el suelo a llorar desconsoladamente y a gritar desaforado, preguntándole a Dios por qué me había abandonado a mi suerte con este enfermo hijo de mil putas y permitió que me desbaratara la existencia de la manera en que lo hizo. Escupía miles de porqués que se estrellaban en las paredes del baño y se metían de nuevo en el horror de mi garganta. Y nadie acudía a mis gritos, absolutamente nadie, porque todos seguían festejando mi cumpleaños. Alguien manipuló el picaporte del otro lado como si la desesperación lo persiguiera. Regresé de mi mundo ajetreado y me instalé de nuevo en la realidad que olía aun a desquicio tibio. Pregunté quién era ante la insistencia de aquel: ”Evelinda, Manu, ¿te falta mucho hijo?”. Era mi tía Eve, mi madrina. ”Un buen rato tía”, le dije con una expresión fuerte para que tomara otro rumbo: ”Está el otro baño, no te olvides”, proseguí acordándome de ese detalle. Sin decir palabra ni agradecer sentí los tacones cuadrados desaparecer del lado de la puerta seguramente buscando otro destino. Debía reponerme y ahuyentar rápidamente el episodio, pero también sabía que debía enfrentar el patio infestado de parientes y continuar con la fiesta y volver a verle la cara a la basura inmunda de Facundo, que debería estar haciéndose el gracioso frotándose las manos con las mieles de su éxito.
Me dolía el cuerpo como si me hubieran pisado miles de caballos. Busqué marcas importantes pero gracias a Dios no había magulladuras, sólo algunas pocas irritaciones producto de la sujeción. Me quité la ropa velozmente y aproveché la tangueada para darme un baño. La piel se me erizaba como si un invierno atroz me estuviera invadiendo mientras intentaba quitarme con el agua el veneno de este desquiciado. Lloraba. Lloraba y no paraba de llorar. Por mi forma de ser sabía que en algún momento iba a terminar hablando más allá de la vergüenza que esta situación me provocaba. Me sequé y con asco tuve que calzarme la misma ropa para no levantar sospechas.
Otra vez tocaron la puerta del baño. No lo podía creer, parecía una burla de esta vida de sorpresas. Ahora se le ocurría venir a todo el mundo a depositar sus mierdas, pero me propuse a que se mearan encima, o se aguantaran toda la noche, o fueran al otro baño. Me senté en la tapa del inodoro a llorar más cómodamente y escuché un ruido mudo, como si alguien estuviera dentro del placar que se encontraba al costado de la ducha. La puerta del placar se fue abriendo despacio como en las películas de terror y yo me fui adhiriendo a los azulejos con un miedo insuperable convencido de que mi primo se había escondido aquí para matarme definitivamente. Un niño de mi edad aproximadamente salió del placar con un gesto de vergüenza con un perdón bien notorio que escapó de su boca antes que yo le reclamara algo. Jamás en mi vida lo había visto o al menos eso me parecía. Su rostro me era familiar y debo reconocer que percibía en él un aire fresco y natural, como que me hacía bien su compañía.
-¿Quién sos?, le pregunté aterrado todavía.
-Hola, me dijo todavía inmerso en su vergüenza. – Me llamo Manuel y me escondí acá para que nadie me rete. -¿Para que nadie te rete?, pregunté incrédulo. - ¿Y por qué alguien debería retarte? indagué.
-Porque no fui invitado a la fiesta.
Sonaba lógica su respuesta.
-¿Y por qué deberían haberte invitado si no te conocemos?
-Yo creo que sí me conocen, sólo que siempre pasé inadvertido.
Cada respuesta de Manuel – se llamaba igual que yo – me dejaba pensativo y en un plano de no poder repreguntarle nada. Yo lo observaba buscando una confesión que yo creía tenía atragantada en el pescuezo y él sólo jugaba con sus dedos y su mirada perdida en ese juego.
-¿Cómo entraste?¿Quién te abrió?, pregunté husmeando el panorama.
-Entré, como dice la frase: ”Vi luz y subí”.
-¿Y por qué entraste acá? ¿Qué te llevó a meterte en mi casa?
-Siempre quise ser tu amigo y no me animaba a acercarme y a decírtelo.
-¿Dónde vivís?, pregunté sorprendido intentando sacarlo de algún lugar.
-Vivo, respondió a secas mirándome a los ojos por primera vez.
-Sí, ya sé, pero ¿dónde?, insistí.
Se sumió en un silencio sepulcral y sus ojos se desbordaron de lágrimas.
-¿Por qué llorás?, pregunté tocado en mi corazón. -Por nada, olvidalo, respondió al tiempo que secaba su rostro con la parte baja de su remera.
-Estoy muy triste, dijo y pareció prepararse para esa confesión que yo imaginaba tenía atravesada en sus cuerdas vocales. – Vi todo, prosiguió.
-¿Todo qué? ¿Qué viste? No te entiendo, pregunté desorientado.
Manuel me miró fijamente y hurgó entre sus opciones la más clara y la menos hiriente para decirme lo que había visto.
-Vi como se abusó de vos ese reverendo hijo de puta. Lo soltó como a una granada, dispuesto a matarnos a los dos. Me quedé extasiado observando su mirada que se había incrustado en la mía haciéndome sentir vivo y dándome fuerzas para continuar.
-¿Y por qué no hiciste algo?, pregunté envuelto en una llamarada de bronca e impotencia.
-No pude, respondió. – Estaba paralizado y tenía mucho miedo. No te enfades conmigo por favor.
Lo decía suplicante y con una vergüenza a flor de piel. Se sentía terriblemente culpable y en realidad fue una especie de víctima más, ahí, tirado como yo en la habitación ante un demente empuñando una pistola de proporciones dispuesto a todo. Manuel lloraba desconsolado y me partía el alma sentirlo de esa manera.
-Perdón, Manuel, no quise ser tan cruel, le dije con sinceridad.
-Está bien, Manuel, no te preocupes, me respondió entre lágrimas.
Me llamaba poderosamente la atención que mamá o papá no anduvieran preguntando por mí o me anduvieran buscando. En el patio nada parecía haber cambiado, es más, parecía como si cada vez hubiera más gente sumándose al festejo.
-Sé cómo hacer para que este energúmeno no te moleste más, dijo repentinamente Manuel.
-¿Por qué me estás diciendo esto?, pregunté ávido de una respuesta urgente.
-Él te dijo que le encantaba tu cuerpo. Yo escuché las palabras que usaba cuando se refería a él y vi como te acariciaba mientras te pasaba le lengua como un perro rabioso. A partir de ahora tenés que cambiar eso para que este degenerado no te persiga más.
Lo proponía encuadrado en un costado temible y podía notar en él un deseo grande de venganza que me asustaba excesivamente. Sinceramente me sentía abatido y confundido para tomar represalias o definir algún accionar. Quería primero limpiar un poco mi cabeza. Mientras Manuel aguardaba una pregunta mía a cerca de su propuesta la imagen del padre Ernesto, el cura del pueblo, se me vino como un atropello.