LAS MÁSCARAS DE SIMÓN

2629 Palabras
Esmeralda sabía que ingresaba a su hora de almuerzo y descanso, aprovechando que todos los pacientes se iban a sus habitaciones para disfrutar de su siesta. Y dijo: -Dame un segundo. Traigo mi almuerzo y escucho todo lo que quieras contarme, ¿si? Simón asintió con su cabeza y esperó el regreso de Esmeralda. -Listo, viejito, a ver, te escucho, dijo acercando una silla mientras deleitaba su almuerzo. -Hoy se cumple un mes de la muerte de mi Vilma, ¿sabías?, dijo Simón como una primicia, sin acordarse de que unos momentos atrás se lo había comunicado. -Sí, Simón, ya me lo dijiste esta mañana, respondió Esmeralda como intentando refrescar su memoria. Un infierno de lágrimas saltó abruptamente de los ojos de Simón ahogándole el alma y cerrando todos los caminos para poder expresarse libremente. Era incontenible, como un caudal alocado de sangre escapando de una arteria vital. Esmeralda apoyó su plato sobre la silla de ruedas y se apresuró a consolarlo. -No llores, viejito loco, dijo con un tono maternal ¿Querés que te diga algo?, agregó: -"Si vos llorás Vilma se entristece. Ella en este preciso instante nos está viendo desde una estrella y quiere sentir que vos la recordás con una gran sonrisa por todo lo que ustedes vivieron juntos"-. - ¿Sí, Gordita? ¿Eso te dijo?, sollozó ingenuamente Simón. -Sí, tonto, por eso ahora calmate y contame lo que querías contarme. Mágicamente las lágrimas se secaron en el rostro de Simón o desaparecieron como un hechizo por los surcos de su cara, haciendo caer a Esmeralda en el terreno de la duda y poniendo en su balanza la ficción y la realidad de Simón. Ya estaba acostumbrada. -Yo fui muy injusto con mi Vilma, abrió el viejo. -"Cuando era jovencito me llevaba el mundo por delante y creía tener el universo a mis pies"-, decía mientras jugueteaba con la punta de la sábana. Prosiguió: -"Nunca quise casarme ni tener hijos, no me importaba. Para mí la vida era diversión y mujeres y ahí terminaba todo. No tenía aspiraciones de nada, parecía que forjarme un destino no me serviría de mucho y el pensamiento de que la vida era una sola me gobernó incluso hasta hace muy pocos años"-. Esmeralda comía su almuerzo envuelta en un aire distinto. Nunca imaginó que Simón tuviera la capacidad de expresar tan libremente y de manera tan suelta y locuaz cosas de su historia que parecía tener reservadas para otra vida. Decidió entonces aprovechar este momento de intimidad extrema con el viejo y prestar atención al fluir de sus palabras. Simón prosiguió: -"Ella debió haber aparecido en mi vida para enderezar un poco, al menos, mi rumbo. De eso me di cuenta muchos pero muchos años más adelante y aunque no me pareció tarde para intentar hacer algo y torcer la historia, los lazos negros que me dominaban se habían comido casi todo de mí. La llené de promesas y de palabras hermosas; le pinté un mundo ideal conmigo a su lado; armé en el aire ese castillo azul e inmaculado que ella esperaba oir y un buen día, tal vez sin dimensionarlo, ya le había dicho que sí frente a un Dios que me tenía preparado este tramo atroz en mi camino a seguir"-. Parecía no querer detenerse; parecía querer vomitarlo todo, como un veneno disgregando sus órganos y arrancándolos de cuajo ante la atenta Esmeralda, sorprendida frente a un Simón exultante. -Tal vez al principio estabas algo perturbado pero con el correr del tiempo te fuiste adaptando y aceptando que aquellas épocas de ensoñación y locura, por lógica, ya habían quedado atrás, dijo Esmeralda y de paso avivó aun más la lengua filosa de Simón. -No, Gordita, nada de eso. Yo sabía qué quería y qué no quería para mi vida, pero con lo que no quería me costó mucho lidiar. Después, cómoda y cobardemente, me dije a mi mismo que la solución era dibujar la situación y seguir con mi mundo de torpezas e insanias, total, Vilma, era manipulable al ciento por ciento y mi carácter agresivo y lastimero podían ser los hilos perfectos para maniobrar el amor y la devoción de ella para conmigo. Entró Rosalía. -Esme, está lista la merienda, dijo alternando la mirada entre Simón y ella con cierto dejo de incógnita durmiendo en sus ojos. -Sí, Rosalía, gracias. Ahí vamos. El tiempo había volado a una velocidad inimaginable. La tarde se había atragantado con el diálogo entre ellos pero había sido un día distinto y muy diferente a los días precedentes a la muerte de Vilma. Esmeralda reaccionó rápido y cayó en la cuenta de que había descuidado, aunque no de una manera irresponsable, su trabajo. Y mientras volvía en sus pasos e intentaba poner en paralelo el tiempo y sus quehaceres, su cabeza no dejaba de girar y de juntar los pedazos esparcidos que le dejó aquella nueva versión de Simón, la de un hombre capaz de contar una historia con tanta precisión y afinación, con un encanto dramático y con una expresión casi hablada. Y al mismo tiempo la derrotaba saber que en algún momento del día caería en esa bolsa de delirios e incongruencias totales, en la infantilidad y el desamparo y en esa fachada de anciano ignorante y desencajado superlativamente. Simón merendó relajado y afuera la primera gran lluvia de verano se asomó a la ciudad como un monstruo al acecho envuelta en un ventarrón furioso intentando llevarse bien lejos el caldo grueso y hostil que se había instalado en los últimos días. Hacía un mes que Vilma había muerto y, salvo el día posterior a su fallecimiento cuando Irene - impávida y perdida como un alma entre sus semejantes - estuvo con Simón, nadie más se había llegado hasta el instituto. Era una situación que no despertaba sospechas entre los empleados del lugar porque tenían alguna vaga noción del pasado familiar del viejo. Esmeralda, sin embargo, tenía esa sensación, picándole los dedos, de que pronto comenzarían a llegar algunos familiares y amigos, respetuosos de este duelo de Simón. Esmeralda se preparaba para dar por terminada su tarea en esta jornada calurosa que ahora comenzaba a refrescar. Llevó a Simón a su dormitorio después de haber dejado a la mitad de los abuelos en sus respectivas camas. Como siempre, lo arropó - esta noche más aún porque un fresco importante abrazaba la ciudad - y le dio el clásico beso en la frente. A finales del mes de marzo Esmeralda notó, con su sigilo felino metido en su nariz, que Simón había entrado en una densa pero visible pendiente, un bajón significativo que preocupó al personal del geriátrico. Vagaba las horas montado en las alas de un silencio estrepitoso con sus dorados ojos cubiertos por una espesa y continua película acuosa. Un corcho de botella pasó a ser su amigo de todos los días y hasta notaban en el instituto las charlas extensas y murmuradas que entre ellos tenían. Era claro y evidente que algún síntoma impredecible e importante estaba comenzando a erigirse en un rey malévolo dentro de la cabeza de Simón. Después de aquella extensa charla que Esmeralda había sostenido en la habitación con el viejo, no volvieron a tocar el tema, ni si quiera él hizo algún gesto o dio señales de querer volver a tocarlo. Incluso Esmeralda comenzó a desmenuzar en su cabeza la posibilidad - que no era para nada descabellada - de que Simón haya pasado al olvido definitivo aquella conversación, teniendo en cuenta su estado, devenido casi en un senilismo crónico. Esmeralda se reprochaba a sí misma no haber indagado con profundidad en los momentos de relato caliente de Simón en vez de haberse quedado estática, inmóvil, escuchando todo. Pero también le danzaba por la mente la chance de que el viejo estuviera al acecho, agazapado como un león hambriento en busca de preguntas, codeándose con el egocentrismo, sediento de protagonismo. Era ciertamente complejo lidiar con él. Era una maroma de secretos retorcidos; un puñado sin dimensiones de mundos inventados y una mente por más sórdida y siniestra, ávida de nuevos y disparatados recursos imposibles de interpretar y difíciles de darle un seguimiento lógico y concreto. Renzo llegó al instituto a mediados de abril para visitar a su padre. No fue convencido al lugar. Su distancia con el viejo estaba respaldada por un largo camino infestado de torturas, malos tratos e injusticias, desarraigos, penurias y tristezas que, lentamente, fueron abriendo esta brecha entre ellos, llevándolos a romper de manera casi definitiva sus lazos. Y a pesar de la mala vida dispensada por Simón y de sus faltas, de sus burlas rutinarias y del desamparo y el desamor que vomitó sobre los destinos de su familia, Renzo, a su manera, siempre intentó encontrar aquel camino perdido con su padre, ese sendero de felicidad y de complicidad que se disgregó en alguna etapa de su vida pero que eternamente quiso volver a construir. Simón pareció no darse cuenta jamás o volteó la cara hacia un lugar más seguro y confortable, menos complicado, dejando al descubierto nuevamente las uñas ponzoñosas de su desinterés. Lucía, la esposa de Renzo, fue uno de los pilares más fuertes, horadando día tras día, pausadamente y muy a pesar suyo tras casi un año de distancia y de soledad, intentando ser una voz cálida que se internara en su alma y no lo hiciera desistir en su búsqueda de recorrer aquel camino y juntar los deshechos, al menos como un intento, si bien desesperanzados por el arribo a una confrontación positiva entre ellos, pero ensayando un poco de sosiego y de paz interior. Esmeralda los hizo entrar al gran comedor en donde Simón veía su vida pasar sumido en la cuerina de su silla de ruedas, por entre sus piernas, abatido, echado a menos y cubierto de dolor y desesperanza. -Hola, viejo, dijo Renzo. Simón levantó su cabeza con un esfuerzo heroico y buscó el sonido de la voz. Apenas hizo blanco en la mirada de Renzo. Se detuvo en Lucía, observándola de arriba a abajo, achicando sus ojos en clara muestra de no tener idea de quien estaba parada a su lado y entre abriendo sus mandíbulas para darle más dramatismo a la escena. La miró a Esmeralda tratando de hallar respuestas. -¡No te hagas el loco y el perdido que sabés perfectamente quienes son!, dijo la Gordita sabedora de los bueyes con los que araba. Simón mezcló llantos con sonrisas y le pidió un abrazo a Renzo. -Hola, hijo, hola, decía consternado. -¿Cómo estás, viejo?, dijo Renzo con la boca tapada en el hombro de Simón. El viejo no contestó. Miró a Lucía y se fundieron en un abrazo conmovedor. - ¿Cómo estás, Simoncito?, preguntó su nuera con la dulzura que la caracterizaba. Simón pareció responder a una orden inquebrantable. Como empujado por manos de acero volvió a su posición inicial, con su cabeza gacha y viendo pasar su vida por la cuerina de la silla de ruedas. Allí permaneció la hora que Renzo y Lucía estuvieron mientras conversaban y se ponían al día con Esmeralda respecto de la situación del viejo. Luego se fueron. La enfermera llevó a su habitación a Simón. Lo acostó y antes de retirarse le dijo. -Hoy estuviste muy distante y ni hablaste con Renzo y su esposa. Simón la miró extrañado. -No sé de qué me hablas, Gorda estúpida, arremetió Simón con una carga demoníaca en su voz y en su mirada. Esmeralda tomó distancia, se paró firme y le dijo: -Escuchame bien, viejito loquito A mí no me vas a tratar como a un trapo, ¿entendido? Y agregó entre dolida y desquiciada:-"Yo estoy siempre para vos y no te voy a permitir que me insultes de esa forma"-. -¡Pudrite en el infierno, gorda hija de mil puta! Esmeralda nunca esperó escuchar un desastre semejante. Si bien conocía a la perfección con quien lidiaba, jamás se le cruzó por la cabeza que Simón se desprendería con esta sinfonía de epítetos. Quedó muda y estancada en el piso de la habitación. -Hui de acá y apagá la luz, concluyó Simón lejos de una disculpa y menos de un arrepentimiento. Esmeralda dio la media vuelta, apagó la luz y salió disimulando sus lágrimas. No quería preguntas de ninguna de las otras enfermeras. Sólo deseaba tomar sus cosas y desaparecer. En el camino se topó con Alba y Constanza. -Hola, Esme, buenas noches, dijeron al unísono sus compañeras. Esmeralda las esquivó con su cuerpo y bajó las escaleras como perseguida por un demonio llevándose todo por delante. -¡Esmeralda! ¡Esmeralda!, gritó Constanza extrañada por lo sucedido.  -Dejala, Coty, dejala, dijo Alba, la más antigua de todas las enfermeras con un tono de sospecha por lo que podría haber pasado. Y agregó: -"No sé porqué huelo a Simón en todo esto"-. Esmeralda sabía que estaba entre dos situaciones duras de paladear: conseguir temporalmente un cambio de turno pero, al mismo tiempo, era la única que podía domar a un potro bravo como Simón. Con la primera opción se iba a sentir menos atosigado, haciendo del mismo modo su trabajo pero con un peso de toneladas muchísimo menor al del turno de día. Por la noche sería más liviano y hasta aburrido al hartazgo y tendría al león dormido en su jaula. Con su turno habitual las horas parecerían minutos y lidiaría más con Simón, pero su corazón y su espíritu sensible y dadivoso descansarían en aguas más cristalinas y no lo expondría a la frialdad de las otras enfermeras y al olvido total. Eso giraba sin sentido por la cabeza de Esmeralda y decidió con hidalguía continuar por este camino espinoso en demasía. Pero la decisión también pasó por administrar más lógicamente su desempeño con Simón y eso significaba no involucrarse demasiado en su mundo retorcido y proporcionarle con cuenta gotas el servicio, sin entrar en disputas con sus supervisores y ligándose llamadas de atención por salir en su salvataje. Esmeralda llego esa mañana con un semblante diferente, distante de aquel rostro iluminado emanando sonrisas y regalando alegría a diestra y siniestra. En el instituto la noticia corrió como reguero de pólvora y todos estaban al tanto del incidente del día anterior entre la Gordita y el viejo. Esmeralda seguía haciendo su trabajo con total naturalidad pero oía al pasar los murmullos apagados de algunos pacientes que no podían disfrazar sus chismes y quedaban expuestos en medio del gran comedor. Simón estaba ahí. Antes del arribo de Esmeralda, Constanza lo había levantado y lo llevó para desayunar. -No ha emitido palabra alguna, dijo en lo bajo Constanza mientras acomodaban cosas en la cocina. Esmeralda no respondió nada. Prosiguió calma con sus quehaceres como si estuviera sola en el lugar. -Gorda, ya sabemos lo que sucedió ayer, todos lo saben, dijo Coty con palabras que rozaban la ternura. Y agregó: -"Tampoco es para que no nos hables o no respondas lo que te preguntamos"-. Esmeralda la detuvo en seco. -Coty, no tengo ganas de hablar con nadie ni tengo ánimos de escuchar a nadie, ¿podés entenderlo?, dijo y preguntó con una paz envidiable. -Si, Gordi, está bien, contestó derrotada Constanza. -No es con vos, ni con Alba, ni con Rosalía, dijo con un aroma a disculpa. -"No estoy bien y lo mejor que me puede pasar, es trabajar bajo el mayor silencio posible y con pocas complicaciones. Te quiero mucho Cotita pero necesito un poco de espacio. No te enojés-". -Sí, seguro, gordita. Yo no te voy a molestar, dijo apenada. -No me molestás, tonta, no es eso, dijo Esmeralda con una mueca graciosa. -"Sólo necesito que no me anden preguntando nada, sólo eso-". Se abrazaron como dos hermanas entrañables y prosiguieron con sus trabajos.
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