ENTRE PÉRDIDAS Y CONFESIONES

2667 Palabras
Esmeralda sentía un cosquilleo extraño, una sensación atípica en ella sabiendo que llegaba la hora de acostar a los abuelos y a Simón, que había permanecido como una estatua, inmóvil y encerrado visiblemente en una coraza inviolable, expectante, al acecho y planificando el próximo golpe, buscando el papel que le sentaría mejor en este nuevo capítulo de su vida. De seguro algo tramaba, algo urdía en su mente de laberintos intangibles, algo preparaba y tejía en su lengua bífida y venenosa. Tuvo todo el tiempo del mundo durante la noche y la mañana para crear un plan maestro y malévolo, para construir el escenario adecuado y para caracterizar al actor de turno. Esmeralda lo sabía. Lo conocía mejor que nadie y diseñó sus herramientas con astucia y tacto para enfrentarlo. -Hola Simón, abrió Esmeralda con su clásica suavidad. - ¿Almorzaste bien?, preguntó palmeando con sinceridad su hombro. Simón asintió con la cabeza mientras persistía en una vergüenza plástica, en un sopor bien camuflado. -Bueno Simón, a dormir la siesta porque esta noche estamos de fiesta, sabías?. Simón negó una vez más con su cabeza pero esta vez hizo participar a su rostro impregnándole una pizca de inocencia. Estaba arrancando su circo. Se abrió el telón que Esmeralda tanto temía. -Esta noche festejamos los setenta y cinco de Azucena y Vicente, tu compañero de truco, dijo Esmeralda con cierta algarabía y poniendo sobre el escenario parte de su protagonismo también. ¡Qué bueno!, dijo Simón atacado por un ejército de lágrimas y con su cuerpo tembloroso. -Bueno, bueno viejito, no llores porque Azucena y Vicente se van a poner tristes al verte así y hay que estar bien para ellos, ¿si?. Sí, dijo Simón con una voz inentendible. El comienzo había sido promisorio. Esmeralda ya tenía los hilos de la situación y sabía cómo proceder en consecuencia. Llevó a Simón a su dormitorio, lo arropó bien y sin darle espacios y con gran estrategia, lo dejó dormir la siesta. Constanza había preparado, antes de despertar a los abuelos y con total tino, una torta de chocolate decorada con crema y trocitos de merengue para disfrutar ella también, por la noche, el cumpleaños de Azucena y de Vicente junto al resto de los pacientes y parte del personal. Fue una fiesta hermosa con muchos globos y guirnaldas, sombreros de colores, comida para un ejército y mucho tango para el deleite de los oídos de todos los viejitos. Entrada la noche, muy lentamente, fueron llevando a los abuelos a sus respectivas habitaciones, después de un jolgorio poco habitual y de un despliegue atípico que dejó a todos, incluyendo el personal, exhaustos y maltrechos para el día siguiente. Simón participó poco, en menos cuantía de lo que esperaba Esmeralda. Durante toda la fiesta demostró estar ciertamente avergonzado frente al resto porque sabía que todos estaban enterados de la discusión entre él y la Gordita. La fiesta se centró en un clima próspero y cordial y el tema de Simón quedó relegado a un lugar menor, pero el viejo sintió pegada a su espalda y a su nuca las voces acusadoras y nefastas producto, sin lugar a dudas, de sus propias y desenfrenadas persecuciones. Esmeralda, con total naturalidad y despreocupación, como todos los días, dejó a Simón para el último. Lo llevó a su dormitorio y antes de la despedida final él le dijo. -Gordita, antes de irte, ¿me podrás escuchar dos minutos? -Viejito, - dijo con tono presuroso Esmeralda - acaba de llegar el taxi, lo tengo allá abajo. Mañana me decís, ¿si? Simón, entre otras cualidades, era una persona con un tacto especialmente afilado para detectar chicanas y desvíos. A pesar de sus incapacidades y de haber perdido en parte esos olfatos leoninos, mantenía aun, como vestigios del pasado, esas cosquillas en la punta de sus dedos y acusaba inmediatamente los mazazos que le propinaban. Miró por la ventana y se perdió en una luz tenue que bañaba los barrotes, divisando en la pared de fondo, una vez más, como una pesadilla tortuosa, el pasar de su ingrata película personal. Como deglutiendo una derrota por haber quedado mudo en el aire ante Esmeralda se durmió más tarde, ya bien entrada la madrugada. Simón, entre despierto y dormido, sentía mucho bullicio del otro lado de su puerta. Por debajo de ella alcanzaba a notar corridas y podía percatarse de diálogos confusos, palabras entre cortadas y gritos ahogados. Hizo el intento de incorporarse un poco, al menos, pero no lo consiguió. Se quedó mirando un punto fijo en donde él sabía que su oído tomaba dimensiones importantes pero no pudo descifrar absolutamente nada durante casi una hora. La sintió llegar a Esmeralda que con su carácter y su personalidad, bajo ese ángel único y envidiable, de a poco, fue poniendo la turbulencia en su lugar y acomodando la situación. Simón oía voces nuevas, voces que no le eran familiares, de hombres y mujeres notoriamente desencajados. ¡¡Esmeralda!, gritó Simón inicialmente en un tono bajo pero bien audible. - ¡Gordita!- , volvió a inferir pero esta vez con más ahínco y cierto grado de nerviosismo. Hizo de nuevo el intento de sentarse en la cama pero se rindió rápidamente. Maldijo a todos los santos tocándose la pierna derecha y buscándole un poco de calma. -¡Gor... volvió a gritar, pero Esmeralda le detuvo el grito entrando a la habitación. -"Hola Esmeralda, ¿qué sucede allá afuera que hay tanta bulla?", preguntó el viejo con una voz quebrada e impregnada de duda. -Escuchame, Simoncito, a ver, sentémonos que tengo que decirte algo, dijo Esmeralda como tomándose el tiempo necesario para manejar esta situación, mientras sentaba al viejo. ¿Está todo bien? ¿Me trasladan a otro lugar?, preguntó Simón con la máscara de la consternación reservada para estos casos. -No, tontito, nada de eso. -Entonces? -Necesito que me escuches bien, que te mantengas tranquilo y que me ayudes a mi también para esto que tengo que decirte, porque yo siempre estoy para vos y una vez te pido que estés para mí ¿Me vas a poder ayudar? -Sí, Gordita, sí, por supuesto, decime. -Azucena nos dejó, Simón, dijo Esmeralda con una voz de aire fresco y matinal tomando las manos del viejo. Simón experimentó un gesto que la Gordita jamás había visto en él, un gesto espantoso, cruento y triste, desprovisto de toda realidad, al borde del abismo y encendido de lágrimas a punto de estallar por sus cuencas orbitales. Fue haciendo descender su cabeza lentamente con una negación impresa y las sábanas no pudieron ocultar el derrame. Esmeralda se apartó de su embestidura y no pudo resistir tanto peso y tanta presión, y unió su cabeza a la de Simón para morir, ambos, en un mar de llantos eternos. Azucena había muerto durante la madrugada en su habitación. Alba la encontró. Le había llamado poderosamente la atención su quietud en varias ocasiones que había ingresado para darle un vistazo como hacían todas las enfermeras cada una en su turno con cada uno de los pacientes. Esmeralda le pidió a Simón un poco de voluntad y tiempo hasta que todo volviera a su normalidad para poder llevarlo al gran comedor a desayunar. Simón prefirió quedarse en su habitación recordando a su amiga Azucena. No se sentía con ánimos de estar allá y Esmeralda no se opuso. El vendaval paso rápido y muchos, como Simón, optaron por permanecer recluidos en sus cuartos. Una vez que Azucena fue trasladada y sus pertenencias puestas a disposición de sus familiares, con mucha prudencia y tacto, el instituto volvió a su normalidad, una normalidad teñida de dolor y ausencias que las autoridades y las enfermeras supieron guiar con total sabiduría y mesura. A la hora del almuerzo todos se encontraron en el gran comedor. Iban llegando de a uno y escasamente las miradas se cruzaban. Podía palparse el dolor, la congoja y la desazón por la muerte de Azucena. Algunos no supieron resistir y se desarmaron en sus sillas, especialmente sus amigas y Vicente, su eterno enamorado. En contados minutos el contagio se propagó y se apoderó de todos los pacientes, incluido Simón, que lloraba sin consuelo de la mano de su amigo Vicente. -Anoche me animé y le dije que hacía mucho que estaba enamorado de ella, dijo Vicente cubierto de un dolor indescriptible, ahogado y desgarrado con sus propias palabras. Y prosiguió: –"Estuve esperando su cumpleaños para decírselo y regalarle esta carta que muy amablemente sus familiares me devolvieron para que me quede con un recuerdo de ella"-. Era como un niño dentro de un anciano apretujando la carta sobre su pecho y mirando al cielo tratando de encontrarla para volver a decirle cuanto la amaba. Esmeralda y las otras, que aun permanecían en el instituto, intentaban contener a los abuelos y a Vicente principalmente. Simón, afligido visiblemente, permanecía al lado de él, incólume, firme con su amigo llorando su pesar. El almuerzo y la sobre mesa caminaron por un clima distinto. La ausencia de Azucena caló los corazones de los abuelos. Ella era la luz en las discordias, un manantial de agua pura y cristalina con una sonrisa permanente como si fuera parte de su cuerpo; un sol en plena oscuridad para las desdichas de cada uno de los pacientes siempre con sus vestidos de variados colores, sus labios rojo carmín y la coquetería a flor de piel, con un amor escondido en lo más profundo de un corazón que se llevó consigo el secreto de su vida. El frio comenzaba a introducir sus garras más atroces y se sentía en el instituto penetrando en las vísceras. Si bien el invierno estaba asomando su nariz, las heladas se habían anticipado y eran crueles y hasta desconcertantes. Después de aquellas viejas discusiones que ya habían quedado enterradas en lo más profundo del olvido, Esmeralda y Simón parecían tener un nuevo acercamiento, una relación más parecida a la que alguna vez supieron experimentar, con un diálogo fluido y con un respeto bien estructurado. Uno de esos días, después del almuerzo, Esmeralda llevó a Simón a su habitación para su siesta sagrada. -Bueno, viejito, a dormir un rato, dijo Esmeralda maternalmente. -¿Te puedo contar algo?, preguntó Simón como pidiendo permiso. -A ver, Simoncito, ¿qué te sucede ahora?, inquirió Esmeralda oliendo el terreno. -Sentate, sentate, dijo Simón cacheteando la silla. Esmeralda se sentó, miró su reloj sabiendo que disponía de un buen rato aprovechando la siesta de todos los abuelos. -¿Almorzaste?, preguntó Simón usando la máscara de la sorpresa y la preocupación. -Sí. Simoncito, quedate tranquilo. A ver, contame. -Dentro de cuatro días se cumple un mes del fallecimiento de Azucena, abrió con voz pausada Simón. -Sí, ya lo sé, respondió Esmeralda como esperando realmente una novedad. -Pero también dentro de cuatro días mi Vilma cumple años: Cumple setenta y uno. Un llanto arrollador lo envolvió en sus fauces y, esta vez, Esmeralda no vio ninguna máscara tirada por el suelo. Lo creyó sincero. Y dolido. -Bueno, viejo, no te pongas mal, dijo Esmeralda cubriéndolo con un abrazo interminable. - ¡Calma, calma, mi viejo amiguito!, prosiguió acariciando en círculos la espalda de Simón y proporcionándole un poco de paz. Así permanecieron un instante hasta que el viejo logró adquirir algo de tranquilidad. -La extraño mucho, Gordita. No soporto un día más sin verla. Todas las noches me parece sentir que su perfume divaga por la habitación como si fuera un rocío de paz y amor. Antes de dormirme hablo unos cinco minutos con ella y vieras que bonita está, con su sonrisa sincera y con ese perfume que sólo ella y su piel tenían. Si todavía recuerdo esa noche - continúo mientras secaba sus lágrimas con el puño de su pijama - que yo llegaba a casa desde el trabajo, cansado y deprimido porque habían anunciado una quita importante de sueldo para cada uno de los operarios. Todo el viaje hasta casa fui pensando en todos los objetivos que tenía por cumplir y que esta situación laboral me estaba coartando y tirando por la borda. Y prosiguió con una Esmeralda atenta a cada palabra emitida. -"Esa noche llegué a casa y Vilma estaba preciosa, con un vestido floreado y largo, de muchos colores como se usaba por entonces; unos zapatos muy bonitos y un peinado con un rodete pomposo en la parte de arriba y un mechón cayéndole con suavidad y rozando su frente. Hermosa. Una muñequita de cristal". De inmediato el semblante adquirió una forma que asustó a Esmeralda y ésta, precavida, rápidamente le tomó las manos y le dijo: -¿Te sentís bien, viejito? Estoy escuchando esta hermosa historia que me estás contando. Simón volvió a su personaje anterior con una capacidad envidiable. - Sí, Gordita, estoy bien. Esmeralda no pronunció una mueca de aire. Se mantuvo expectante controlando a Simón con la energía positiva de sus manos rellenas. Lo esperó. Lo acariciaba tenuemente. Era como quitarle el hechizo al mismo demonio, como desembrujar al poderoso chacal. -La golpeé con todas mis fuerzas, dijo Simón bajo un tropel de lágrimas que se podía escuchar desde el fondo de su alma.-"Perdí el control y la golpeé por todos lados, la castigué severamente porque no sólo acababa de encamarse vaya a saber con quién, sino que se me presentaba como una cualquiera con ese vestido de cabaretera, ese peinado de golfa y sus labios que terminaban de deglutir el asco antes de mi llegada". A Esmeralda  la abatían millones de sensaciones encontradas. Debía encontrar rápidamente una carta en la manga para batallar ante este testimonio desgarrador y cruel de Simón. Tuvo suerte porque el llanto desolador del viejo, no sólo no lo dejaba continuar, sino que le daba tiempo y espacio a Esmeralda para buscar las palabras adecuadas para esta ocasión. -¿Realmente creíste y pensaste eso de tu Vilma, viejito?, preguntó Esmeralda sin soltarle las manos y con una energía más potente aun. Simón negaba con su cabeza la cual estaba casi tocando las sábanas, abyecto, descorazonado y derrotado sensiblemente. Ella volvió a acunarlo en un abrazo perpetuo, inmortal. Él lo necesitaba y parecía que  ningún consuelo le iba a devolver el sosiego. Se inclinó hacia atrás y su llanto se entremezclaba con un grito que emanaba desde lo recóndito de sus entrañas y se unía a un torrente de salivas saladas que no podía contener. Esmeralda aguardó por su recuperación sin dejarle las manos libres mientras le proporcionaba reposo para que pueda reponerse y continuar. Pasaron unos minutos que parecieron siglos dentro de esa habitación triste y vacía. -Todo el dolor de mis puños lo tengo incrustado en el alma y siento que me va comiendo la vida de a poco, dijo con una eficacia y un sentido increíble Simón, con una exactitud digna de un caballero, consciente absolutamente de sus actos asquerosos y de sus hechos aberrantes y repugnantes. -¿Nunca pensaste que todo eso ella lo había preparado para vos, para recibirte de una manera distinta y, sabiendo que ibas a llegar cansado, quiso darle a tu llegada un giro diferente ?. ¿Nunca se te ocurrió? -Yo tengo un gran problema, Gordita. Siempre me doy cuenta de las cosas cuando ya pasaron y cuando todo lo he estropeado. No sé hablar; no sé pensar; no sé decir ni sé qué decir. Me dejo atropellar por mis propios pensamientos y actúo en consecuencia. Llamaba la atención la capacidad de auto análisis que Simón poseía. Esmeralda lo había comentado hacía un tiempo con sus supervisores, médicos y sicólogos de la institución y ellos habían notado lo mismo. El continúo: -No recuerdo más nada. Sólo tengo ese episodio en mi mente. Luego me fui y me emborraché con mis amigos y volví a mi hogar cuando veía asomarse el sol. Después, años más tarde, Vilma me confesó que Irene y Rencito habían sido espectadores de lujo de toda esta abominación pero mi locura y mi ceguera no me dejaron ver.
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