-Entré, como siempre, sin preguntar y sin pedir permiso. Vilma estaba segura de que, por la tempestad, yo me iría a la casa de Salvador que se encontraba a unas seis o siete cuadras de donde yo estaba trabajando. Generalmente hacía eso hasta cuando el cielo recién comenzaba a nublarse. Si bien mi camioneta era vieja, no tenía intenciones de despedazarla con una lluvia semejante. Pero ese día tomé otra resolución y preferí irme a casa a descansar. Y ahí estaba Vilma, terminando de guardar la última muda de ropa en una maleta negra y añeja que teníamos y rodeada de unas cuantas cajas ya embaladas, presta para terminar definitivamente con esta vida de miserias. Se quedó atónita frente a mi llegada. No tuvo reacción alguna. Debo confesar que yo tampoco. A pesar de las diferencias, de los contr

