-Sigo sin entender, mi amigo, dije sin perder la compostura.
-¿Qué sucede, hijo? ¿Quién es el señor? ¿Qué desea? Mamá comenzaba a preocuparse y no quería que se envolviera en un asunto que yo podía manejar tranquilamente.
-Todo está en orden, mamá. El caballero me deja una nota y se retira. Mamá hizo el gesto clásico de estar de acuerdo y se inclinó a levantar la pava del fuego para seguir con sus mates.
- Ese es un asunto que usted mismo deberá charlar con el magistrado señor. Yo sólo me limito a traer esta notificación y a que usted me la reciba.
Lejos de creerle me mantuve inmóvil esperando algo de su parte que me convenciera.
-Lo único que puedo decirle es que se trata de un caso de tráfico de plumas de perdices que usted y otros sinvergüenzas más ocasionaban en la década del setenta y que se las vendían a una pobre anciana… El corazón me explotó inmediatamente al darme cuenta que Flequillo era el que estaba parado en la entrada de casa jugándome una de sus tantas bromas pesadas. Él se dio cuenta de mi sospecha y comenzó a carcajearse como sólo Fle sabía hacerlo. Corrí esos metros como loco mientras él quitaba la tranca de la entrada y nos fundimos en un abrazo eterno. Yo lloraba como un condenado y las palabras se me atragantaban y se tornaban lastimeras. Él intentaba contener este mar de sensaciones que nos embriagaba a los dos pero que a mí me desarmaba por completo.
Mamá estaba parada a media distancia tomándose con sus dos manos el pecho, con una mezcla de llanto y sonrisa y su boca tan abierta de alegría que un caballo podría haberse metido en ella y la vieja no se hubiera dado cuenta. Nos abrazamos los tres y lloramos un buen rato. Luego nos fuimos a seguir con los mates de mamá bajo la higuera en una siesta espectacular como una especie de previa para el gran festejo de la noche, para esperar los brazos del nuevo siglo.
Mamá, después de un rato largo, pidió disculpas y se fue a descansar porque debía enfrentarse horas más tarde a todos los preparativos y a la atención de su hermana, mi tío y mis primos que en breve estarían llegando a casa. En todo ese tiempo nos pusimos al día con Fle. Nos contó toda su historia y los motivos por los que tuvieron que alejarse del pueblo, los desastres por los que tuvieron que atravesar hasta ubicarse y direccionar su vida en el lugar donde vivían, los trabajos que tuvo a lo largo de todos estos años, las idas y vueltas, las situaciones con las que tuvieron que lidiar, los hambres y las condiciones que debieron superar. Muchas cosas, pobre Fle, pero acá estaba entre nosotros vivito y coleando, con la misma impronta de siempre y ese carisma natural que lo hacía diferenciarse del resto, humilde y sencillo como una paloma blanca, amigo incondicional, un hermano de la vida.
En el medio de todas estas historias de vida yo notaba aquella mirada que Fle nunca supo disimular y que jamás podrá. Ya era parte de su genética. Yo sabía que él iba a hallar un camino para desenfundar su boca, pero antes yo iba a disparar primero.
-¿No lo podés creer, no?, le pregunté en seco para derribar las suspicacias definitivamente.
-¿Por qué, Manu? ¿Qué sucedió, hermano?, me preguntó con un gesto que tenía guardado detrás de su sonrisa desde el momento mismo en que puso un pie en casa.
Fle era el hermano que nunca tuve, junto al Sapito. No podía esconder con él mi secreto. No me lo perdonaría jamás.
-¿Te acordás cuando cumplí once años? ¿Recordás que esa tarde cazamos las últimas perdices para Doña Pura y las escondimos en la heladera vieja que mi papá tenía en el fondo?
-Sí, seguro, como no lo voy a recordar. Y me acuerdo también que mientras comíamos torta escuchábamos a Jethro.
-Exacto, dije asertivamente.
-¿Y eso que tiene que ver?, preguntó descolocado.
-A la noche tuvimos la fiesta familiar. Siempre me quedó esa sensación amarga de que si te hubieras quedado a dormir hoy mi vida sería otra.
-Manu, no me digas eso por favor, ¿Qué pasó? ¿De qué me estás hablando?
-Perdón, amigo, no lo tomes como una recriminación. Es el comentario que siempre me hago hasta en mi soledad, hasta cuando camino solo como un perro por la plaza central, mientras los vecinos me observan desde las penumbras de sus ventanas como si fuera un trozo de mierda amenazante.
Fle me observó calladamente y conteniendo una saliva enorme prefirió bajar la cabeza. Luego de un silencio continué.
¿Te acordás de mi primo Facundo?
-Mmmm, no mucho, me parece que sí, pero no lo recuerdo bien, contestó mientras se esforzaba en descifrarlo.
-Esa noche él me violó, Fle.
Flequillo – Eduardo Goncalves como se llamaba realmente – quedó inerte frente a mi confesión. Yo lo observé sólo un segundo y desvié mi mirada hacia los dedos de mis manos y allí me quedé aguardando el hacha caer sobre mi humanidad.
-¿Qué me estás diciendo, Manuel?, preguntó con un tono diferente. Era la primera vez en todos estos años que Fle me decía el nombre completo. Prosiguió.
-Manu, por favor, ¿qué te hizo este hijo de mil putas? Repetilo te lo ruego.
-Lo que escuchaste, Fle, lo que escuchaste, respondí sin quitarle la mirada a las puntas de mis dedos.
-¡Dios mío! ¡No lo puedo creer! esputaba hacia el aire ya parado y no encontrando un lugar en donde clavar sus puños. Volvió a sentarse. -¿Cómo fue? ¿Qué hiciste?
-Nada de eso tiene importancia, amigo. Sólo sucedió. No vale la pena entrar en detalles. Me destrozó la vida y listo. Y acá me tenés sumido en esta obesidad casi mórbida con un sinfín de problemas físicos, coronarios y sicológicos que me cuesta enfrentar y atravesar y que no me dejan vivir en paz y que me están derrumbando día tras día.
-¿Y Marga no hizo nada al respecto?
-Mamá no sabe. Nunca supo. Y pobre, se irá de este mundo sin saberlo.
Fle buscaba en el aire fresco que proporcionaba la gran sombra de la higuera una respuesta acorde, algo que le detenga por un instante al menos, esta sensación de knock out que mi relato le había imprimido.
-¿Cómo enfrentaste todos estos años?, preguntó Fle apoyando su mano sobre mi hombro.
-Dentro de todos los miedos y las vergüenzas, dentro de todas las confusiones y las burlas, creo Fle que he podido enfrentarme a este monstruo que vive dentro de mí. Al principio sufrí toda clase de horrores. Pero conforme fue pasando el tiempo me fui acostumbrando – como todas las cosas – a esta prisión y a las miradas descalificadoras y burlistas del pueblo. Los pocos amigos – si así se pueden denominar – que tuve fueron desapareciendo. Ellos sólo estuvieron a mi lado cuando sus vidas se encontraban vacías pero hoy cada uno de ellos tomó su rumbo o se dedicaron a algo más productivo que ser amigo de un enfermo como yo. -No te castigues Manu, dijo Fle dándome un poco de fuerza.