LA NOTIFICACIÓN

1238 Palabras
Lloraba. Y no hallaba un poco de redención. Por un instante me sentí cobarde por el solo hecho de no haber encontrado otra salida y por haber elegido ésta, la de la deformidad. Odiaba a Manuel. Deseaba que se apareciera fantasmagóricamente como lo hizo aquella tarde en la plaza central, para desfigurarlo a puñetazos por haberme aconsejado ser un monstruo colosal como lo era él, que me hacía volar por mi mente retorcida y me hacía pensar en que no quiso ser el único en este mundo cargando un andamiaje de carne y perturbación, y me lo trasladó a mí para no sentirse tan solo en este planeta. Pero por otra parte me retumbaban en la mente sus palabras cuando me aseguraba de que este ser siniestro y malévolo iba a seguir apuntando sus cañones hacia un solo objetivo: Yo. Los pájaros parecían entenderlo todo y me proporcionaban su trino dulce para que mi corazón lentamente volviera a su ritmo acompasado y dejara de penar por la vida que me dispensó este enfermo desquiciado. El llanto se convirtió en lágrima y ésta en un sollozo que lentamente me sumió en un sueño profundo, con mis brazos abiertos y estirados en el respaldar del banco de piedra. La imagen de Magali apareció como un canto dorado. La veía sentada a mi izquierda con su fulgor a flor de piel, bella y única, mirándome con esos ojos que atesoraban galones de amor puro y cristalino, con esos labios demarcados que guardaban para mí los besos más tiernos y ese vuelo angelical con perfume a rosas blancas que emanaba de su humanidad claramente inconfundible, tomándome las manos con las suyas y haciéndome saber que la vida sí tenía sentido, y dándome esperanzas para levantarme y correr hacia una realidad más segura.  Abrí mis ojos. Ella ya no estaba ahí. Apoyado en mi mano izquierda un ruiseñor caminaba cuidadoso por mis dedos y, de vez en cuando, picoteaba alguna hormiga que pasaba por la piedra del banco. Dejé que él decidiera cuando emprender el vuelo y estuve seguro de que lo haría cuando sintiera que yo ya estaba listo para el mío.         Aquellos tiempos en donde uno de mis objetivos primordiales era ser un gran licenciado en administración de empresas, quedaron enterrados en el olvido y, de algún modo, al igual que Sapito, tuve que arremangarme y trabajar de lo que sea para no dejar que la economía de casa se fuera  a pique junto con la angustia y la depresión de mamá por seguir sosteniéndonos con los ingresos de sus trabajitos, sumado a la procesión lenta y desalmada de su tristeza, que de a poco la iba arrebatando de esta vida. Ya hacía un tiempo largo que finalmente Antares se había disipado. Los malos manejos de sus empresarios sumado definitivamente a que se hallaba anclado en un lugar inhóspito y de poca accesibilidad para los negocios con otras empresas, conspiraron para que se derrumbara y desapareciera como llevado por un huracán de la faz de la tierra. Por otra parte mamá hacía denodados esfuerzos por seguir de pie y adelante, creída de que yo no me percataba de su abatimiento día tras día y pensando que hasta el último suspiro de su existencia debía dejar hasta su sangre para que a mí nada me faltara. Me seguía viendo como a un niño de once años, frágil e indefenso. Solíamos tener charlas extensas bajo la higuera del patio de casa, mate mediante, pero su terquedad era su columna vertebral, el alimento de su vida. No entraba en razones y moría con sus pensamientos antiguos, que ella era el sostén luego de la muerte de papá y así sería por los siglos de los siglos. Vieja mañosa.  El viernes 31 de diciembre de 1999 nos habíamos sentado con mamá a matear bajo la higuera como era nuestra costumbre desde que yo tenía uso de razón. La idea era estirar las piernas un buen rato acompañado por esos mates deliciosos que sólo mamá preparaba, con peperina y burrito, después de haber limpiado la casa desde la mañana temprano para esperar a la tía Roberta y al tío Miguel que venían desde Las Praderas junto con Daniela y Miguelito, dos de los primos que más he querido en mi vida, para recibir al año 2000, al nuevo siglo. Roberta era la hermana mayor de mamá y Miguel era un campechano grandote con escasos pelos y unos bigotes regordetes que no dejaban ver los movimientos de sus labios. Era mi padrino y un ser humano exquisito, dueño de unos campos de unas hectáreas interminables, podridos en dinero pero de buen corazón. Daniela era administradora de empresas y era la que llevaba adelante los destinos financieros de su padre, y Miguelito era un chanta con un carisma único, mujeriego y vividor de sus padres, pero con un corazón envidiable que desentonaba con su pachorra. Ellos, tiempo atrás, iban a recibirme en su casa para que, con la ayuda de mi prima, comenzara los primeros pasos en mi carrera, que luego se truncó y que ella exitosamente prosiguió hasta convertirse en una gran profesional. Todo el pueblo estaba enfervorizado por este festejo tan particular, un nuevo siglo que venía cargado de nuevas esperanzas y de vida renovadora. Otros auguraban muertes y epidemias y hasta se dijo que Don Cristóbal, un viejo solitario que vivía en los confines del pueblo, orate y perdido, iba a colgarse del palo mayor que estaba en la plaza central después de haber escuchado una voz muy clara que retumbó en su cabeza y que le ordenaba la ejecución antes de enfrentar los avatares del nuevo año. Obviamente que nada de eso sucedió, nadie mató a nadie, ni nadie se quitó la vida, ni hubo epidemias ni caballos alados. Era una tarde muy apacible y el ruido de unas manos llamando a la distancia nos distrajo a mamá y a mí. Desde nuestra posición, bajo la higuera, podíamos ver la entrada a unos treinta o treinta y cinco metros y en ella un hombre con una boina o algo parecido y de lentes negros levantando su brazo derecho en clara señal de saludo, muy efusivo por cierto. -¿Quién será?, preguntó mi madre arrugando sus ojos intentando dar luz a sus presagios. Me levanté de la silla y con cautela pero distante de algún miedo me dirigí hacia la entrada. -Fijate bien, nene, tené cuidado por favor, suplicó mi madre casi en un murmullo. -Tranquila, vieja, tranquila, dije con autoridad para que no se desaliente. A unos veinte metros me detuve y con voz alta pregunté: -“¿A quién busca, mi amigo?”   - Al señor Manuel Consorte, respondió con voz firme. Y prosiguió. -   “¿Se encontrará él?”, preguntó decidido. -   “Con él está hablando, señor”, respondí seguro de mis palabras. -Un gusto, caballero, dijo con tranquilidad  -Trabajo para el juez del pueblo y vengo a traerle una notificación.  -No entiendo caballero, dije cruzando mis brazos y con vehemencia. ¿Qué clase de notificación?, pregunté con duda y  giré para ver a mi madre que más atrás buscaba una respuesta a esta conversación que para ella, por la distancia, resultaba muda. -Es una notificación por la cual deberá presentarse en el término de cuarenta y ocho horas ante el juzgado debido a hechos que acaecieron tiempo atrás y en el cual usted está involucrado.
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