LA CONFESIÓN DE FACUNDO

1239 Palabras
Yo permanecía parado frente a la muerte de mi tía e intentaba hacer oídos sordos al concierto de estupideces que murmuraban en un tono elevado dejando de lado lo que hasta hacía unos instantes parecía ser un canto a la memoria de la pobre Coca. Encuadrado en una serie de pedidos de permiso de muy alta gama fue abriéndose paso hacia el féretro donde descansaba su madre, sabiendo con mucha antelación, que al lado de ella estaba yo parado. Todos miraban su arrimar como si estuvieran ante la presencia de un Dios apostado en este mundo, salvador y esperanzador. Se paró del otro lado del cajón y, para vista de todos los presentes, tomó las manos de ella entre las suyas y un mundo extraño de lágrimas lo asaltó y lo quebró sobremanera. No pude dejar de conmoverme ante tamaña expresión de dolor real, sincero y turbador. Pude observar en el temblor de su boca, en la desfiguración de su rostro y en su comportamiento compungido, que un verdadero mar de dolores lo recorría sin piedad, atormentándolo de pie junto a la muerte irreversible de su madre. Algunos parientes se acercaron para consolarlo y el resto lo sufría desde sus lugares con las tazas de café humeando en el silencio. De a poco fueron retirándose. Él balbuceaba palabras que no alcanzaba a descifrar sin quitarle la mirada de aquellos ojos escondidos detrás de esos párpados azulinos y arrugados. Se detuvo en lo que parecía ser una oración o mil pedidos de perdón. -¿Sabés algo?, preguntó al aire. Yo me mantuve en silencio como si no lo hubiera oído. -Te hice una pregunta, subrayó. -¿Me estás hablando a mí?, pregunté sin mirarlo.  -Mi madre está muerta y es medio difícil que responda, por lo tanto el único que puede hacerlo sos vos, dijo socarronamente, bajo un tono cargado de un aliento gris y caliente, llevándome en un abrir y cerrar de ojos a aquella habitación en esa noche cálida de enero y haciendo crujir mis piernas.  -¿Qué debo saber?, pregunté en seco. -Estás hermoso hoy, respondió susurrante. Un sudor helado me brotó como una epidemia por todo el cuerpo. Sentía que miles de miradas estaban puestas en esta escena abrumadora. Sentía las respiraciones hirvientes cada vez más cerca de la nuca y no podía controlar el temblequeo feroz de mi cuerpo ante las palabras de este desquiciado que hacía unos instantes le había vendido a todos los idiotas un Facundo destrozado, un ser lastimado ciertamente bajo lágrimas de cocodrilo y un seño desgarrador. Mis manos no podían quedarse entrelazadas porque la transpiración las abarrotaba y las hacía separar ante el esfuerzo descomunal y disimulado que yo le imprimía.  -¿Qué sucede?, preguntó mirándome con el rabillo del ojo y envuelto en un perfume demoníaco. Luego de un silencio prosiguió: -"Si pudieras ver como se está engrosando mi pene y como la sangre caliente me hace sentir que en cualquier momento va a estallar de placer al verte, no estarías sudando como un maldito condenado y estarías disfrutando conmigo este momento con mi madre muerta de por medio". Buscaba un disimulo acorde, un camino seguro para levantar mis ojos, otear el ambiente y ver qué sucedía a mi alrededor, y rogaba a Dios, mientras tanto, que todos permanecieran en sus dolores genuinos o falsos, ya no me importaba. Sólo pedía que no seamos el centro de atención y que nadie se percatara de los secretos inmundos que este desquiciado me estaba vomitando como una serpiente, con su madre muerta mientras le tomaba las manos heladas. Mi voluptuosa humanidad se sostenía vaya a saber porque burla de la gravedad, pero podía presentir el desbarranco galopando con vehemencia, desbocado y descontrolado buscando la caída irremediable de mi cuerpo. De pronto apoyó con una suavidad envidiable las manos de mi tía sobre su pecho, de donde pendía una cruz añeja y ajada, puesta sobre su cuerpo como quien cuelga de repente un cuadro que estuvo abandonado años enteros en los confines de un placar mugriento. Con lentitud fue separando sus manos de las de mi tía y fue retirándose hacia atrás como si se tratara de un ensayo artístico. Yo continué con mi mirada perdida en las arrugas escondidas de la frente de Coca y sosteniendo mi armazón desvencijado bajo un esfuerzo colosal. Con la misma impronta que ingresó así se fue, coreado por propios y extraños, mientras todas las palabras de amor que tenía guardada en lo más profundo de sus ser durante años y años, hoy pudieron escapar de su boca y así hacerles saber a todos que Facundito los amaba incondicionalmente. El asco me superaba y me engullía. Un infierno de lágrimas revoloteaba mi cabeza pero no podía desarmarme definitivamente en ese lugar porque pasaría a ser parte de la comida diaria de todos mis parientes y de gran parte del pueblo. Una minúscula porción de sensatez y de control era lo que aún me mantenía vivo y de pie, y con ese halo me fui despidiendo yo también. Pienso que nadie notó nada. Pude – de alguna manera – hacer un paneo de la situación y con lo poco que me quedaba, decretarlo. Salí de la casa de mi tía caminando como un dolorido más luego de los saludos de rigor, buscando con desesperación atragantada un lugar para sentarme a respirar un poco de aire puro. El bosque de los ciervos era mi lugar en este mundo. Se llamaba así porque hubo una época, en la década de los cuarenta, que los vecinos del pueblo oían unos berreos clásicos de ciervos jóvenes y hasta corrió la noticia de que unos parroquianos vieron una pareja de ellos desparecer velozmente ante su descubrimiento, pero jamás alguien pudo probar su existencia en un lugar donde claramente no podrían sobrevivir ni un día. Mamá supo contar en una cena cuando yo era muy niño que ella junto a dos o tres amigas los oyeron en la lejanía pero no pudieron verlos, y que una de sus amigas, producto de una pesadilla o de la misma realidad, alcanzó a divisar sus ojos negros y enormes que la observaban desde su ventana, pero que rápidamente, descubierto por ésta, huyó veloz y se perdió en la oscuridad de la noche. En fin, relatos, fantasías o lo que fuere, el bosque de los ciervos era mi cable a tierra. Me senté en un gran banco de piedra (amaba los bancos de piedra) y lloré como un niño durante horas y sólo el canto arrullador de los pájaros y el soplo aliviador de una fresca ventisca me trajeron un poco de sosiego. Me miraba de arriba abajo y me tocaba las carnes flácidas de las piernas y de los brazos y observaba la prominencia de mi vientre y mis manos con sus dedos perdidos en un envoltorio de adiposidad que sólo dejaba al descubierto las uñas y los padrastros y me recriminaba por haberme abandonado de esta manera y por haber elegido este camino desquiciado de ponerme gordo como un elefante para que este hijo de puta no se fijara más en mí y para que al verme sintiera asco y repulsión por un ser hediondo y asqueroso y así, huir a buscar su mugroso placer en otro lado y no molestarme más y dejarme vivir lo que me restaba en paz, solo, con mi gordura extrema metida como un martirio…
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