Fueron pasando los días, cada día hacíamos tareas distintas. Mi padre se las arreglaba para mantenerme ocupada todo el tiempo, por las noches caía rendida, y no tenía cabeza para nada más, hasta que notaba aquella presencia. Definitivamente convertirme en Reina se había vuelto algo agotador. Esteban siempre trataba de estar a mi lado. Pasaron varias semanas antes que lograran estabilizar el reino, las comarcas, las razones legales, las divisiones de territorio, el pueblo, los campos, la economía y la religión. Todo poco a poco, regresaba a la normalidad y en toda esa conversión había aprendido mucho, había estado tan al tanto de todos los cambios, que en cuanto mi padre me habló de la boda sentí que me había caído una roca muy pesada y un balde de agua fría de repente sobre la cabeza.

