—¡Hija, buenos días! Abrí los ojos y vi a Sarbelia muy contenta con mi desayuno. Todavía podía recordar lo que había soñado y perfectamente. Había visto a un Ejército incontable, con hermosas armaduras doradas como el sol, comandados por un hombre que llevaba la misma indumentaria, encubierto completamente, sólo asomaba sus ojos azules. Llevaba una insignia sobre el pecho. El Ejército no tenía igual en su avance. Varios de sus adversarios a duras penas podían pelear con uno de aquellos dorados soldados y éstos eran muchísimos. Pude ver que estaban ganando batalla tras batalla, luego de que arribaran. Seguía sumida y asombrada. —Lo siento, tuve un sueño muy raro, olvídalo —Sonreí ampliamente —Se ve delicioso, muchas gracias. Ah, y por cierto buenos días Sarbelia, ¡Qué mal educada soy!

