Me sumergí en un abismo de tristeza y desesperación. Cada día era una lucha para levantarme de la cama, enfrentarme al mundo exterior y fingir que estaba bien. Las actividades que solían traerme alegría ya no me interesaban, me sentía vacía por dentro. Las noches eran interminables llenas de pensamientos oscuros y sin esperanza. La depresión se había convertido en mi compañera constante, envolviéndome en su abrazo frío y oscuro. Pero tenía que cumplir mis promesas, no podía fallarle. Aunque el dolor me pesaba como si el mundo me aplastara, me obligué a levantarme y a estar allí para la señora Raquel. Juntas comenzamos a apoyarnos mutuamente, encontrando consuelo en nuestra compañía. Viendo su dolor, le propuse que se mudara conmigo; sentí que era lo correcto, que juntas podríamos sobrelle

