Santiago nos miró desde el otro extremo de la sala de estar. No entendía qué hacía aquí, suponía que mis padres le habían llamado para saber de mi paradero. Su rostro se tornaba neutro sin emoción alguna, no daba señales de qué pudiera estar sintiendo o pasando por su cabeza, al verme en este preciso instante. Sin poder evitarlo, regresaron las imágenes a mi mente, de Liam y yo fuera del restaurante. De nuestras bocas unidas en un constante juego de fuego y picardía. Sé que parecía una locura de creer, pero me sentía tan culpable y a la vez tan poco arrepentida de lo sucedido. En este momento, era una montaña rusa de emociones, una carga de conflicto en mi interior. Desconocía qué había resultado peor, si haber engañado a Santiago y tener alto grado de remordimiento por ello, o el hech

