No le comenté a Jess sobre el compromiso, no me apetecía escuchar el sermón y la clase de psicología que vendría con ello. En su lugar, decidí darle tiempo al tiempo.
Sabía que no me casaría en cuestión de días, iba a llevar muchos meses la locura en la que nos estábamos embargando.
Parecía difícil de creer...
¿Yo? ¿Comprometida? ¿Y a la edad de solo 17 años? Y es que si días antes, me fueran dicho que esto pasaría, jamás lo fuera creído, hasta me fuera burlado de a quien se le fuera ocurrido tal idea.
Pero simplemente, cuando su mano me mostró aquel anillo, nacieron en mi cosas que nunca pensé que existirían. Era demasiado para mí, y aun así él lo hizo, él se arriesgó.
No veía forma de negarle aquello. Le amaba, aunque siempre me engañase a mí misma, aunque lo ocultara...
Con todo lo que había pasado, a través de los años, me había encargado de esconder cada uno de mis sentimientos.
No quería volver a lastimarme, no quería romperme más. Ya se me hacía suficiente la ansiedad y los ataques de pánico, las pesadillas...
El tiempo se nos había pasado volando, y ya teníamos más de dos años. Me ponía tan jodidamente nerviosa, el simple hecho de pensar, en la reacción de mis padres.
-¡Smith!— Una voz hacía eco en mis pensamientos, segundos luego, de sentir una punzada en mi piel.
Alguien me había pellizcado. Miré a mi atacante, y era él, "Ojitos" otra vez haciendo de las suyas.
—¿Qué mierdas...?
—¡Señorita Smith! —Fui interrumpida. La profesora que daba literatura, me miraba como si pudiera estrangularme. — ¿Quiere por favor decirme, qué significan esas palabras?
—Se le suele llamar de esa forma al excremento pero...
Todos rieron.
—Muy chistosa. Lástima que no hay tarima para andar de comediante...Está castigada.
— ¿Quiere decirme por qué?— Y al decirlo, todos volvieron a reírse. ¿Qué les pasaba?
—Señorita Smith es mejor que guarde silencio, si es que no desea que baje su rendimiento también.
Mis ojos se abrieron como platos. —¡Qué mujer!
Aunque eso sí lo pensé, bastante problemático ya era, que me había comprometido.
***
Un reloj grande se ubicaba en la inmensa pared, que me separaba de mi libertad.
Su sonido débil, pero a la vez desenfrenado, retumbaba en mis oídos, atormentándome.
Estaba sola, en el salón que pretendía llenar a alumnos groseros y que no se comportaban de la manera a la que estaban acostumbrados los amargados de los profesores.
No podía verle el sentido lógico a todo eso, ridículo era poco para describirlo.
No había hecho algo tan malo, sólo contestar a las preguntas de la docente.
Que no habían sonado de la mejor manera, era otra cosa. Pero esa era, mi manera particular de ser.
Honestidad le llamaba, tal vez solía ser un poco cruel a veces, con la excesiva utilización de ella, cosa que me había traído más de un problema, pues mi yo interno aún no sabía lo que era mantener la boca cerrada.
Los recuerdos de la pesadilla, vinieron detrás de ese pensamiento. Una pesadilla que era una alarma a todo lo que había hecho años antes.Una pesadilla que continuaba hirviendo en mi mente día a día.
Ansiaba el día en que mi mente dejara de recordarlo y si es que pedía mucho al decirlo, al menos que no deambulara tanto como lo hacía. Como un estúpido disco, uno que no paraba de repetirse, uno que no se cansaba...
Todos se habían enterado de aquel suceso, pues todos formaban parte de aquello. Donde asistió por supuesto, mitad del instituto, donde pasase lo que pasase, iba a ser recordado de por vida.
Algo caliente se posó en mi hombro, sacándome de mi trance. Segundos luego, miré quien lo provocaba.
Su cuerpo estaba más cerca de lo que lo había estado nunca, y su mano aún, no se despegaba de mi hombro al detallarle. Era el idiota de ojos azules.
—¿Soñando despierta?
Su pregunta hizo que mis ojos se entrecerraran. — ¿Qué le importa? — Sin embargo eso no fue lo que salió de mi boca.
— ¿Qué haces aquí?
—No es como si la escuela te perteneciera o algo...
—Sabes lo que trato de decir.
—No entiendo nada que salga de boca de animales.
Sus ojos me miraban divertidos, mientras yo resoplaba con disgusto. Si no respiraba ahora, lo mataría, de eso no cabía dudas.
—¿Qué? ¿No dirás nada más? — Su voz, insistía. Tal vez lo haría en cuestión de minutos.
Tomé el bolígrafo y lo introducí en la enredadera de mi libreta.
—¿Qué esperas que te diga?
Le miré expectante a lo que tenía para decir.
—No lo sé, tal vez...
— Sal de aquí. — Le dije intentando, no perder la paciencia.
—Hizo una especie de puchero. — ¿No preguntaras qué animal?
—El problema aquí es que yo tampoco te entiendo, seré un animal pero no hablo con mierdas.
El rió, mientras que yo organizaba los libros que llevaría a casa.
—La mierda más hermosa, que hayas conocido.
—¡Eso quisieras tú! —Dije y sin quererlo, se me escapó una risita. Se suponía que estaba molesta con él.
—Y por cierto deja de decir la palabrita, que te vas a quedar viviendo aquí.
Yo me encogí de hombros, tratando de hacerme la indiferente.
—¿Por qué no te has ido? —Soltó nuevamente una de sus preguntas.
—¿Te importa?— Me molestaba que intentara que creyera que se preocupaba.
—Decía para llevarte...—Continuó.
—No sabía que podías ser buena persona...
— Ja. Ni pienses que te llevaré luego de responderme de esa forma.
—¿Sufres de bipolaridad?
—Soy intolerante a chicas estúpidas...
— ¿Como tú?
Tal vez fue idea mía. Pero su mandíbula crujió, en molestia.
Yo le miré gustosa.
—Te partería ahora mismo para demostrar lo contrario. — Soltó levantado mi barbilla. — Pero ni un poquito de ganas te tengo linda.
Posteriormente, los libros que tenía al frente de mí, se estrellaron contra el suelo. Los había tumbado al irse, como si sus palabras no bastaban para molestarme, como si la simplicidad de su presencia, no me fastidiase...
***
Al cerrar la puerta, mi madre estaba esperándome. Con cara de querer matarme por supuesto.
—Victoria...
—Mamá antes de que empieces, no he hecho nada.
Su ceja se levantó en respuesta.
—Lo siento. —Dejé los libros en la mesa. Tratando de arreglar, la forma en que había dicho las cosas.— Estoy un poco estresada.
Ella asintió, sus ojos verdes mirándome comprensivos.
— ¿Está todo bien? —Soltó tras carraspear.
—Sí, ehh...Me castigaron por distraída.
Mi padre salió de la cocina con rostro divertido.
—Mi niña, eso siempre lo has sido.
Mi madre le miró fijamente en desaprobación y los labios de mi padre sonrieron. Mi rostro no pudo evitar devolvérsela.
—Aunque tu padre no pueda conseguir la seriedad que se requiere. —Le miró y luego a mí. — Sí eres muy distraída, lo heredaste de mí.
Yo asentí. —El punto es, que no estaba prestando mucha atención y pues, contesté podría decirse, no de forma muy educada para ella.
—Era la de literatura, ¿Verdad?
Volví a mover la cabeza en afirmación.
—Me cae horrible, esa. —Soltó mi padre, y yo volví a reír.
—De eso no se trata, Leonardo. —Reclamó mi madre.
—Cierto, cierto...—Se acercó a mi madre y le besó la mejilla. — Quédate tranquila amor, ella no lo volverá a hacer ¿Verdad? —Mi padre me miró en busca de apoyo.
—Sí, es una tontería, no volverá a pasar.
—Eso espero Victoria, ya sabes que es muy difícil quedar en dónde estás, tienes que ser respetuosa.
—Lo sé.— Y al decirlo, finalmente sus labios me brindaron una sonrisa.
Respiré aliviada, ya podía estar tranquila.
—Ponte algo lindo. —Soltó mi padre, cuando ya me dirigía a las escaleras, que daban a mi habitación.
Frené en respuesta.
—Vendrán los Green. — Le siguió mi madre. Intentando que comprendiera.
—¿Para? —Pasé saliva.
—A tu madre le pareció buena idea invitarlos a cenar, creo que estará bien, su familia está pasando por una crisis bastante difícil.
Le escuché, sin poder asimilarlo.
Santiago vendría.
—¿Ellos no que estaban afuera?— Pregunté haciéndome la tonta. Tampoco podía ser tan obvia.
—Llegaron ayer, ya vete a arreglar y deja de hacer tantas preguntas. —Mi padre soltó divertido.
No podía creerlo, finalmente, conocería a su familia.
Porque de que sabía quiénes eran, sabía, pero nunca había conversado con ellos, o compartido.
Parecía algo surreal el hecho de no conocerlos, y ya estar comprometida con su hijo. Era una locura, una locura de la cual me encantaba ser participe.
Masoquista me llamaban.
Sólo asentí y empecé a subir las escaleras con cuidado, los nervios a veces podían hacer de las suyas.