Cap. 16

1591 Palabras
A pesar de las quejas de Jeanine Matthews, a Valentine se le permitió finalmente el derecho de descansar, también se le concedió el privilegio de tomar una ducha. Sería sincera: jamás en su vida tomó una ducha tan larga como esa, tampoco apreció una tanto como en ese momento. El agua salía fría, pero poco le importaba; todo su cuerpo temblaba, no solo por el agua sino que también porque en aquellos baños el aire acondicionado era más frío aún. No le importaba sentir algo de frío. Eso era nada, en comparación de cómo se sentía física y anímicamente. Fue cuidadosa con cada uno de sus movimientos, pues su cuerpo parecía estar acalambrado ya que cada movimiento o incluso el más mínimo esfuerzo era casi un nuevo reto para ella. Su cuerpo gritaba por un buen descanso; lo necesitaba. Fue cuidadosa al quitar la sangre que salía de sus oídos, de su boca y de su nariz. Fue cuidadosa en no desperdiciar el poco jabón que le habían dado. Esa podría ser su última ducha, y quería que -al momento de morir- por lo menos estuviera limpia.  Al salir de la ducha, secó su cuerpo con una toalla tan pequeña que parecía de manos, y se vistió con la misma ropa de antes, sin olvidar ponerse la chaqueta de Cuatro sobre su ropa -para sentir que estaba cerca de él, para que la calidez de la prenda trajera bienestar a su pecho. Porque no quería olvidar su olor, le encantaba y era, tal vez, lo único que la mantenía cuerda en ese lugar y lejos de perder el control; tampoco la calidez de sus abrazos, tal vez por eso había decidido tomar la chaqueta del mayor, y no alguna camiseta. No sabía cuánto tiempo llevaba ahí, pero ya lo extrañaba. Le habían dado algo de comer, que si bien, no era el delicioso pastel de Osadía, tampoco era una insípida cena de Abnegación. Comió los alimentos sin ganas, sintiendo que vomitaría si ingería un bocado más. Apenas tocó la comida, dejó la bandeja en una esquina, alejada de ella -y de cualquier otro ser viviente, simplemente porque "esto no se lo comería ni una maldita cucaracha, es un riesgo biológico lo que hay en este plato". Ahora se hallaba recostada en una cama que parecía ser un cajón dentro de la pared. Era como una pequeña cueva. Los murciélagos duermen en cuevas. ¿La cama de Jeanine será igual a esta? Daba vueltas en la cama intentando descansar un poco, sabiendo bien que al día siguiente la tortura continuaría. Sin embargo no pudo dormir en toda la noche. Su mente divagaba, saltaba de pensamiento en pensamiento, de idea en idea, maquinaba planes para escapar a sabiendas que ni siquiera lograría cruzar la puerta antes de que una bala le atravesara la cabeza.  Tal vez sí fue muy estúpido venir y entregarme. Pasó toda la noche pensando en todo. A su vez no había nada en concreto en su cabeza.  Y sabía que ya era de día, tal vez alrededor de las nueve, estimó, pues empezó a ver movimiento fuera de su celda. La pecosa se hallaba envuelta entre las finas cobijas que le habían dado para cubrirse del frío nocturno -por supuesto que había sentido frío toda la noche, aquellas cobijas no abrigarían ni a un cubo de hielo- su cabello estaba amarrado en una coleta de modo que este no le molestaba en la cara -a excepción claro de su fleco que como siempre, seguía reposando en su frente, un poco más largo ya pues este ahora le llegaba a los ojos, incomodándole un poco. —¿Qué quieres?—, escupió sin una pizca de simpatía, con su mirada fija en el concreto que formaba el techo del cajón en el que se hallaba acostada.  —Yo quería hacer lo correcto... —Tus padres estarán tan avergonzados. Por sacrificar a tu única "amiga"... ¿Por qué? ¿por un puesto en una facción atestada de imbéciles? —Bien. ¿Y qué hay de los tuyos? No soy un tonto, recuerdo a Jonathan y lo que le hiciste a su familia. Les quitaste un hijo, un hermano... —Eso no es de tu incumbencia. Está muerto y recordármelo no lo traerá de vuelta, ¿o sí?—, dijo a la defensiva, jugando con las mangas de la chaqueta, que a pesar de estar sucia aún emanaba ese aroma fuerte y dulce, no apestaba a sudor o mugre: olía a Tobias—. Tan avergonzados...—, cantó rodeando los ojos. —Tu madre se debe estar revolcando en su tumba...- —Cállate. —Pero yo te perdono, a pesar de lo que has hecho—, dijo el pelirrojo tomando una fuerte inspiración—, ¿Qué es más cordial que eso? Te perdono. Quiero que sepas que sé que no eres mala. No te veo como alguien malo. —Seguro—, bufó, girando en la cama para darle la espalda—, avísame cuando la vaca ponga huevos, entonces te creeré. —Eres imposible. —Muy linda esta reunión, me encantan, de hecho. Pero debes volver, Valentine—, llegó Peter, acompañado de dos guardias más. Edd salió de la celda sin decir más, y al rato salieron ellos cuatro, ella siendo escoltada -casi cargada por los hombres que la sostenían con fuerza por los brazos, para evitar que cualquier intento por escapar. —Te tengo una sorpresa...—, Peter habló en su oído, su voz sonó alegre, rayando en lo cínico. Miró a su derecha, donde Peter había señalado, hallando en la celda siguiente a la suya a Cuatro adentro. Privado de sus armas, con un pequeño rastro de sangre en su frente -seguramente había peleado con algún guardia; sin embargo, ella no pudo evitar sentirse mal por verlo ahí, encerrado por su culpa. Y esta vez el olor que salía de la chaqueta del moreno no fue suficiente para evitar que perdiera la cordura. Enloqueció nada más vio a Tobias golpear la puerta de cristal, ansioso por salir, deseoso por sostener a la castaña entre sus brazos. —¡Cuatro!—, se empezó a retorcer entre los brazos de los guardias. Luchaba con ellos, pues quería acercarse al muchacho. Volver a sentir su piel, volver a ver sus ojos, volver a respirar su aroma. —¡Valentine!—, gritaba él, golpeando el cristal, en un inútil intento por romperlo. Entonces sintió un piquete en su espalda baja, y una ola de relajación invadió su cuerpo en segundos. Dejó de luchar contra los guardias que la escoltaban. ( . . . ) —Espero que tu amigo te haya explicado la importancia de lo que estamos haciendo aquí—, dijo la rubia tecleando algo, sin mirarla siquiera. —Amigo, no, la corrijo, ex-compañero de facción—, escupió con veneno, cruzada de brazos. Se hallaba parada sobre el círculo de aquella habitación y los cables que colgaban del techo ya estaban enterrados en su piel. La mujer siguió tecleando en las pantallas, sin siquiera ponerle atención. —Libere a Cuatro. —Si tanto te preocupa su bienestar deberías concentrarte en lo que estás haciendo—, levantó finalmente su mirada, en sus ojos se podía sentir la burla y superioridad. Demonios, realmente odiaba a los cerebritos—. Dime, ¿aprecias la ironía?... diste positivo para Erudición entonces tienes la capacidad de entenderlo. —Hablemos de ironía. Bien. Una Erudita que se proclama sabia, pero no fue exactamente inteligente cuando la hice caer en su propia trampa. ¿Ese tipo de ironía? ¿O prefieres hablar tu?—, se burló, alzando una ceja, retando descaradamente a la mujer. —Ironía. Por ejemplo: estas llena de odio, pero debes pasar por Cordialidad—, repuso con una mueca de triunfo. Y la castaña se quedó callada unos segundos, pensando y luego escuchó la risa irónica de Jeanine—. Y aquí hay más ironías... —Ilústrame—, habló con la misma frialdad de antes. —Que toda tu vida hayas intentado escapar de Cordialidad, sin embargo siempre vuelves ahí casi por voluntad propia... —No creo que...- —Y la ironía más grande de todas: tu madre, quien osadamente fue asesinada en Cordialidad, intentando proteger a su adorada divergente. Ahora se haya entregado, recibiendo la muerte como un gran amigo. Acaba de... oh, sí lo hizo. La mencionó. No debió meterla a ella aquí. —Basta. —Y tanto la muerte de tu madre, como la muerte de Cuatro. No van a significar nada. ¡Boom! Se soltó de los cables de un fuerte tirón, corriendo hacia el cristal que las separaba. De un saltó quebró el vidrio en mil pedazos. Saltó sobre Jeanine, atacándola. Y entonces la habitación a su alrededor se empezó a derrumbar también en pedazos, Jeanine se desvaneció en el aire como si se tratara de humo y ahora Valentine sentía que flotaba en la inmensidad de la habitación en destrucción. Entonces, a pesar de estar flotando, el suelo desapareció y la gravedad hizo su trabajo. Y su cuerpo cayó al suelo súbitamente. Sin piedad alguna. Moriría, estaba segura de ello. Moriría y nunca más vería los preciosos ojos azules de Tobias. Moriría y nunca más besaría sus labios. Moriría y jamás volvería a oler su embriagante aroma. Moriría y jamás volvería a abrazarlo, ni a él, ni a Uriah; ni a ninguno de sus amigos. Moriría y ya ni tendría un hogar. -V
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