Cap. 6

1483 Palabras
Abrió la puerta, intentando ser tan silenciosa como le fuera posible. Hallando de frente una escena que hizo que algo en su interior se removiera con furia; Cuatro estaba de pie casi en la esquina de la habitación, abriendo y cerrando los puños constantemente -y ella sabía que era su forma de mantener las emociones a raya, en este caso: la ira. Cerró la puerta a sus espaldas y caminó por la habitación, acercándose a él por detrás, nuevamente en silencio, sin embargo ya sabía que él era consciente de su presencia. Lo abrazó por la espalda, sintiendo su cuerpo tensionarse casi al instante. Él se giró para encarar a la muchacha frente a él, no muy seguro de lo que diría, por lo que se limitó a guardar silencio. Y vio que ella ya no tenía esa mirada. Esa mirada de cordero degollado. Esa mirada de estar sufriendo. Su mirada había vuelto a la normalidad, a la frivolidad que la caracterizaba y la altanería de siempre. Y le agradaba eso. Le encantaba. Lo enloquecía, maldita sea. Prefería ver a su Valentine altanera y arrogante, que verla que verla silenciosa y distante. —Lo siento—, ella lo reconfortó, apoyando su cabeza en el hombro del muchacho. —Debí habértelo dicho...—, la encaró y jamás en su vida fue tan real como en ese momento. Su voz fue suave sin dejar de ser firme y su mirada fue dulce sin dejar de ser seria—. No más secretos, ¿sí? Casi parecía que lo decía más para sí que para ella. Pero era su forma de prometérselo a sí mismo. —Sí—, susurró de regreso, no estando del todo segura de su afirmación. Pero si quería que él confiara en ella tanto como ella en él, sabía que debía hablar. Debía confesar. Debía ser real. ¿No es encantador? Casi pareciera que es invencible, pero nadie lo es y él aparenta serlo... por mí, por él. —Yo... —Dime—, juntó sus frentes, normalizando su respiración. Visiblemente más calmado. Llevando sus manos a la cintura de la menor, dejando de lado el movimiento repetitivo de sus manos.  No puedo... no quiero... —Hay algo que creo que deberías saber...—, susurró a la vez que pasaba sus manos por el cuello del mayor y juntaba aún más sus cuerpos. Necesitaba su toque. Porque necesitaba saber que estaría bien, que todo estaría bien. Agachó su mirada a su ropa, huyendo de los brillantes iris azules que la miraban con intensidad.  La camiseta que había estado usando apenas cubría su busto dejando al descubierto su ombligo y hombros, y sobre esta llevaba puesta una camisa de cuadros rojos y negros que cubría más que la primera. La camisa de cuadros era evidentemente de Cuatro. Y, por supuesto, usaba un pantalón bastante corto, éste con suerte le cubría el trasero. Agradeció internamente, ya que todas sus cicatrices estaban en su espalda. Ocultas de todos. —Hey. Puedes decírmelo—, susurró él al ver cómo ella mordía su labio inferior nerviosa, librando una batalla consigo misma al no estar segura de lo que haría. —Lo sé... —Confía en mí—, su tono de voz fue casi de súplica, y su mirada, parecida a la de un niño pequeño que pide algún dulce. —Yo...—, dudó nuevamente. —No tienes que hacerlo, si no estás segura. No te voy a presionar—, murmuró mirándola a los ojos. Pero la seguridad que él le transmitía con su simple toque, era suficiente para ella. Tomó un inspiración fuerte para llenarse de valor, asintió con la cabeza, y empezó a hablar esta vez un poco más segura de sus palabras: —Mi padre, Adam, él... era como... él era como un Marcus para mí. Y yo... tuve que irme de Cordialidad porque si no lo hacía, él... él habría acabado con mi vida. Sus ojos estaban cristalizados y picaban a causa de las lágrimas que querían salir, sin embargo no se lo permitió. Se había prometido hacía unos meses que jamás volvería a llorar por él, por mucho que le doliera todo el daño que le había causado. —Quiero olvidarlo. Superar ese miedo... ya sabes, como en el pasaje—, soltó una suave risa sin gracia y se separó de Cuatro, cruzando sus brazos sobre su pecho, sintiendo frío de repente—. Pero no puedo hacerlo. Las pesadillas no me dejan descansar y... y las cicatrices son marcas, están hechas, sí, no las puedo borrar por mucho que quiera hacerlo. Pero no quiero hacerlo, están ahí por algo, y son un recordatorio de lo que viví. Y lamento haberme comportado como una idiota contigo en Cordialidad, pero creo que no era consciente de ello. Nunca me quisieron allá, así que era hostil con todos y cuando volví no pude evitar sentirme sola otra vez. Son unos hipócritas hijos de puta. Y me comporté contigo justo como ellos hacían conmigo, pero es que... simplemente no podía sentirme segura sabiendo que dormía bajo el mismo techo que él. No podía... no puedo. Y lo lamento tanto. Terminó de hablar con un sollozo, que ahogó inmediatamente mordiendo el dorso de su mano. Sintió a Cuatro tensarse, y, sí bien ahora estaban unos pasos separados, ella lo sabía. Sabía que él quería ver sus cicatrices, algo en ella se lo decía, así que se quitó la camisa de cuadros y le dio la espalda al muchacho. —Sólo... quería que lo supieras en el caso de que... algo pase. Movió su cabello sobre uno de sus hombros y quitó la pequeña camisa que cubría sus senos. Suerte para ambos que la puerta estaba cerrada. Las lágrimas no escurrieron nunca, pero empañaban su vista; se sentía segura de lo que estaba haciendo, porque se trataba de Tobias, pero en ningún momento dejó de sentirse vulnerable. Escuchó a Cuatro acercarse con cautela. La sensación de deja-vu la invadió, recordó la vez que él le había mostrado su espalda, su tatuaje y con él, su dolor. Él acarició la espalda de la muchacha. Pasando sus dedos por cada cicatriz que yacía en su espalda. Y un escalofrío la recorrió completa. Mantenía sus brazos cruzados sobre su pecho, de modo que cubría sus pezones. La cálida respiración de Cuatro golpeó contra su hombro desnudo y algo en el sistema de la menor se revolucionó. Él rozó sus labios contra la piel de su hombro, pasando a la vez sus brazos por la cintura de la menor. Él la sintió temblar y su corazón se hundió en su pecho; porque la entendía, la comprendía, sabía lo que se sentía. A la perfección. La abrazó por la cintura, juntando sus cuerpos nuevamente. Él reposó su cabeza en el hombro de la muchacha, esta vez, escondiendo su cabeza en el hueco del cuello de la castaña. Y empezó a esparcir besos húmedos por todo su cuello y hombro, subiendo eventualmente hasta el lóbulo de su oreja. Mordisqueando, besando, succionando, lamiendo toda la zona. El latido acelerado de la pecosa debido a sus emociones -a sus recuerdos- eran nada, comparados con el golpeteo acelerado del corazón de Tobias, pues lo podía sentir perfectamente debido a que su espalda estaba contra el pecho del mayor. Y sus latidos acelerados no eran lo único que podía sentir. —Eres increíble—, susurró, girando el cuerpo de la menor. Junto sus cuerpos aún más, obligándola a pasar sus brazos por su cuello. La miró directo a los ojos, con una mezcla de lujuria y deseo, sus labios hinchados y su respiración entrecortada—. Eres valiente. Reposó una de sus manos en el inicio de su cuello y con la otra aplastó sus grandes mejillas, de modo que se veía realmente cómica y tierna, a su parecer. Atacó sus labios con deseo, pasando entonces a su cuello nuevamente. Con sus manos unía sus cuerpos tanto como le fuera posible y sostenía la cabeza de la muchacha de modo que -incluso si quisiera- no podría separarse. Besó todos los lunares que adornaban su cuello, cara y hombros. Había dejado un par de marcas bastante visibles en su cuello de modo que el Abandonado, lo viera y no se volviera a acercar a ella con otras intenciones. Besó la cabeza de la muchacha. Finalizando con un abrazo, un abrazo reparador que uniría todas sus piezas rotas. Justo como aquellos que ella le daba a él cuando lo necesitaba. —Usa esto—, se quitó su camisa de color verde militar y se la tendió a ella. La aceptó y la pasó sobre su cabeza al instante. Deja-vu. Esta vez, a diferencia de las otras, dormirían juntos. Demostrando que se tenían el uno al otro sin importar lo rotos que estuvieran. ¿No es encantador? -V
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