Y saltaron del tren.
—Síganme.
Obedecieron al Abandonado, siguiéndolo de cerca él los guio hasta -lo que parecía ser un hangar abandonado. Adentro vieron a un centenar de personas, varias haciendo diversas cosas. Algunas llevaban grandes cargas, otras trabajaban con metales. Edd se quedó observando todo a su alrededor, fascinado.
Valentine se mantenía cerca de Cuatro, no queriendo perderlo entre la multitud. Pero aún muy confundida.
Pues desde que el Abandonado había mostrado cierto interés en él, ellos dos no habían cruzado ninguna palabra. Bueno, realmente nadie había hablado desde que Cuatro se presentó como Tobias Eaton.
—Cuatro—, lo llamó por quinta vez—. ¿Qué está pasando? ¿Por qué es que sabe tu nombre?
Pero el moreno solo la ignoraba.
Se toparon frente a grandes hombres que estaban formados a modo de barrera. Estos se movieron hacia los lados, creando un camino hasta una mujer que se hallaba parada en la mitad, con una postura autoritaria y una cara totalmente seria -casi prepotente.
—Tobias—, saludó la mujer y la castaña pudo distinguir un tono alegre en su voz.
Se parecen bastante, ella podría ser su madre. Pensó pero la idea le pareció casi absurda al notar la posición rígida de Cuatro y lo poco cómodo que se veía estando cerca de ella. Además, recordó, la madre de Tobias Eaton estaba muerta. Lo sabía porque el día del velorio habían asistido los Estirados y algunos Hippies, entre ellos: ella y sus padres.
—Madre—, saludó de regreso Cuatro muy bajo. Casi como si sus palabras fueran una maldición inquebrantable. Él no sonrió ni mucho menos, ni siquiera miró a la mujer que estaba parada justo en frente. Caminó hacia una puerta ubicada a las espaldas de ella. Ignorando la mirada que las dos castañas le daban.
Oh... tenía razón. Soy lo máximo. Me amo.
—Creí que había muerto—, musitó Edd por lo bajo para no ser escuchado.
Ah, sí, y a ese funeral también había asistido Edd.
—Yo también—, le respondió importándole poco, o nada, ser escuchada por la mujer que los miraba como si fueran cucarachas intrusas.
Los ojos de la mujer se posaron en ellos, retadora. Y Valentine pasó a su lado, justo como lo había hecho Cuatro; solo que chocando su hombro a propósito. Edd siguió a Valentine de cerca, primero saludando con amabilidad a la mujer.
( . . . )
A la cabecera de la mesa estaba sentada Evelyn, en el otro extremo de la mesa estaba Cuatro, junto a él Valentine, y a la derecha de la pecosa estaba Edd.
Él y su madre parecían tener una guerra de miradas en la que ninguno estaba dispuesto a perder. Justo como las de Valentine y Cuatro los primeros días de Iniciación.
—Muy bien, ¿quiere alguien explicarme qué demonios está pasando? Porque la verdad, no entiendo una mierda y me esta desesperando...—, descansó sus brazos cruzados sobre la mesa, donde yacían varios platos con comida servidos, pero nadie se atrevía a tocar.
Cuatro mantenía una postura rígida, tensa, firme y una mirada que podía matar a quien quisiera. Se veía como un animal salvaje, listo para saltar sobre su presa.
—El padre de Tobias era muy abusivo. Y yo sabía que la única forma para que él no me buscara era desapareciendo por completo—, explicó Evelyn, soltando un suspiro antes de continuar: —Abnegación me ayudó a fingir mi deceso sólo para proteger la imagen de Marcus.
Valentine rodó los ojos.
—Pero lo dejaste a él solo con Marcus—, reprochó la castaña a la vez que miraba a Tobias quie tenía su mirada puesta en su regazo, casi como un niño que acaba de ser regañado por sus padres.
—Era sólo una niña...—, se excusó Evelyn infantilmente.
Sintió la risa ronca de Cuatro, bastante sarcástica para su gusto; dejando bastante en claro que estaba realmente enojado.
—Sigo siendo tu madre—, alegó Evelyn mirando a Cuatro negar con la cabeza sin creer palabra alguna—. Intenté contactarlo hace un año...
—No. Mi madre murió. Fui a su funeral a los seis años—, gruñó Cuatro, con una sonrisa altanera en su rostro—. No quería reconectarse. Quería usarme... igual que ahora—, su voz sonó dolida, resentida, fría. Y Valentine comprendió que su voz reflejaba a la perfección cómo se sentía él.
—¿Y qué es lo que quiere?—, volvió a recostarse en la silla, aún con los brazos cruzados, semblante serio y la mirada bailando entre el ojiazul y la mujer repetidamente. Cuatro la miró a la ojos cuando habló.
—Quiere un ejército.
—¿Qué?—, Edd saltó a la conversación, incrédulo.
—Edd, cállate. Los adultos estamos hablando—, escupió la castaña, fijando su vista en Evelyn quien estaba a punto de decir algo.
—Quiero una alianza.
—No. Lo que buscas es venganza—, repuso Cuatro, subiendo su tono de voz, hablando más fuerte, más tosco, más insensibilizado. Demostrando que se estaba enojando gradualmente.
—Esto no es para mí. Es para erradicar un sistema que dice que un grupo merece más que el otro. Una valla rodea la ciudad, pero no tiene que ser una prisión.
Las miradas de todos cayeron en ella.
—¿No es un poco extremo? El sistema no es perfecto pero no tiene que ser una prisión—, Edd volvió a hablar y Valentine no pudo ocultar el fastidio que le producía el pelirrojo.
—Imagino que... eres Erudición.
Edd se detuvo a pensar las palabras de Evelyn por unos segundos y una mueca de tristeza invadió su rostro. Corrigió: —Era Erudición.
Evelyn sonrió de lado, triunfante.
—¿Matarías a Jeanine?—, Valentine desafió a la mujer, aún recostada en su silla.
—Por supuesto. Cuando estaba casada con Marcus la conocía bien. Ella es capaz de cualquier cosa. Pero creo que eso ya lo sabes...-
—Val—, sólo una palabra de parte de su boca hacía que su piel se erizara completamente. Si bien estaba enojado, no tenía razones para descargar su ira en ella, lo sabía. Miró al muchacho a su lado, que tenía el ceño fruncido y una postura rígida—. No confíes en ella.
—Tal vez sabe...-
—Estamos del mismo lado, Val—, se rió del apodo, paseando su vista entre la pareja. La vista de ambos se posó en ella. El pecho de Cuatro subía y bajaba con agresividad a causa de su respiración errática causada por la ira que Evelyn provocaba en él—. Yo no tengo facción porque no encajo en ninguna en particular y tu eres divergente porque encajas en varias. Pero ambos grupos amenazan a Jeanine. Estamos listos para una guerra si es necesario.
—¿Y luego qué?—, gruñó Cuatro manteniendo un tono de voz neutro. Pero su lenguaje corporal daba a entender que la estaba retando, provocando.
—Derrocaremos el gobierno.
—¿Y cuando lo hayas hecho? Cuando mates a Jeanine, ¿Quién tomará el poder?—, se inclinó sobre la mesa, cruzando sus brazos, intensificando la mirada de reproche que le daba a la mujer—. Verás, esa es la parte que convenientemente siempre omite—, Cuatro miró a la chica a su lado, demostrando que estaba en lo cierto, se miraron fijamente por unos largos segundos hasta que él apartó su mirada, dejándola nuevamente en la mujer -que miraba a la pareja desde el otro extremo de la mesa, como si se trataran de simples juguetes, marionetas—. No puedes decir que esto no es para ti, cuando todo esto es sólo para ti.
Evelyn, sabiendo que había sido descubierta, cambió radicalmente el tema, y con un suspiro miró a la muchacha hablando con superioridad y prepotencia: —Sé dónde buscar al resto de los Osados.
—¿Dónde?
—Verdad les dio asilo, y hasta donde sé siguen ahí—, explicó simple, manteniendo la compostura—. Piénsalo, si combináramos nuestras fuerzas: Osadía y Abandonados, seríamos imparables.
—Nunca haremos eso—, gruñó Cuatro de inmediato. Miró a los muchachos a su lado que mantenían una mirada seria y en silencio—. Gracias por la hospitalidad. Nos iremos en la mañana.
—Cuatro, creo que tal vez...-
—Tobias, no tiene que ser así...-
El moreno estrelló su palma abierta contra la mesa, causando un salto por parte de la castaña. Gruñó entre dientes, remarcando cada palabra para que quedara bien claro: —No me llames así. Mi nombre es Cuatro.
La señaló y se fue hecho una furia, directo a la habitación que muy amablemente Evelyn les había cedido.
Su piel se había erizado a causa del susto, y se había encogido en su lugar. Y aunque quisiera no podía alejar los recuerdos de su padre haciendo exactamente lo mismo cuando se enojaba con ella. Tuvo miedo de Cuatro por unos dolorosos segundos.
—¿Quieres ir a darle el beso de buenas noches?—, se burló Evelyn de la muchacha. Al verla levantarse y seguir el mismo camino por el que su hijo se había ido, la mujer sonrió victoriosa.
—Bueno... bone appetit—, susurró Edd antes de a****r la comida en su plato, como si comer fuese a levantar la neblina tensa que cubría el ambiente en aquella casa.
-V