POV Rosylyn Foster
Impulsos.
No me sentía bien por estar traicionando la que había sido una disciplina autoimpuesta para agradar y llenar los estándares que se esperaban de una esposa de la alta sociedad como yo debía ser.
Mi familia esperaba mucho de mí. Todos esperaban un matrimonio exitoso, con hijos y una casa y un final feliz, pero Antone Macclain tuvo otros planes para los tres años de infierno que vivimos juntos. A él no le importó mi entrega, ni mi sacrificio, ni mi lealtad a él; Antone se comportó como si yo no existiese, como si mi presencia le repudiase.
Las aventuras amorosas que tenía no era algo que el sí quiera intentara disimular, por el contrario, se regodeaba restregándome en la cara las conquistas de mujeres de sonrisa seductora y sensualidad desbordante.
Estaba convencida de que yo no era la más linda de todas, pero me veía al espejo y veía una piel lozana y tersa, unos ojos redondos y azules, un cabello n***o y largo; sabía que podía ponerme por delante de muchas de esas mujeres que ocupaban el que debía ser mi lugar en su cama, pero por alguna bendita razón, Antone me desprecio; me convertí en una esposa proscrita sin razón alguna.
Por eso esa noche no estaba haciendo aquello por nadie más que por mí; si mi matrimonio ya estaba definitivamente roto, debía darme cuenta de una manera real y tangible; de una manera que pudiese entender que mi romance con Antone Macclain jamás iba a ser posible.
Y Logan Hoffmann estaba ayudándome de maravilla con esa tarea. Su presencia era agradable, sus palabras eran dulces, sus ojos cautivadores. No había en mi mente ni una pizca de maldad cuando le acepté la invitación a tomar ese trago con él, pero conforme avanzó el tiempo y me quedé a su lado comencé a darme cuenta de que debajo de esa costra de dolor, amargura y sufrimiento, yo podía seguir viviendo.
Logan Era un hombre atento y caballeroso, pero de alguna manera insólita, esa noche yo no quería un caballero.
No quería racionalizar lo que estaba a punto de hacer. No quería meditar en las implicaciones morales o éticas de todo aquello; no iba a detenerme a pensar en la lealtad que debía guardarle a Antone. Por esa sola noche, me sentí segura de dejar todo a un lado y vivir por mí misma.
― ¿Podemos ir a un lugar más solitario? ―le pregunté sin un mínimo de recato. El alcohol aún no era el suficiente en mis venas como para achacarle ese arrobo a los efectos embriagantes del licor, pero sí era el suficiente como para asumir los riesgos.
Él era el dueño de todo ese lugar y aunque mi propuesta pareció tomarle desprevenido mientras me intentaba explicar sobre sus negocios, su reacción fue inmediata, dejándome en claro que yo le gustaba.
―Como usted lo prefiera, señorita.
Logan me ofreció su mano y comenzamos a alejarnos del bullicio de la pista de baile en dirección a una zona de acceso restringido.
Al momento de subir la pequeña escalinata, mis pies tambalearon por culpa del enorme tacón y Logan tuvo que sostenerme por segunda vez en lo que iba de esa noche. En el proceso, su mano se posó sobre la piel desnuda de mi muslo y mi rostro se acercó peligrosamente al suyo.
Su fragancia era demoledora.
Su aliento me impregno de vida.
Desde esa distancia en sus ojos brilló un resplandor insoportablemente hipnótico que me dejó sin una mínima defensa ante él. Yo estaba lista para dejarme ir y que sucediera lo que tuviese que suceder en el preciso momento que le escuché.
― ¡Quita tu sucia mano de mi mujer!
La voz era la de él, pero era imposible que Antone hubiese dicho algo como eso. Era imposible siquiera considerar que de alguna manera aquello fuese real como realmente si lo llegó a ser.
Logan giró sorprendido, pero sin dejar de sostenerme.
Él me miró y en sus ojos descubrí esa duda que sabía que resultaría inevitable.
―Lo siento ―espetó Logan con educación, a pesar de que Antone le miraba como un lobo furioso―, pero ¿Quién es usted?
La pregunta de Logan solo sirvió para potenciar esa furia que parecía conminar cada movimiento en el accionar de ese Antone que resultaba plenamente desconocido ante mí.
Antone zanjó la distancia que nos separaba y a la fuerza intentó alejarme de los brazos de Logan, pero este se resistió, sosteniéndome con aún más fuerza. La falta de cooperación de Logan solo sirvió para disparar la irritabilidad de ese Antone que se relamía de ira.
―Soy el esposo de la dama aquí presente ―exclamó con los dientes apretados y manteniendo la mirada fija de Logan, que no se amilanaba ante la situación.
Al escuchar esto, Logan dudó un poco. Por un segundo lo vi confundido más de lo que ya estaba de por sí.
Logan volteó a verme.
―Rosylyn, ¿De qué está hablando este sujeto?
Solo entonces desperté a mi realidad. Las cosas estaban realmente mal.
Yo sabía que estaba casada y que había una firma de mi puño y letra que decía que mi esposo era Antone Macclain, pero ese mismo Antone jamás me había tenido en estima cuando alguna de sus conquistas, incluida su propia asistente, aparecían en su cama.
No estaba para sacar conclusiones apresuradas, pero Logan me gustaba mucho como para dejarle ir por un capricho del malnacido que me había desgraciado la vida los últimos tres años.
―Antone, no estamos en la casa, ¡por el amor de Dios! No hace falta que me humilles también aquí… ya tomé la decisión y si aceptaré lo del divorcio.
Mis palabras apenas y terminaron de salir de mi boca, cuando Antone me tomó de la mano y me haló hacia él. Por primera vez, en los últimos tres meses, nuestros cuerpos se tocaban.
―Eres mi esposa y no voy a permitir que ningún imbécil te ponga las manos encima ―bufó.
― ¡Oye! ―Logan reaccionó con un gesto de violencia, señalando con su dedo índice el rostro de Antone y levantando la voz de manera acalorada― ¡Voy a hacerle que se trague sus palabras!
Me llené de un pánico aterrador cuando vi a Logan con intenciones de corresponder la violencia de Antone.
―Logan, por favor… te lo suplico, déjame hablar con Antone. Te prometo que te explicaré todo después.
―Rosylyn no te dejes amedrentar por este patán ―me dijo Logan con un gesto de sincera preocupación.
―Cuando tengas a tu propia mujer, entonces dale esos consejos, cabrón.
Antone terminó de decir esto y me arrastró consigo llevándome más allá de aquella puerta que daba al área privada del club, donde los miembros VIP podían tener privilegios “exclusivos”.
A cada paso que daba volteaba a mirar para saber si Logan nos seguía; un poco por miedo a que se exacerbara el conflicto entre él y Antone, y otro poco por el deseo de seguir sintiéndome en medio de esa sensación de peligro.
Cuando cruzamos una segunda puerta y no encontramos a solas, Antone me empujó contra la puerta y sin ningún aviso comenzó a besarme.
Era la primera vez en esos tres años que sus labios tocaban los míos.
Por más que hubiese soñado con algo así durante tanto tiempo, cuando sucedió mi primera reacción fue de rechazo y miedo. Intenté zafarme, pero por más que le empuje para alejarlo de mí, Antone, que era un hombre corpulento y bastante fuerte, sujetó mis manos contra la madera de la puerta y me aplastó con su enorme humanidad, dejándome sin respiro.
Sus labios carnosos arroparon mi boca, robándome el aliento y sofocándome con esa sensación de cálida humedad.
La sensación de dominio con la que me abordó me dejó sin fuerzas para hacer otra cosa más que ceder a mis instintos y terminar de darle entrada a su lengua frenética que buscaba con desespero invadir la virginidad de mi boca.
Apreté mis muslos para contener un calambre placentero que sentí cuando descubrí que algo más me estaba apuñalando en el pubis. Era algo duro y rígido que descubría con sobrada claridad, cuando la cadera de Antone se movía frotándose contra mí.
Sus labios se retiraron de golpe y con esa misma intempestiva actitud, Antone me mordió el cuello ligeramente antes de encaminarse para rozar el lóbulo de mi oreja con sus labios aún húmedos con mi saliva.
―Me hierve la maldita sangre de la cabeza por haberte visto con ese bastardo.
―Antone yo…
― ¡No quiero verte con ningún otro infeliz! ―me exigió con demasiada autoridad como para que me quedasen dudas.
Yo había cedido demasiadas veces ya. Durante todo ese tiempo, tanto Antone, como mi propia familia, me habían exigido un comportamiento irreprochable aun a sabiendas de mi propio infierno; ahora estaba completamente clara de mi posición como mujer y sabía que por nada del mundo iba a volver a ser esa mártir.
―Lo siento Antone, pero no estás en posición de exigirme nada.
Antone me empujó con más fuerza al escucharme decir esto y antes de que yo pudiese hacer algún movimiento para oponerme, él soltó una de mis manos y con esa mano que le quedó libre, levantó mi vestido e incursionó más allá de mis pantaletas.
Sus dedos fueron precisos de una manera insoportable.
Yo no había estado con ningún hombre antes de él y después de ese matrimonio falso me había negado cualquier posibilidad s****l más allá del placer que pudiese darme yo misma, por eso cuando la yema de su dedo rozó mi clítoris no tuve manera de contener el grito que me brotó del más profundo deseo.
El estertor que recorría todo mi cuerpo fue como una descarga eléctrica que me hizo resoplar para mantenerme consciente.
Mis sentidos quedaron trastocados cuando los movimientos comenzaron a volverse rítmicos y húmedos. No podía quedarme allí.
Cosas como esas pasan en segundos: Mi rodilla se elevó y se estrelló en la entrepierna de mi esposo, quien cayó de rodillas, sometido por el intenso dolor.
Yo no pude detenerme a ver nada más. Abrí la puerta y salí de ahí y no me detuve hasta llegar a mi recamará para cerrar la puerta y meterme en la cama debajo de las sabanas.
Sabía que había cometido un acto de irreverencia inusitada, pero inesperadamente aquella sensación me arropó de manera bastante agradable.
Me quedé despierta gran parte de la noche temiendo que a su regreso, Antone pudiese intentar violar la privacidad de mi habitación para buscar venganza por aquello, pero el resto de la noche todo permaneció en calma.
Entonces logré conciliar el sueño al fin.
Ya en el borde de la consciencia y el sueño, una certeza me llegó como un rayo: A Logan Hoffmann yo lo quería para mí.