A la mañana siguiente, Zachary tuvo que ir a trabajar temprano. La presidencia de su cadena de hoteles era una responsabilidad enorme, y aunque prefería quedarse con Adria, sabía que no podía descuidar sus obligaciones. Antes de salir, se acercó a la cama donde Adria todavía estaba medio dormida y le dio un suave beso en la frente.
—Adria, tengo que irme a trabajar. No volveré temprano hoy, pero quiero que disfrutes del día.
Adria abrió los ojos lentamente, mirándolo con curiosidad.
—¿Qué quieres decir?
Zachary sonrió y sacó su billetera. De ella extrajo una tarjeta negra que brillaba con un halo de exclusividad: una tarjeta Centurion de American Express.
—Quiero que uses esto —dijo, entregándosela—. Es mi tarjeta. Puedes usarla para lo que necesites. Hay un spa increíble no muy lejos de aquí. Quiero que vayas y te relajes. Te lo mereces.
Adria miró la tarjeta, sintiéndose abrumada. Sabía lo que significaba tener una tarjeta como esa: acceso ilimitado a dinero y servicios exclusivos.
—Zachary, no puedo aceptar esto. Es demasiado...
Zachary puso un dedo suavemente sobre sus labios, deteniéndola.
—Adria, por favor. Quiero que te sientas bien y te cuides. Este es tu día. Ve al spa, relájate y disfrútalo. Te lo mereces más de lo que crees.
Adria lo miró, todavía insegura pero conmovida por su gesto.
—Está bien, lo haré. Pero solo porque me lo pides.
Zachary sonrió, satisfecho.
—Perfecto. Y recuerda, si necesitas algo, no dudes en llamarme.
Adria asintió, sosteniendo la tarjeta con cuidado.
—Gracias, Zachary. Prometo no gastar demasiado.
Zachary rió suavemente.
—No te preocupes por eso. Quiero que disfrutes. Nos vemos más tarde.
Con un último beso en la frente, Zachary se despidió y salió de la habitación. Adria se quedó mirando la tarjeta en sus manos, sintiendo una mezcla de gratitud y nerviosismo. Sabía que Zachary solo quería lo mejor para ella, y decidió que lo aprovecharía.
Después de desayunar y prepararse, Adria llamó al spa y reservó una cita. Un chofer enviado por Zachary la llevó al exclusivo spa,
donde la recibieron con una cálida bienvenida.
El spa era un oasis de tranquilidad, con aromas relajantes y una atmósfera de paz. Adria se permitió relajarse por completo, disfrutando de masajes, tratamientos faciales y baños de aromaterapia.
Mientras se sumergía en un baño de burbujas, pensó en Zachary y en cómo estaba transformando su vida de maneras que nunca imaginó. Así que así se sentía ir a un spa... Muchas veces escuchó a su hermana Mariana ir a lugares como esos, pero ella nunca fue, pues su madre nunca se lo permitía. Todos los permisos y concesiones eran para Mariana.
Adria se dirigió al vestidor para cambiarse y regresar a la mansión de Zachary. Mientras se vestía, no pudo evitar escuchar una conversación que se desarrollaba cerca de ella. Dos mujeres, claramente clientes exclusivas y adineradas, charlaban con voces que resonaban en el vestidor de mármol.
—¿Has oído hablar de la nueva esposa de Zachary Weber? —dijo una de las mujeres con un tono lleno de desdén—. Es una verdadera sorpresa.
—Sí, la he visto ahorita—respondió la otra, riendo suavemente—. Es horrible. No entiendo qué vio Zachary en ella. Debe ser una especie de broma o algo así.
Adria sintió cómo su corazón se aceleraba y su rostro se sonrojaba. Mantuvo la respiración, esperando no hacer ningún ruido que delatara su presencia.
—Creo que él se casó con ella solo para humillar a su exnovia, Irina —continuó la primera mujer—. Irina era tan hermosa, una verdadera belleza rusa. ¿Recuerdas cómo se veían juntos? Perfectos. Lástima que ella le fuese infiel... Y ahora, casarse con esa... cosa. Es incomprensible.
La segunda mujer rio nuevamente, y Adria sintió una punzada de dolor en el pecho.
—Sí, estoy segura de que Irina debe estar furiosa. Zachary siempre ha sido un hombre complicado. Quizás esto es solo su manera de mostrarle a Irina que puede hacer lo que quiera.
Adria se sintió mareada y se aferró a la puerta del vestidor para mantenerse en pie. Las palabras de esas mujeres eran como cuchillos que se clavaban en su autoestima ya frágil. Respiró profundamente, tratando de calmarse y no dejar que las lágrimas cayeran.
Las mujeres continuaron su conversación, ajenas al dolor que estaban causando.
—Bueno, sea lo que sea, no puedo imaginar que este matrimonio dure mucho. ¿Cómo podría alguien como Zachary soportar estar con ella por mucho tiempo?
—Tienes razón. Es solo cuestión de tiempo antes de que termine este juego cruel.
Adria decidió que había escuchado suficiente. Cerró la puerta de su vestidor con un suave clic, esperando que las mujeres no la notaran. Rápidamente se vistió y salió del vestidor, con la cabeza baja y el corazón pesado.
Adria llegó a la mansión con una sensación de enojo y tristeza profundamente arraigada. Las palabras que había escuchado en el vestidor del spa resonaban en su mente, y aunque intentaba convencerse de que no debían afectarla, no podía evitar sentirse herida y traicionada. Subió las escaleras y se dirigió a su habitación, sintiendo una mezcla de rabia y desesperación.
Se sentó en el borde de la cama, su respiración rápida y superficial. Las lágrimas comenzaron a correr por su rostro, su pecho se apretaba con una mezcla de dolor y furia. ¿Era todo esto una burla? ¿Era realmente una fea perdedora, como decían esas mujeres?
—¿Cómo pude ser tan estúpida? —se dijo a sí misma, enterrando el rostro en sus manos.
El pensamiento de que Zachary podría haberla usado para humillar a su exnovia, Irina, la llenó de amargura. Se levantó y comenzó a pasearse por la habitación, sus pensamientos corriendo a mil por hora.
—Todo esto tiene sentido —murmuró—. ¿Por qué alguien como él querría casarse conmigo, después de todo? Es rico, guapo, tiene todo lo que podría desear. ¿Por qué yo?
Cuando el chofer la recogió, Adria se hundió en el asiento trasero de la limusina, sintiéndose agotada no solo físicamente, sino también emocionalmente. Pensó en Zachary y en lo que le diría cuando regresara.
La frustración la hizo lanzar una almohada contra la pared. Se sintió impotente, incapaz de escapar de las palabras crueles que la atormentaban.
—¡Es una broma! —gritó al vacío de la habitación, su voz resonando en la soledad.
Adria cayó de rodillas, abrazándose a sí misma mientras lloraba desconsoladamente. Se sentía atrapada en una pesadilla, una en la que no podía despertar. Había empezado a creer que quizás su vida podía mejorar, que tal vez con Zachary podría encontrar la felicidad, pero ahora todo parecía una ilusión cruel.
—Zachary... ¿por qué me hiciste esto? —sollozó, su corazón destrozado por la duda y la desconfianza.