Cada pensamiento la llevaba más y más a la desesperación. Recordaba las palabras de Zachary, cómo había intentado consolarla y apoyarla, pero ahora todo parecía una mentira.
Finalmente, exhausta por las lágrimas y la emoción, se dejó caer en la cama, su cuerpo tembló con cada sollozo. Se sentía sola, perdida y traicionada. A pesar de todo lo que había tratado de construir en su mente, las palabras de esas mujeres habían desmoronado su frágil confianza.
—Soy una burla, una fea perdedora... —murmuró para sí misma, susurrando las palabras como un mantra amargo, consiguiendo quedarse dormida mientras lloraba.
En medio de la noche, Adria se despertó con un sobresalto. Miró el reloj en la mesita de noche y notó que Zachary todavía no había llegado. La soledad de la mansión parecía intensificarse con cada segundo que pasaba, envolviéndola en un manto de desesperación.
Se levantó de la cama, sus pies descalzos hicieron eco en el suelo de mármol mientras caminaba hacia el baño. Al encender la luz, sus ojos se encontraron con su reflejo en el espejo. La imagen que le devolvía el espejo era una que siempre había evitado mirar detenidamente.
Adria se acercó, con su mirada fija en su propio reflejo. Sus ojos, grandes y marrones, estaban hinchados y enrojecidos por el llanto. Las lágrimas habían dejado surcos en sus mejillas pálidas. Tenía el cabello oscuro y lacio, que caía sin gracia alrededor de su rostro. Su piel, marcada por el acné que la había atormentado desde la adolescencia, parecía más apagada bajo la luz brillante del baño.
—¿Cómo puedo ser tan fea? —susurró, con voz quebrada por la tristeza.
Se inclinó más cerca del espejo, tocando suavemente las cicatrices y las imperfecciones en su piel. Cada marca era un recordatorio de las crueles palabras y los desprecios que había soportado a lo largo de su vida.
Sus labios temblaron mientras trataba de contener las lágrimas, pero fue en vano. Las lágrimas comenzaron a caer nuevamente, cada una cargada de dolor y desilusión.
—¿Por qué, Zachary? —murmuró, sus ojos llenos de tristeza—. ¿Por qué elegirme a mí? ¿Era todo esto una burla? ¿Solo una forma de humillar a tu Irina?
El recuerdo de las mujeres en el vestidor del spa seguía atormentándola. Sus palabras resonaban en su mente, implacables y crueles. Sentía que cada una de esas palabras era cierta, que su matrimonio con Zachary no era más que una farsa.
—Eres una fea perdedora —se dijo a sí misma, repitiendo las palabras que la habían lastimado tanto.
Se abrazó a sí misma, tratando de encontrar algún consuelo en la soledad del baño. Pero todo lo que encontró fue un abismo de inseguridad y miedo. Sus manos temblaban mientras las apretaba contra su pecho, tratando de calmar su corazón acelerado.
...
Zachary llegó a la mansión mucho más tarde de lo que había planeado. El trabajo en la oficina había sido interminable, y ahora todo lo que deseaba era ver a Adria. Mientras entraba, fue recibido por la ama de llaves, que había sido despertada por el sonido de la puerta.
—Buenas noches, señor Weber —dijo la mujer, haciendo una leve reverencia.
—Buenas noches —respondió Zachary, con un tono preocupado—. ¿Dónde está Adria?
La mujer le dirigió una mirada compasiva.
—Señor, la señora Adria ha estado encerrada en su habitación desde que regresó del spa. No ha salido en toda la noche.
Zachary frunció el ceño, una sensación de inquietud creciendo en su pecho.
—Gracias. Puedes ir a descansar. Yo me ocuparé de esto.
Ella asintió y se retiró. Zachary subió rápidamente las escaleras y se dirigió a la habitación de Adria. Al entrar, notó que la cama estaba vacía. Su preocupación aumentó, y comenzó a llamarla.
—¡Adria! ¿Dónde estás?
El silencio respondió a su llamado, pero un suave ruido proveniente del baño llamó su atención. Intentó abrirla, pero no pudo hacerlo.
—Adria, ¿qué está pasando?
—¿Por qué te casaste conmigo, Zachary? —su voz temblaba, llena de acusación, desde el otro lado de la puerta—. Escuché a unas mujeres en el spa. Dijeron que te casaste conmigo para humillar a tu exnovia, Irina. ¿Es eso cierto?
Zachary se quedó sin palabras por un momento, sorprendido por la intensidad de su pregunta.
—Adria, no es así... —comenzó a decir, pero ella lo interrumpió.
—¿Entonces por qué, Zachary? ¿Por qué elegirme a mí? Soy fea, una perdedora. No tiene sentido que te cases conmigo, a menos que haya una razón oculta. ¿Es esto una venganza contra Irina?
La desesperación en su voz era palpable, y Zachary sintió una punzada de culpa. Se dio cuenta de que no había considerado cómo se sentiría ella al enfrentarse a estos rumores.
—Adria, por favor, abre la puerta.
—¡No la abriré! —gritó Adria furiosa.
Zachary observó la puerta cerrada del baño y sintió una oleada de frustración y preocupación. Sabía que Adria estaba detrás de esa puerta, sufriendo sola, y no podía permitirlo.
—Adria, abre la puerta —pidió con firmeza, golpeando con fuerza.
No hubo respuesta. Zachary suspiró y, sin más vacilación, empujó la puerta. La madera cedió con un crujido suave, revelando a Adria sentada en el suelo, sus ojos hinchados y llenos de lágrimas.
—¿Qué haces, Zachary? —protestó Adria, mirando la puerta que ahora estaba entreabierta.
Zachary se acercó a ella, su rostro serio y lleno de determinación.
—No puedo verte así, Adria. No puedo dejarte sola pensando cosas que no son.
Adria apartó la mirada.
—No me vengas con eso, Zachary. No puedes entender lo que siento. Tú puedes tener a cualquier mujer que desees. ¿Por qué te importaría alguien como yo?
La tristeza en su voz hizo que el corazón de Zachary se encogiera. Se arrodilló frente a ella, tratando de encontrar sus ojos.
—Adria, me importas más de lo que puedes imaginar. No eres solo alguien. Eres tú.
Adria soltó una risa amarga, sacudiendo la cabeza.
—¿Cómo puedes decir eso? Mírame, Zachary. Soy fea. Nadie podría desear a alguien como yo.
Zachary sintió una oleada de ira ante sus palabras. No podía soportar que ella pensara así de sí misma. Sin pensarlo dos veces, tomó su rostro entre sus manos y la miró profundamente a los ojos.
—No digas eso, Adria —dijo con voz baja pero intensa—. No te atrevas a llamarte fea o indeseable.
Adria intentó apartarse, pero Zachary la mantuvo firme.
—No entiendes —murmuró ella, sus ojos llenos de lágrimas—. Nunca seré del agrado de un hombre como tú. Soy solo una burla.
La furia de Zachary se mezcló con un deseo ardiente de demostrarle lo contrario. Sin más preámbulos, se inclinó y la besó intensamente. Sus labios se unieron con pasión, en un intento de mostrarle lo mucho que realmente le importaba. Zachary profundizó el beso, su lengua explorando suavemente la boca de Adria, despertando cada nervio a su paso.
Al principio, Adria quedó paralizada por la sorpresa, pero pronto sintió la calidez y la sinceridad en el beso de Zachary. Sus manos temblorosas se aferraron a su camisa, sintiendo la fuerza de sus emociones. Él la estaba besando, y no era un sueño. Era real, tangible, y lleno de una intensidad que nunca había experimentado.
Cuando finalmente se separaron, ambos respiraban con dificultad. Adria lo miró confundida.
—¿Lo entiendes ahora, Adria? —murmuró Zachary con voz ronca—. No eres una burla. Eres valiosa y mereces ser amada. No dejaré que pienses lo contrario.