Capítulo 15: El llamado

932 Palabras
Intenté concentrarme en la conversación, en las cifras que uno de los inversionistas explicaba con entusiasmo, pero las palabras se mezclaban en mi cabeza como un murmullo distante. Me sentía completamente desconectado del exterior. Entonces, volvió a ocurrir: un sonido lejano, apenas perceptible entre la música del bar. Un aullido. Esta vez no tuve dudas, era demasiado claro. El vaso se detuvo a medio camino entre la mesa y mis labios mientras mis sentidos parecían agudizarse de golpe. Podía escuchar la risa de una pareja al otro lado del salón, el tintinear de los cubiertos en la barra, incluso el roce de la tela cuando alguien se levantaba de su silla. Todo era demasiado nítido, demasiado intenso. —¿Señor Lauder? La voz del inversionista frente a mí me hizo parpadear, como si despertara de un trance. —Disculpe —dije, aclarando ligeramente la garganta—. Continúe, por favor. El hombre asintió y retomó su explicación, pero mi atención ya no estaba allí. Mi mirada comenzó a recorrer lentamente el bar: las mesas ocupadas, la barra llena de gente, las luces cálidas reflejándose en las botellas y la música que vibraba en el ambiente. No había nada fuera de lo normal y, sin embargo, aquella sensación persistía dentro de mí, incómoda e imposible de ignorar, como si alguien estuviera ahí, observándome… esperando. —Gamaliel. La voz de Leah llegó baja, casi un susurro. Cuando la miré, noté que su expresión había cambiado. Ya no sonreía para los inversionistas, ahora me observaba a mí con evidente preocupación. —Estoy bien —dije a la defensiva. —No estás bien —murmuró. Abrí la boca para responder, pero en ese momento algo me hizo girar la cabeza hacia el ventanal del bar. La luna llena colgaba sobre Manhattan, enorme y brillante. Su luz plateada se filtraba entre los edificios y atravesaba el vidrio como una presencia silenciosa. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Mi corazón comenzó a latir con más fuerza, como si quisiera escapar de mi pecho, como si respondiera a un llamado que yo no podía escuchar del todo, pero que mi cuerpo sí parecía comprender. Tal vez estaba por experimentar una crisis de ansiedad, tal como mi madre. —Gamaliel —insistió Leah, tocando mi brazo. Bajé la mirada hacia ella. —Creo que… —murmuré, pasando una mano por mi nuca—. Necesito un poco de aire. Ella frunció el ceño. —¿Quieres que vayamos afuera? Negué lentamente. Necesitaba estar solo. —Regreso en un minuto —dije al resto de la mesa con una sonrisa educada. Nadie pareció incomodarse. Los negocios podían esperar un momento, pero lo que estaba ocurriendo dentro de mí, no. Me levanté de la mesa y avancé entre la gente hasta llegar a la salida lateral. En cuanto empujé la puerta y salí a la calle, el aire frío de la noche golpeó mi rostro. Respiré hondo. El ruido del bar quedó atrás, reemplazado por el murmullo distante del tráfico nocturno de Manhattan. Durante un segundo pensé que la sensación desaparecería, pero ocurrió lo contrario. El aullido volvió, esta vez mucho más claro. Se me heló la sangre. Aquel sonido no provenía del bar ni de la calle. Parecía llegar desde algún punto lejano de la ciudad, como si atravesara los edificios, las avenidas y el ruido urbano solo para llegar hasta mí. Algo dentro de mi pecho reaccionó de inmediato. Mi corazón volvió a latir con fuerza. Di un paso hacia la acera, mirando alrededor. —¿Qué demonios…? Entonces lo sentí otra vez: la misma sensación de antes. La de ser observado, solo que ahora era más intensa, más cercana, como si algo supiera exactamente dónde estaba. Y en ese momento comencé a desesperarme. —¿Gamaliel? Una voz femenina me sacó abruptamente de mis pensamientos. Giré la cabeza y la vi. Una mujer caminaba hacia mí desde la acera. Alta, de cabello oscuro y con un vestido n***o ajustado que reconocí demasiado bien. Sophie. La sorpresa me dejó inmóvil. —Vaya… —sonrió ella con cierta diversión—. No esperaba encontrarte aquí. Fruncí el ceño. —¿Sophie? Ella se detuvo frente a mí, cruzando los brazos con una sonrisa ladeada. —Han pasado meses desde la última vez que nos vimos, ¿no? Recordé perfectamente cuál había sido esa última vez. —Es cierto. Aquella noche había bebido demasiado whisky y ella también. Nos habíamos conocido en la barra de un hotel y, cuando se nos hizo demasiado tarde, terminamos subiendo juntos al penthouse. Tuvimos sexo sin freno y, al día siguiente, yo me había marchado antes de que ella despertara. —Nunca más supe de ti —murmuró. Se encogió de hombros mientras se acercaba a mi lado y me observó de reojo con una sonrisa cómplice. En otras circunstancias, habría aprovechado el momento con aquella hermosa mujer, pero ahora me sentía completamente desconectado de mi lado racional. —Estoy en una reunión —dije finalmente. —Claro que lo estás —respondió ella con una risa suave—. Siempre estás en reuniones. Sus ojos me recorrieron con descaro. —Soy un adicto al trabajo, supongo. —Pero eso no te detuvo la última vez. Apreté la mandíbula ante su provocación, a punto de ceder… Justo entonces, el aullido volvió a escucharse en la distancia. Más fuerte, más cercano. Mi mirada se desvió instintivamente hacia la oscuridad de la calle y, por primera vez en mi vida, sentí la inquietante certeza de que ese sonido me estaba buscando. De que aquel aullido, era un llamado.
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