Capítulo 16: El peso de la luna

897 Palabras
Sophie inclinó ligeramente la cabeza, estudiándome con una sonrisa divertida. —Sigues haciendo esa cara cuando algo te incomoda —comentó—. Pensé que ya lo habrías superado. No respondí, pues mi atención estaba en otra parte. El aullido todavía parecía vibrar dentro de mi pecho y algo en mi interior se agitaba con una intensidad que no lograba explicar. —¿Estás bien? —preguntó ella entonces, frunciendo ligeramente el ceño. —Sí. Estoy perfectamente —mentí. El aire frío de la noche ya no me resultaba suficientemente refrescante. Sentía demasiado calor, un calor extraño que se extendía por el interior de mi cuerpo como si la sangre circulara demasiado rápido por mis venas. No entendía qué diablos estaba pasando conmigo, jamás me había sentido de ese modo. Sophie dio un paso más cerca, arrugando las cejas con preocupación. —No lo parece —murmuró—. Estás tenso. Su mano se levantó con naturalidad y se apoyó en mi brazo. El contacto me sacudió y un impulso extraño atravesó mi cuerpo, tan brusco que tuve que apretar los dientes. ¿Qué demonios me pasaba? —Tal vez deberías invitarme a tomar algo —continuó ella con un tono sugerente—. Para recordar viejos tiempos y relajarnos. El trabajo puede esperar. Antes de que pudiera responder, la puerta del bar se abrió a mi espalda. —Gamaliel. Reconocí la voz de Leah al instante. Sophie retiró la mano lentamente mientras yo giraba. Leah estaba de pie en la entrada, observándonos. Su mirada se movió de mí hacia Sophie en un segundo y no necesitó más tiempo para sacar sus propias conclusiones. —¿Interrumpo algo? —preguntó con un tono tranquilo que no lograba ocultar del todo su molestia. O sus celos. Sophie le sonrió con descaro. —Para nada. La tensión entre ambas se volvió evidente al instante y yo solté un suspiro. No tenía energía para lidiar con eso. —Sophie, esta es Leah —las presenté. —Encantada —respondió Sophie, aunque su tono sugería exactamente lo contrario—. ¿Es tu asistente? Leah asintió con una sonrisa educada, pero no dijo nada. Sus ojos volvieron a mí de inmediato. —Saliste hace varios minutos, Gamaliel —dijo—. Los inversionistas preguntan por ti. —Necesitaba aire —me excusé. —¿Y lo encontraste? Antes de que pudiera contestar, el aullido volvió. Esta vez fue más fuerte. El sonido atravesó la noche como un golpe invisible y me desestabilizó por completo. El mundo pareció inclinarse bajo mis pies y tuve que aferrarme a lo primero que encontré: Sophie. Todo giraba a mi alrededor como si estuviera atrapado dentro de una licuadora. —Gamaliel, no te ves bien —murmuró Leah, alarmada. —Estás pálido —susurró Sophie mientras pasaba una mano por mi frente. Pasé una mano por mi rostro y sentí la piel caliente. Mi pecho subía y bajaba con respiraciones demasiado profundas, demasiado rápidas. —Estoy bien —murmuré. Pero ni yo mismo me creía. Algo estaba pasando. Algo que no lograba comprender. Levanté la mirada hacia el cielo. La luna llena seguía allí, brillante y dominante sobre la ciudad. Mientras la observaba, el aullido volvió a resonar en la distancia. Más cercano. Un nuevo mareo me golpeó de repente, esta vez con más fuerza. —Gamaliel —dijo Leah, acercándose rápidamente—. Creo que deberías sentarte. —Creo que… —murmuré, pero las palabras se enredaron en mi garganta. Las luces de la calle parecían demasiado brillantes y los sonidos de la ciudad llegaban amplificados, como si alguien hubiera subido el volumen del mundo entero. Podía escuchar los motores de los autos a varias cuadras de distancia, el viento moviendo una bolsa de plástico en la acera, la respiración de Leah… la de Sophie. Todo al mismo tiempo. —Tenemos que llevarlo a un hospital —dijo Leah con firmeza. —Estoy bien —intenté insistir. Pero mis piernas ya no parecían obedecerme. —No lo estás —respondió Sophie—. Apenas puedes mantenerte de pie. Leah me tomó del brazo con decisión. —Tu auto está en el estacionamiento. Asentí, aunque apenas lograba concentrarme. Entre las dos comenzaron a guiarme hacia el estacionamiento del bar. Cada paso se sentía extraño, como si el suelo se moviera bajo mis pies. El aullido volvió a escucharse a lo lejos y esta vez sentí algo más. No solo miedo, también reconocimiento. Como si una parte de mí supiera exactamente qué significaba ese sonido. —Aquí está —dijo Leah al llegar al auto. Abrió la puerta trasera y Sophie me ayudó a sentarme. La puerta se cerró y el interior del vehículo quedó en silencio. Leah tomó el volante mientras Sophie se acomodaba a mi lado. —¿A qué hospital? —preguntó. Intenté responder, pero mi cabeza pesaba demasiado. —Al más cercano —dijo Sophie mientras me miraba preocupada. —Creo que iremos al de tu madre, Gamaliel. No dije nada. La luna se veía a través del parabrisas, hipnótica. El último aullido resonó en la distancia justo cuando mis párpados comenzaron a cerrarse. —Gamaliel —dijo Leah con preocupación—. No te duermas. Intenté mantener los ojos abiertos. Pero el mundo se volvió n***o, y lo último que escuché antes de perder el conocimiento fue otro aullido. Mucho más cerca.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR