Capítulo 19: El despertar del lobo

1014 Palabras
Observé a mi madre en silencio. Su seriedad me indicaba que todo lo que decía era cierto, y yo le creía. —¿Cuándo despertará mi lado lobo? —pregunté con interés. Su voz se volvió apenas audible. —Cuando cumplas veintiocho años. Un escalofrío me recorrió la espalda. —Eso es en cuatro meses, mamá… Ella asintió lentamente y entonces me observó con tristeza. —Lo sé, hijo —susurró—. Yo también pasé por ese proceso y tuve los mismos síntomas previos que tú. Sentía un llamado lejano, que cada vez se hacía más cercano, hasta el día de mi cumpleaños veintiocho, donde no pude evitar convertirme bajo la luna llena. Al imaginarme en esa situación me sentí muy vulnerable. Suspiré y negué con la cabeza. —No quiero que nadie me descubra… tengo una reputación que cuidar. Nada me hacía sentido, pero tenía que tomar con seriedad el asunto. Porque de ser así, tenía un gran problema delante de mis narices. —Nadie debe verte —aseguró ella. —¿Tu te transformas en… loba? —cuestioné. —No me he transformado en años… Es algo que he reprimido para poder encajar en la sociedad —ella se encogió de hombros—. Pero, por desgracia, la primera transformación no se puede evitar. Si lo haces, morirás… y si lo haces mal, también. Mis labios se convirtieron en una fina línea. Todo esto me parecía una verdadera maldición. Yo no había pedido nada de esto, pero ahora me enfrentaba a la verdad. A mi destino. —Debiste decirme antes —reproché. Mi madre desvió la mirada y pude sentir su dolor. —Lo sé, y me arrepiento… —sus ojos se llenaron de lágrimas—. Me queda poco tiempo de vida, pero prometo ayudarte con todo mis conocimientos para que puedas sobrevivir a tu primera transformación. —¿Mi padre está vivo? La pregunta flotó en el aire y ella negó con la cabeza. Ninguna palabra salió de su boca y esa fue una clara respuesta. Sentí una presión extraña en el pecho. —Hay todavía más que debes saber —tragó saliva con dificultad. Se veía mucho más agotada que antes, pero mi egoísmo me gritaba que siguiera pidiendole respuestas—. Existe una profecía entre las manadas. Una profecía… sobre un heredero. Mi piel se erizó. El monitor comenzó a sonar con mayor rapidez y entonces tomé con fuerza su mano. —Seguiremos esta conversación después. Tienes que descansar… —Sí… —susurró sin más. La quedé viendo por unos minutos más, hasta que sus ojos se cerraron debido al esfuerzo que había significado nuestra conversación. Desde que le habían detectado cáncer metastásico, mi madre se cansaba más rápido y ya no tenía la misma fuerza de antes. Me aseguré que el monitor marcara sus latidos, y luego salí de la habitación con mi silla de ruedas. La cabeza me dolía de tanto pensar, pero al menos ahora tenía respuestas. Era un lobo. Y pronto me convertiría por primera vez. (...) Me acomodé en aquella cama de hospital y fijé la mirada en el gran ventanal a mi lado. La luna se alzaba imponente en el cielo, dominante, imposible de ignorar. Su luz plateada se filtraba en la habitación y se deslizaba sobre las sábanas como una presencia silenciosa que no pedía permiso para entrar. Me inquietaba, pero ya no podía rechazarla. Ahora sabía que tenía efectos sobre mí y que todo lo que había sentido antes no eran alucinaciones ni producto del estrés. Solté el aire lentamente, intentando ordenar mis pensamientos, cuando la puerta se abrió a mi espalda. —Gamaliel. La voz de Leah fue suave, pero cargada de emoción. Giré ligeramente la cabeza y la vi entrar a la habitación. Su expresión estaba lejos de la serenidad que solía mostrar en el trabajo. Sus ojos reflejaban un nerviosismo que no se molestaba en ocultar mientras se acercaba a la cama. —Leah —dije su nombre a modo de saludo. —Me asusté mucho —confesó en voz baja, deteniéndose a mi lado—. Pensé que… —negó con la cabeza, como si no quisiera terminar la frase. La observé en silencio. Había algo distinto en su presencia ahora, algo que no había notado antes con tanta claridad. Podía escuchar su respiración, percibir el leve temblor en sus manos, incluso el ritmo acelerado de su corazón. Todo era demasiado nítido para mí. —Estoy bien —dije finalmente, aunque mi voz salió más baja de lo que esperaba—. El doctor dijo que tuve una crisis de pánico a causa del estrés laboral. Leah me sostuvo la mirada unos segundos, como si intentara decidir si creerme o no. —Sophie se tuvo que ir —añadió después—. Tenía… algo que hacer. Asentí sin darle demasiada importancia. En otro momento, probablemente habría pensado en ello, en lo que significaba su presencia, en lo que había pasado entre nosotros en aquel hotel. Pero ahora mi mente estaba en otra parte. Volví la mirada hacia la ventana. La luna seguía allí, observándome. Sentí cómo algo en mi interior respondía a ella, una pulsión silenciosa que se extendía por mi pecho, por mi sangre, por cada parte de mi cuerpo. Ya no podía negarlo. No después de lo que había sentido en el bar. —Leah… —murmuré sin apartar la vista del cielo. —¿Sí? Hubo un breve silencio antes de responder. —Creo que tendré que trabajar menos. —Por supuesto —asintió con la cabeza—. Solicité un estudiante en práctica de la Universidad, para que te ayude. Observé a Leah y le sonreí con agradecimiento. —¿Qué haría sin ti? —Probablemente nada. Ella me guiñó un ojo y entonces se subió a la cama, obligándome a hacerle espacio en mi lugar. Se quedó en completo silencio mientras mis brazos rodeaban su cuerpo, y eso fue suficiente para ambos. Tal vez, si yo no estuviera tan dañado, podría permitirme amar a Leah como ella se lo merecía.
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