Capítulo 18: La sangre loba

1120 Palabras
Me sentía completamente humillado. Aquella enfermera había llegado a mi habitación con una enorme sonrisa profesional y, antes de que pudiera protestar demasiado, ya estaba ayudándome a acomodarme en una silla de ruedas como si fuera un anciano incapaz de caminar por sus propios medios. Intenté decirle que podía hacerlo solo, que me encontraba perfectamente para caminar, pero ella insistió con una amabilidad tan firme que resultó imposible discutir. —Es solo protocolo del hospital, señor Lauder —había dicho—. No queremos que vuelva a marearse en medio del pasillo. Tenía razón, así que ahí estaba. Sentado en una maldita silla de ruedas mientras ella me empujaba por los largos pasillos del hospital. Algunas personas caminaban por el corredor. Médicos con batas blancas, enfermeras revisando carpetas, familiares sentados en las salas de espera. Varias miradas se dirigieron hacia mí cuando pasamos, y cada una de ellas me hizo sentir aún más incómodo. No estaba acostumbrado a esa clase de atención. En mi mundo, la gente se levantaba cuando yo entraba en una sala de reuniones, no cuando me llevaban como a un paciente débil por un hospital. Apreté la mandíbula mientras la enfermera doblaba en otro pasillo. —Ya casi llegamos —dijo con tono amable. Asentí en silencio. A pesar de mi incomodidad, algo dentro de mí comenzaba a tensarse nuevamente a medida que nos acercábamos al ala donde estaba internada mi madre. No sabía cómo enfrentarla. No sabía cómo mirar a la mujer que siempre había sido fuerte y elegante y verla ahora en una cama de hospital. Pero además, no sabía cómo enfrentarme a la verdad que ella me mostraría. Algo me hacía sentir que el misterio en torno a mi padre no era en vano. La enfermera finalmente se detuvo frente a una puerta y me sacó de mis pensamientos. —Aquí es —anunció suavemente. Mi pecho se tensó. Durante un segundo dudé antes de levantar la mirada y luego la puerta se abrió lentamente. Mis ojos se dirigieron hacia mi madre, quien estaba sentada en la cama, mirando por la ventana. —Hola, madre —saludé al entrar. Ella me miró con confusión. —Hijo, ¿Qué te pasó? —Los dejaré a solas —indicó la enfermera—. Estaré afuera para cuando quiera volver a su habitación, Señor Lauder. Asentí con la cabeza en su dirección. —¿Habitación? —mamá frunció las cejas y me miró con pánico—. ¿Estás bien, Gamaliel? —Solo tuve una crisis de pánico. Ella suspiró y entonces su rostro se relajó. —Claro, una crisis de pánico. —No fue nada —me encogí de hombros y entonces sus ojos me examinaron. Como si pudiera ver en mi interior. —Gamaliel, tenemos una conversación pendiente. —Lo sé —asentí con la cabeza—. Y tengo la impresión de que eso me aclarará muchas dudas. —Eso espero… —susurró—. Ven, acércate. Obedecí y moví mi silla de ruedas hasta quedar a su lado de la cama. Mi madre se veía cansada, con enormes ojeras marcadas en su rostro. —Te escucho, mamá. —Me dijiste que tenías sueños raros, ¿no es así? —preguntó. Asentí de inmediato con la cabeza. —Sí, donde alguien me persigue —agregué. —Bueno, lo de la luna, el pantano y todo eso… tal vez no son solo sueños. Fruncí el ceño. —¿Qué quieres decir? Ella no respondió de inmediato. Entonces, mientras esperaba una respuesta, un sonido lejano atravesó la noche. Un aullido. Mis músculos se tensaron de inmediato. Como un flashback, la escena en el bar llegó a mí. Mi corazón comenzó a latir más rápido. —¿Escuchaste eso? —pregunté. Mi madre levantó lentamente la mirada hacia mí. Sus ojos brillaban con una intensidad que nunca había visto antes. —Sí, y tú también lo hiciste. Porque es tu sangre la que responde —murmuró. —¿Mi sangre? La pregunta quedó flotando en el aire, y el silencio cayó entre nosotros. No sabía por qué, pero el sonido de ese aullido seguía resonando dentro de mi pecho, como si algo en mi interior hubiera respondido a él. Mi madre me observó, pero no como siempre. Había algo distinto en su mirada, como si estuviera evaluando cada una de sus palabras. —Mamá, no estoy entendiendo nada… —negué con la cabeza, ofuscado—. Sé clara, por favor. —Gamaliel —dijo finalmente. Su voz era más débil que antes—. Hay algo que debí decirte hace mucho tiempo y no quiero que te molestes conmigo por no haber tenido el valor de hacerlo. —No voy a juzgarte, mamá. Intenté sonreír, pero ella no respondió. Sus ojos estaban demasiado serios. —Escúchame con atención. El monitor a su lado emitió un pitido irregular. Sentí un nudo formarse en mi estómago. —Gamaliel… tu padre era especial. Solté una pequeña risa incrédula. —Claro. ¿Qué sigue? ¿Era un vampiro? Pero ella no sonrió. Mis labios se cerraron lentamente. —Tu padre era un lobo. El silencio cayó como una losa en la habitación. —¿Qué…? —Un lobo —repitió con suavidad—. Uno de los nuestros. Negué con la cabeza. —Eso no tiene sentido. —Sí lo tiene. Sus dedos temblorosos buscaron los míos y los apretaron con una fuerza sorprendente. —Por eso tienes esos sueños, y sensaciones… —sus ojos me observaron fijamente, brillantes—. Somos especiales. Sentí un escalofrío recorrer todo mi cuerpo. —No… —murmuré—. No puede ser, mamá. Eso no existe. —Escúchame —insistió—. La sangre que corre por tus venas es única. Eres un lobo. Tragué saliva. —Eso es imposible. —No lo es —sus ojos brillaron con una intensidad casi salvaje—. Somos lobos. Mi mente se negaba a procesarlo, aunque mi madre no dejaba de repetir aquella palabra. Lobos. —Eso es una locura. —Pero es la verdad. El monitor volvió a emitir un pitido más agudo y mi corazón comenzó a latir con fuerza. —Hay algo más —susurró mi madre. La miré fijamente. —Te escucho. —Sí, pero no sé si estás listo para escuchar eso —negó con la cabeza—. Tal vez debamos guardar esa conversación para otro momento. —¿Qué? ¡No! —negué de inmediato y tomé una de sus manos entre las mías—. Dime todo, por favor. Necesito respuestas. —Está bien —inhaló profundamente y sonrió débilmente—. La sangre loba duerme dentro de ti, pero pronto despertará. Vale, esto era una locura.
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