Me desperté primero que mi amigo como era de costumbre y lo observé dormir por un rato, había unas manchas negras debajo de sus ojos, no podía dejar de ver esas ojeras y recordar lo asustado que estaba cuando volví a la habitación, la forma en la que se aferraba a mí para conciliar el sueño. Me asustaba verlo así. Con cuidado salí de entre sus brazos, fui al baño, me lave los dientes y la cara, volví a la habitación y me cambie de ropa, era sábado, el mejor día de la semana. Alex seguía dormido, así que me escabullí por el balcón de su habitación. Casi me caigo al escuchar su voz.
–Lo sabía, lo sabía– mire al otro balcón y allí estaba Alec, sin camiseta y cruzado de brazos, con una estúpida sonrisa en sus labios. –Este es el mejor día de mi vida. Ven aquí ahora– quise tener algo para lanzarle a la cara y que se le borrara esa sonrisa. Maldiciendo en mi cabeza entre a la habitación, mi mejor amigo se había girado en la cama, estaba profundamente dormido. Me acerque a él y le deje un beso en la frente antes ir con el gemelo malvado.
Estaba esperándome de apoyado en su ventana, nunca había estado aquí antes, su dormitorio era todo lo que me imaginaba, excepto por una guitarra eléctrica apoyada en la pared, nunca imagine que le gustara tocar o que supiera, si a esa vamos. Él no se dio a la tarea de ponerse ropa, por lo que iba en ropa interior y tuve que luchar contra todo para no mirarlo más de la cuenta, para que mis ojos no fueran a lugares prohibidos. Nos recordé en la fiesta, la manera tan intensa suya de besarme, aparte esos pensamientos de mi cabeza de inmediato.
–Es el mejor día de mi vida. – se estaba vanagloriando de mi pequeño error– tenía mis sospechas, porque tú siempre estás aquí hasta tarde, muchas veces, muy tarde, y siempre, pero siempre, estas aquí en las mañanas. Aunque no pensaba que mi hermano fuera tan estúpido, pero tú– me cruce de brazos y aprete la mandíbula.
–Cuidado con lo que vayas a decir, puedo lanzarte por ese balcón si se me da la gana– él se rio a carcajadas.
–Por supuesto que puedes, tienes bastantes músculos, eres muy buena en la clase de gimnasia, te he estado observando.
–Eso no es de acosador ni nada.
–Llámalo como quieras. Solo estaba conociendo a mi enemigo.
–Yo no soy tu enemigo.
–Da igual– camino a mi alrededor– ahora, tengo una información muy importante y estoy diciendo que hacer con ella. – quería asesinarlo, con cariño, pero asesinarlo. –¿Desde cuándo pasa esto?
–No es de tu incumbencia– él se detuvo, estábamos cara a cara.
–Claro que sí, tú has estado durmiendo en la habitación de mi hermano, mi dulce e inocente hermano. – me contuve, solo respira Laurel.
–Me pregunto todos los días como es que ustedes pueden ser hermanos.
–Por el parecido.
–Pero si lo estas insinuando, Alex y yo solo somos amigos, no ha pasado nada entre nosotros. No todo en la vida trata de sexo, algunas personas, son más que eso– eso sí le dolió, lo pude ver en su rostro.
–Debería ir a decirle a papá lo que ha estado pasando bajo su techo– nos quedamos mirándonos, desafiándonos con la mirada.
–¿Qué es lo que quieres?
–Vas a hacer todo lo que yo te diga.
–De eso nunca.
–Pues hablare con papá– di un paso, quería envolver mis manos alrededor de su cuello, pero es Alex, no lo puedo meter a él en problemas.
–Bien– escupí las palabras. – pero algún día, vas a arrepentirte.
–Ya veremos, ahora sal de mi habitación y prepárame el desayuno.
Me quedé unos segundos mordiéndome el labio, hasta que sentí la sangre entre la lengua. Entonces, se me ocurrió.
–Esta bien, te espero abajo– dije con toda la calma que tenía. Di media vuelta y salí dejando la puerta abierta. Baje a la cocina y le prepare un delicioso y nutritivo desayuno, deje que pareciera que estaba bueno, pero a los huevos le puse picante, sonreí.
Era muy poco, tenía que vengarme por querer chantajearme, te metiste con la mujer equivocada. Hice los huevos como Ángel me había enseñado el otro día, seguían sin verse tan bien como los de él. Prepare bastante.
–Hey– mire sobre mi hombro, Alex estaba parado en la cocina, estrujándose los ojos, seguía en pijama, se veía algo confundido.
–Hola.
–Te has despertado temprano.
–Sí y Alec me vio salir por la ventana– cualquier rastro de sueño que le quedaba se le esfumo en ese momento. Se acerco a mí y bajo la voz.
–¿Qué?
–Ahora quiere que yo haga lo que él quiera o se lo contara a Ángel.
–No puedes hacer eso, deja que yo lo maneje.
–Está bien, voy a darle un poco de su propia medicina.
Sonreí y continue preparando el desayuno, le serví los de Alec aparte y los deje sobre el desayunador, con un ingrediente extra, también le puse picante a su café y por qué no al jugo.
–Eres muy mala– pero logre que sonriera.
–Es para que aprenda que a mí nadie me amenaza y menos si es para hacerte daño a ti.
Los dos nos sentamos en el desayuno y hablamos de cualquier cosa a lo que el gemelo apareció, nos miro por unos segundos y se sentó al lado de su hermano, hicimos como que nada estaba pasando, Alex y yo mantuvimos nuestra aburrida conversación sobre la obra que estaba escribiendo para la escuela. No pude ocultar mi sonrisa al levantar la mirada y ver como Alec se ponía rojo, escupió los huevos, tomo el vaso de jugo y se dio tremendo trago que también escupió.
–Serás hija de …– estañe en risa.
–Eso es para que veas que a mí no se puede amenazar. – se puso en pie y fue a la nevera por una botella de agua.
–Voy a hablar con papá.
–¿Sobre qué? – todos mirados al adulto que entraba muy tranquilo a la cocina. Nos miro a los tres con el ceño fruncido.
–Estos dos… estos dos– Alec continuaba teniendo la cara roja como un tomate.
–¿Qué hijo? – se sirvió una taza de café muy campante.
–Le han puesto salsa picante a mi desayuno– Alex y yo dejamos de reírnos.
–No es cierto, papá. – él se dio un trago de su café y me miro a mí.
–Chicos es demasiado temprano para eso. Apenas voy por el primer trago de café– en ese instante el timbre sonó. –¿Quién podrá ser tan temprano? – dejo la taza sobre la meseta y salió de la cocina, no sé porque todos lo seguimos, quedándonos a una distancia prudente vino al padre de los gemelos abrir la puerta– pero serás cabrón– era la primera vez que lo escuchaba decir una mala palabra– no vas a entrar a mi casa– aun así, el sujeto entro, miro todo a su paso, posando sus ojos en los tres adolescentes.
–Buenos días, a ti también.
–Y no vas a verla, por lo que te puedes ir–no entendía nada de lo que pasaba, pero sentí a mi mejor amigo tensarse a mi lado.
–Ella puede decírmelo en la cara. – Ángel dejo la puerta abierta, sosteniendo el manubrio con mucha fuerza.
–Mira, no sé quién te has creído que eres para aparecerte así en mi casa.
–Mira, no vine a causar problemas. Solo quiero verla, ver como esta y de paso decirle que he encontrado un excelente medico que puede tratarla, vendrá desde Londres a verla. – Ángel se quedo con la boca abierta.
–Si le pones una mano encima, voy a golpearte.
–Ya quisieras, hombre.
–No me tientes– se quedaron parados uno junto al otro, mirándose desafiante.
–Alec, ve por tu madre– el chico tardo unos minutos en reaccionar.
–Sí, papá– corrió escaleras arriba. Ellos no dijeron nada más.
–No pasaras de la sala– se giró en nuestra dirección y paso sin decirnos nada por nuestro lado. Lo miramos sorprendidos desaparecer en la cocina, nadie nos movía de allí, era como si estuviéramos petrificados en nuestro lugar, el hombre volvió a nosotros y sonrío. No parecía tan mayor, tal vez unos años más adulto que Sam.
–Hola, niños– levanto su mano y nosotros lo saludamos de la misma forma– ¿Tú quien eres? – sus ojos se fijaron en mí. –No te había visto antes y Sam nunca menciono que tenía otra hija. –me quede frisada, porque no sabía que decir. Alex puso su brazo sobre mi hombro.
–Porque no es nuestra hermana… bueno, no de sangre.
–Ya veo ¿Y como te llamas?
–Laurel.
–Que lindo nombre.
–Gracias.
–¿Y usted cómo se llama? – le pregunte yo, sosteniendo su mirada. Él sonrío de lado.
–Drake, Sam y yo somos familia.
–¡Oh! – no dije nada más porque ella venia bajando las escaleras con cuidado, él se apresuro a ella a donde estaba y tenderle la mano.
–Hola, Sam– el rostro de Sam se ilumino al verlo, sonrío como no lo hacía desde un tiempo.
–Hola, Drake. ¿Causando problemas desde temprano? – ella se veía pálida, estaba delgada, tan delgada que parecía como si fuera a desaparecer, pero, aun así, se había arreglado, soltado el cabello y puesto un lindo vestido, ellos se dieron un abrazo que duro varios minutos.
–Es bueno verte.