- ¡Pero que sorpresa muchacho! –como siempre don Paco estaba en su mecedora, fuera de la pensión. - ¡Paquito! –me agaché para abrazarlo– No sabes cuánto te extrañé… - Tú no sabes lo que te extrañaron los muchachos, y yo -me dio un beso en la mejilla, luego me separé de él–; vamos a dentro –se puso en pie y me llevó dentro- ¿Cómo te fue? ¿Cómo está tu corazón hijo? - Pues… Me fue bien, muy bien diría yo –llegamos a su sala. - Vamos siéntate Thomas, ¿Quieres algo? - Un vaso de agua estaría bien –le sonreí, pasó el pasadizo hasta su cocina y se perdió tras la pared. Me recosté en el mueble y suspiré, era bueno regresar a mi hogar, por más que estaba en una casa “ajena” yo sentía que era mi hogar y me daba gusto estar de nuevo, ya quería ree

