El anuncio de embarque interrumpió la conversación. Emma se despidió de los dos jóvenes con una sonrisa y avanzó hacia la puerta. James la siguió a pocos pasos, todavía molesto, aunque se negaba a reconocer la razón. Cuando subieron al avión, descubrió con visible desagrado que los muchachos ocuparían los asientos de la fila delantera. —Parece que el destino insiste en mantenernos cerca —bromeó uno de ellos al verla. Emma sonrió. —O quizá el avión es demasiado pequeño — dijo ella. —Puedes sentarte aquí, preciosa —propuso el otro, señalando el asiento junto a su amigo—. Yo ocuparé el tuyo. —Eso no será necesario —intervino James. Antes de que Emma pudiera reaccionar, la sujetó de la muñeca y la condujo hasta el asiento junto a la ventana. —Siéntate. Ella miró primero el asiento y

