Capitulo 11

1288 Palabras
El anuncio de embarque interrumpió la conversación. Emma se despidió de los dos jóvenes con una sonrisa y avanzó hacia la puerta. James la siguió a pocos pasos, todavía molesto, aunque se negaba a reconocer la razón. Cuando subieron al avión, descubrió con visible desagrado que los muchachos ocuparían los asientos de la fila delantera. —Parece que el destino insiste en mantenernos cerca —bromeó uno de ellos al verla. Emma sonrió. —O quizá el avión es demasiado pequeño — dijo ella. —Puedes sentarte aquí, preciosa —propuso el otro, señalando el asiento junto a su amigo—. Yo ocuparé el tuyo. —Eso no será necesario —intervino James. Antes de que Emma pudiera reaccionar, la sujetó de la muñeca y la condujo hasta el asiento junto a la ventana. —Siéntate. Ella miró primero el asiento y luego a él. —Ese no es mi lugar. —Es el mío. Te lo cedo. —No me gusta viajar junto a la ventana. Intentó levantarse, pero James bloqueó el paso con el cuerpo. —Te quedarás aquí. Emma alzó una ceja. —Creo que todavía no se ha enterado, señor Coleman, pero ya no soy su empleada. —Representas a la empresa. —Y eso no le da derecho a decidir dónde debo sentarme. —No estoy dispuesto a pasar once horas vigilando que esos idiotas no intenten aprovecharse de ti. Los jóvenes escucharon la frase y soltaron una carcajada. Emma ladeó la cabeza. —¿Vigilarme? Qué detalle tan conmovedor. —No te confundas. —No lo hago. Ella se puso de pie y quedó peligrosamente cerca de él. —Ahora tiene dos opciones: me deja pasar o lo aparto de mi camino. James sostuvo su mirada. Por un instante ninguno se movió. Emma no bajó los ojos y él comprendió que, de insistir, aquella mujer sería capaz de empujarlo delante de todos. Resopló y se apartó. —Haz lo que quieras. —Eso pensaba— dijo ella con satisfacción. Regresó a su asiento original, junto al muchacho que no ocultaba su satisfacción. James se dejó caer junto a la ventana. Henderson ocupó el asiento de al lado y guardó silencio mientras acomodaba algunos documentos. El avión despegó pocos minutos después. James intentó concentrarse en los informes del proyecto, pero la risa de Emma atravesaba el respaldo del asiento. Hablaba con el joven, reía mientras le aceptaba una copa de champaña. Y, por alguna razón incomprensible, todo aquello le resultaba profundamente irritante. —No sé qué le ve —murmuró. Henderson levantó la vista. —¿Disculpe? —Nada. —Intentó continuar leyendo. No pasó de la misma página. —Ese tipo parece un adolescente. —Tiene aproximadamente su edad— dijo Henderson. James cerró la carpeta. —Entonces es un adulto con comportamiento de adolescente. Henderson ocultó una sonrisa. —Quizá la señorita Emma encuentra agradable su compañía. —Lo dudo. —Parece divertirse. James miró hacia el respaldo delantero. —Ella se divierte molestándome. —Tal vez no todo gira alrededor de usted. James lo observó con frialdad. —Claro que no. Cinco minutos después volvió a mirar hacia adelante, una y otra vez. Las horas avanzaron con desesperante lentitud. Emma conversó, durmió un poco, bebió otra copa y se rio de varias historias que su nuevo compañero insistía en contarle. James no logró descansar. Cada vez que cerraba los ojos escuchaba la voz de ella. Y cada vez que los abría veía al joven inclinarse demasiado cerca. Durante el almuerzo, el muchacho le ofreció probar su postre, Emma aceptó y James apretó los cubiertos. —¿También vas a controlar lo que come? —preguntó Henderson sin apartar la vista de su plato. —No estoy mirando. —Por supuesto. —Solo me preocupa que llegue enferma a la reunión. —El postre parece inofensivo, señor. James dejó el tenedor sobre la bandeja. —¿Siempre tienes que defenderla? —No la defiendo. Solo intento comprender qué ha hecho para irritarlo tanto. James volvió a mirar al frente. —Respirar. Henderson sonrió. —Eso explica muchas cosas. —— Varias horas después, Emma se levantó y caminó hacia los baños. James la siguió con la mirada. Esperó unos segundos, luego se puso de pie. Henderson lo observó por encima de sus lentes. —¿Va al baño? —Sí. —Qué coincidencia. James ignoró el comentario. Alcanzó a Emma justo cuando ella extendía la mano hacia la puerta. —¡j***r! —exclamó al sentirlo detrás—. ¿Qué le sucede? —Nada. —Entonces deje de seguirme. —No te sigo. También necesito entrar. Emma miró la puerta y después a él. —Hay otro baño al fondo. —Está ocupado. —No lo está. —¿Cómo lo sabes? —Porque acabo de verlo. James apretó la mandíbula. —¿Disfrutas provocándome? Emma cruzó los brazos. —¿Desde cuándo le importa lo que hago? —Desde que representas a Coleman Corporation en un viaje de negocios. —No se preocupe. No pienso arruinar su prestigiosa reputación. —Te has pasado todo el vuelo coqueteando con dos desconocidos. —Con uno. El otro está comprometido. James la miró incrédulo. —¿Ya conoces hasta su estado civil? —Hemos tenido once horas para conversar. —Eso no significa que tengas que comportarte como una adolescente. Emma sonrió. —¿Está celoso? —No seas ridícula. —Entonces no entiendo por qué me sigue hasta el baño. —Me preocupa la imagen de la empresa. —Claro. —No quiero abrir un periódico mañana y descubrir que una de nuestras representantes terminó acostándose con dos hombres en el baño de un avión. Emma guardó silencio unos segundos. Después dio un paso hacia él. James permaneció inmóvil. Ella bajó la voz hasta convertirla en un susurro. —Puede estar tranquilo. No pienso acostarme con ellos aquí. —Se acercó un poco más. —Estos baños son incómodos, estrechos. Nada apropiados para disfrutar. Pasó lentamente un dedo por la solapa de su chaqueta. —Prefiero una habitación de hotel con una cama grande, sábanas suaves, luces bajas. Su dedo ascendió hasta rozarle la mandíbula. —Y tiempo suficiente para quedarme dormida después de un orgasmo inolvidable — concluyó. James tragó saliva. La cercanía de Emma le impedía pensar con claridad. Sus ojos descendieron involuntariamente hacia sus labios. Ella sonrió. —¿Usted no? James dio un paso atrás. —Te prohíbo que vuelvas a hablar con ellos. La sonrisa de Emma desapareció. —Usted no me prohíbe nada. —Emma... —En primer lugar, porque no es mi jefe—Avanzó hasta dejarlo contra la pared del pasillo.—Y, en segundo lugar, porque mi vida personal no le incumbe. James intentó recuperar la compostura. —No sabes con quién estás tratando. —Sé perfectamente con quién estoy tratando, señor Coleman. Ella colocó la mano sobre el picaporte. —Ahora, si me permite, necesito entrar. —Todavía no hemos terminado. Emma abrió la puerta. —Puede esperar aquí. Aunque debo advertirle que no soy una mujer delicada y quizá escuche cosas que destruyan para siempre esa imagen sensual que acaba de construir en su cabeza. James frunció el ceño. —No he construido ninguna imagen. —Entonces deje de mirar mi boca. Él apartó la vista de inmediato. Emma sonrió con satisfacción. —Eso pensé. Entró al baño y cerró la puerta frente a su rostro. James permaneció inmóvil durante varios segundos. Desde unas filas más atrás, Henderson observó la escena y negó lentamente con la cabeza. No necesitaba escuchar la conversación para comprender lo evidente. James Coleman estaba celoso y lo peor era que todavía no lo sabía.
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