Capitulo10

1224 Palabras
En el salón de belleza, Jenna seguía escuchando a Emma sin interrumpirla. Las tijeras permanecían olvidadas en el suelo. —¿Y firmaste ese contrato? —preguntó finalmente, todavía conmocionada. —No tenía alternativa. —Emma, ese hombre te está enviando a una trampa. —Lo sé. Jenna se puso de pie. —Entonces no puedes viajar. ¡Podrían matarte! Emma sostuvo su mirada a través del espejo. —Si me quedo, podrían hacerle daño a William y a mi madre. —Tenemos que llamar a la policía. Emma negó. —Elliot tiene personas en todas partes. Abogados, jueces, empresarios. No podría demostrar nada antes de que él cumpliera su amenaza. Jenna llevó ambas manos a la cabeza. —Dios mío. —Por eso necesito que me ayudes. Su amiga se acercó. —¿A cambiar de imagen? —A que nadie vuelva a subestimarme. Jenna la miró con tristeza. —Emma. No quiero que te conviertas en alguien que no eres. —No voy a hacerlo. —Ella tomó las tijeras del suelo y se las entregó.—Solo voy a dejar que vean la parte de mí que siempre mantuve escondida. Jenna las recibió lentamente. —¿Estás segura? Emma observó su reflejo. La mujer que tenía delante parecía agotada, triste, derrotada. Pero detrás de aquellas lágrimas todavía había fuego. —Completamente. Jenna respiró hondo. Luego rodeó el sillón y se colocó detrás de ella. —Entonces despídete de la antigua Emma Díaz. Las tijeras se cerraron sobre el primer mechón. El cabello cayó al suelo. Emma no apartó la mirada del espejo. No sabía qué encontraría en Holanda. No sabía quiénes intentarían detenerla. Pero una cosa estaba clara. La mujer que Elliot Coleman creyó haber condenado acababa de dejar de tener miedo. —— La mañana llegó envuelta en una tenue neblina sobre San Francisco. Emma fue la primera en llegar al Aeropuerto Internacional. Arrastró su pequeña maleta hasta la sala VIP y tomó asiento junto a los enormes ventanales desde donde podían verse las pistas de despegue. Por primera vez en muchos años se permitió observar su reflejo. Jenna había hecho un trabajo extraordinario. El nuevo corte de cabello enmarcaba su rostro con delicadeza. El maquillaje apenas resaltaba sus facciones y el elegante conjunto que llevaba puesto transformaba por completo la imagen de la secretaria discreta que todos conocían. Era la misma Emma, pero el mundo ya no la vería igual. No tardó en notar varias miradas masculinas siguiéndola mientras caminaban por la sala de espera. Algunas eran discretas, otras descaradamente admiradas. Hacía unos días aquello la habría incomodado, ahora solo le recordaba una cosa. Podía utilizarlo a su favor. Diez minutos después apareció Noah Henderson. Vestido con un impecable traje oscuro, recorrió la sala con la mirada buscando a Emma. Frunció el ceño. Sacó el teléfono del bolsillo para llamarla, ella sonrió divertida antes de contestar. —Buenos días, licenciado. —Buenos días, señorita Emma. ¿Dónde está? El abordaje comenzará en cualquier momento. —Llegué hace casi una hora. —¿Dónde? Emma levantó lentamente la mano. —Justo frente a usted. Henderson siguió la dirección del gesto. Sus ojos se abrieron ligeramente. La observó durante varios segundos antes de acercarse. Todavía sostenía el teléfono junto al oído. —No... no la reconocí. Emma guardó su celular. —Buenos días. —Buenos días. El abogado sonrió con sinceridad. —Debo admitir que el cambio fue sorprendente. —¿Demasiado? —En absoluto. Se ve muy elegante. Emma agradeció el cumplido con una leve inclinación de cabeza. —¿James aún no llega? —No debe tardar. —Entonces usted también viaja. Henderson dejó escapar una pequeña risa. —Sería extraño enviarlos solos a negociar un proyecto de ese tamaño. —Tiene razón. Qué despistada soy. En ese instante una voz conocida rompió la tranquilidad. —¡Henderson! James Coleman apareció caminando con prisa mientras acomodaba el reloj sobre su muñeca. Ni siquiera miró a Emma. Tomó al abogado del brazo y lo apartó unos pasos. —¿Te das cuenta de la hora que es? Esa mujer todavía no aparece. Henderson carraspeó. —Señor... —Lo hace para fastidiarme. Estoy seguro, si pierde el vuelo será la mejor noticia del día. Ese proyecto le queda demasiado grande. —Señor... —¿Qué? —La señorita Emma llegó hace bastante rato. James frunció el ceño. —¿Dónde? —Aquí. Emma dio un paso al frente. —Buenos días, señor Coleman. James giró lentamente. Por un instante creyó haberse equivocado de persona. La recorrió de arriba abajo sin decir una sola palabra. El vestido realzaba su figura con una elegancia que jamás había visto en ella. El cabello caía suavemente sobre sus hombros. Y aquella sonrisa era completamente nueva. —Vaya.. Fue lo único que logró decir. Emma sostuvo su mirada con absoluta tranquilidad. James recuperó rápidamente su habitual arrogancia. —Al menos esta vez no tendré que avergonzarme de que nos vean juntos. Emma sonrió con falsa dulzura. —Qué alivio. Temía pasar toda la semana preocupada por su opinión. Henderson ocultó una sonrisa. James resopló. —Aunque la mona se vista de seda... —...seguirá creyéndose dueño del zoológico —o interrumpe ella mientras toma su maleta y pasa junto a él sin esperar respuesta. James permaneció inmóvil observándola alejarse. El movimiento elegante de sus pasos, la seguridad con la que caminaba, aquella mujer parecía otra. —¿Ve a lo que me refiero? —murmuró cuando volvió junto a Henderson. —¿A qué exactamente? —Algo cambió y no me gusta. —¿Le parece un cambio negativo? —No. Ese es precisamente el problema, justo antes de este viaje decide aparecer convertida en otra persona. Eso no puede ser casualidad. —— Mientras esperaban el llamado para abordar, dos jóvenes se acercaron a Emma. Le pidieron una fotografía. Ella aceptó con naturalidad. Conversó unos minutos con ellos mientras reían de alguna ocurrencia. James observaba la escena desde la distancia. Cada segundo parecía irritarlo un poco más. —¿Crees que esos tipos sean un peligro? —preguntó en voz baja. —Solo parecen admiradores ocasionales— respondió el abogado. —Uno acaba de ponerle la mano en la cintura. — dijo James. —Fue para la fotografía, señor. —No deja de ser un desconocido. Henderson lo miró divertido. —Señor, creo que está exagerando. James frunció el ceño. —No exagero. Es representante de la empresa, debe cuidar su imagen. Sin esperar respuesta caminó directamente hacia ellos para apartarlos de Emma. —Disculpen. Los tres levantaron la vista. James sonrió con una cortesía impecable. —La señorita viaja conmigo. Uno de los muchachos respondió con amabilidad. —Solo conversábamos un momento. Emma cruzó los brazos. —No sabía que necesitaba un guardaespaldas, señor James. James sonrió sin apartar la vista de los jóvenes. —Alguien tiene que cuidar a los empleados imprudentes. Ella arqueó una ceja. —¿De verdad está preocupado por mí? Los dos jóvenes soltaron una carcajada. James carraspeó. —No confundas preocupación con responsabilidad. Emma negó divertida. —Tranquilo, señor Coleman. Prometo no hacer quedar mal a la empresa. Se dio media vuelta y continuó caminando hacia la puerta de embarque. James la siguió con la mirada. Cada vez entendía menos a aquella mujer y eso empezaba a desesperarlo.
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