Capítulo 17: El eco en la sangre

403 Palabras
La noche había caído como una mordaza sobre la mansión Valemont. Derek estaba solo en el salón de los vitrales, con una copa de vino a medio beber y la piedra familiar en la palma abierta. La misma piedra negra. La misma espiral. Sus ojos fijos en la llama de la chimenea. Pero no la veía. Sentía. Primero fue un pulso. Luego, una quemadura. Y después… una ráfaga de fuego sin origen, como si alguien hubiese encendido una antorcha dentro de su pecho. Soltó la piedra. Cayó al suelo con un clic hueco. Cerró los ojos. Y allí estaba ella. Alisha. No con claridad… sino como una sombra ardiente. Como una memoria que no era suya. Como un perfume que despierta cuando uno está a punto de olvidar. No la veía. Pero la sentía. Una lámpara encendida donde no debía. Una chispa donde no había mecha. Y un grito… no de miedo. Sino de poder. --- Derek se levantó bruscamente, su cuerpo tenso, la respiración desordenada. No estaba enfermo. No estaba alucinando. Estaba conectado. —¿Qué me hiciste…? —murmuró, sin saber si hablaba con su madre, con su padre muerto… o con Alisha misma. La chimenea crepitó con violencia. Recordó lo que le dijo Martha apenas días atrás: “Lo que hay dentro de ti la reconoce.” No era solo una frase poética. No era una obsesión romántica. Era algo más antiguo. Algo implantado. Derek se quitó el anillo familiar y lo lanzó contra el fuego. No por rabia. Por miedo. Por la certeza de que ya no controlaba del todo su voluntad. --- —Traigan al oráculo —ordenó, minutos después, a través del comunicador privado. Del otro lado, solo un murmullo: —Creíamos que no querías usar esos métodos, señor Valemont. —Ahora quiero respuestas. Y si tengo que arrancarlas del tiempo, del fuego o del maldito hueso de mis ancestros… lo haré. Cortó. Caminó hacia el espejo del salón y se observó. Pero no se reconoció. Había una sombra detrás de sus ojos. Un hambre nueva. Un eco que no era suyo… y al mismo tiempo, lo era más que nada. --- En algún lugar del mundo, Alisha dormía. O tal vez no. Quizás su alma también se removía. Quizás la misma llama que la despertó… estaba despertándolo a él también. Pero mientras ella se asustaba de lo que era capaz de hacer… él empezaba a ansiarlo.
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