Kael llegó al pueblo al amanecer.
El aire olía a grasa vieja, a miedo mal lavado. Caminó con paso lento por las calles polvorientas, ignorado por la mayoría, respetado por los que sabían leer el peligro en la forma de un hombre.
No necesitó preguntar.
Los rumores siempre flotaban rápido donde reinaba el silencio.
Tres hombres. Uno sangrando por la cara. Otro con la mano destrozada. El tercero… desaparecido.
Y una chica.
Rubia. Solitaria. De ojos fríos.
"Tenía fuego en la mirada", dijo un borracho.
"Y en las manos también", murmuró otro.
Kael no respondió.
Siguió caminando hasta el hostal. El dueño, un hombre con más miedo que memoria, no supo qué contestar cuando le mostró una moneda de cobre negra.
El símbolo Valemont aún abría puertas, incluso en el infierno.
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La habitación número siete olía a sangre seca y adrenalina vieja.
La silla rota.
El espejo astillado.
La lámpara sin bombilla… encendida.
Kael entrecerró los ojos. Se acercó.
La base metálica aún estaba caliente, aunque nadie la había tocado en horas.
Se agachó. Tocó la madera del piso.
Quemada.
No por fuego común.
Esto no fue un forcejeo.
Esto fue una advertencia.
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Horas después, Kael estaba sentado sobre una piedra al borde del bosque, observando el horizonte donde Alisha había desaparecido. El colgante de su pecho colgaba por fuera de su ropa, el viento jugueteando con la espiral marcada en el metal.
—¿Qué eres…? —murmuró.
Recordó su mirada.
Sus manos.
Su miedo transformado en rabia.
Y la lámpara que no tenía bombilla… pero que había brillado para ella.
No era magia común.
No era entrenamiento.
Era herencia.
Era fuego antiguo.
Era sangre marcada.
Y lo peor de todo:
Él no la temía.
La admiraba.
Y eso, en su mundo, era más peligroso que cualquier poder.
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Sacó su comunicador. Lo miró.
Podía llamar a Derek. Podía decirle que la chica ya no era solo carne fugitiva.
Que el legado se había despertado.
Que lo que dormía en la sangre ya no dormía.
Pero no lo hizo.
En vez de eso, volvió a guardar el dispositivo y murmuró:
—Si vas a arder, Alisha…
yo estaré cerca para verlo.
Y para que nadie más lo use contra ti.
Se levantó.
Se perdió en el bosque.
La sombra de un guardián que aún no sabe si es redentor… o cómplice.