El pueblo no tenía nombre.
O, si lo tenía, estaba cubierto por herrumbre y olvido.
Una línea de casas de techo bajo, tiendas con vitrinas rotas, gente que no preguntaba y que miraba solo lo justo. Era el tipo de sitio donde una chica como yo no debía estar sola.
Y precisamente por eso, estaba allí.
Era mejor moverse por lugares donde la ley no llegaba.
Donde ni Derek ni sus bestias solían buscar.
Me detuve frente a un pequeño hostal. Una habitación. Una noche. Solo para dormir un par de horas.
Cuando entré, el hombre detrás del mostrador me observó de arriba abajo.
No con deseo… con cálculo.
Como si evaluara cuánto podría venderme por partes.
Pagó la habitación con la tarjeta falsa que Elyn me había dejado, sin decir palabra. Me dio una llave oxidada, y con una sonrisa rota dijo:
—Número siete. La última del pasillo.
Subí sin mirar atrás.
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La habitación era tan fría como el silencio que me rodeaba. Una cama. Un espejo roto. Una lámpara sin bombilla. No me importó. Bloqueé la puerta con una silla, me quité los zapatos, y me senté a repasar el mapa por quinta vez esa noche.
Hasta que escuché el paso en el pasillo.
Uno.
Dos.
Pausa.
Luego, otra llave girando en la cerradura.
Me puse de pie. El cuchillo en la mano. El corazón golpeando como tambor de guerra.
La puerta tembló.
Luego, una voz áspera:
—Sabía que no eras de por aquí.
Empujaron. La silla cedió.
Tres hombres. Ropa sucia, cuchillos más grandes que el mío. Ojos vacíos.
—Tranquila, preciosa. No vamos a matarte. Aún.
No pensé.
Actué.
Di un paso hacia atrás, tomé la lámpara rota y la arrojé al primero. La base metálica impactó contra su ceja con un crujido. Gritó, cayó al suelo. Los otros dos se abalanzaron.
El cuchillo en mi mano cortó el aire. Y algo más.
Uno me agarró por el cabello, me lanzó contra la pared.
Dolor.
Sangre en la frente.
Pero no lloré.
Grité.
Como una bestia.
Y en ese grito… algo se quebró.
El aire se volvió pesado. La lámpara colgante parpadeó, aunque no tenía bombilla.
Y durante un segundo eterno…
todo se detuvo.
Los hombres retrocedieron. Sus ojos abiertos de par en par.
—¿Qué demonios…?
Yo misma no entendía qué pasaba.
Solo sentía fuego.
En mis venas.
En mis palmas.
En mi espalda, como si algo antiguo se hubiese despertado.
El que quedaba consciente salió corriendo.
Y yo… me quedé allí, temblando.
Mirando mis manos.
Ardiendo.
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Horas después, cuando el sol comenzaba a asomar, salí del hostal sin mirar atrás.
Con el cuchillo aún en la mano.
Con la piedra negra ardiendo contra mi pecho.
Y entonces lo supe:
No solo estaba huyendo.
Estaba cambiando.