Capítulo 14: Lo que duerme en la sangre

544 Palabras
El salón de los espejos estaba tan impecable como lo recordaba. Pisos de mármol blanco. Cortinas de terciopelo rojo. Luces bajas. Y en el centro, como una reina que nunca necesitó corona, ella. —Has tardado en venir, Derek —dijo su madre, sin volverse. —Sabes que no soy hombre de visitas —respondió él, avanzando con pasos suaves—. Pero tengo preguntas. Y tú… respuestas. Ella giró con elegancia. Aún llevaba perlas en el cuello, aún sostenía la copa de brandy como si fuera parte de su piel. Martha Blackwood. Hermosa. Aterradora. Imperturbable. —¿Sobre ella? Derek entrecerró los ojos. —¿Sabías lo que era Alisha Belmont antes de comprometerme con ella? Martha sonrió, pero sus ojos permanecieron fríos. —No sabías. Aún no sabes. Solo sentiste el eco. La llamada. —¿Qué llamada? Ella lo observó como quien mira a un niño tratando de resolver un acertijo que le queda grande. —La sangre no olvida, Derek. Aunque la mente lo intente. Se acercó al aparador y sacó una caja de madera lacada. Dentro, con delicadeza, colocó algo que él no había visto desde niño. Una piedra negra. Exactamente igual a la que Alisha lleva consigo. Con el mismo símbolo: un círculo atravesado por una espiral. —¿Qué es eso? —Un sello —respondió Martha—. De un antiguo acuerdo entre nuestra familia y la suya. Antes de que se llamaran Belmont. Antes de que nosotros fuéramos Blackwood. Éramos guardianes de una herencia, no de tierras ni títulos… sino de una llama. Una línea de sangre que... porta algo. —¿Qué? —Eso aún está dormido —dijo, mirando la piedra como si temiera que la escuchara—. Pero si despierta… será más que un símbolo. Será fuego. Voluntad. Ruina o redención. Derek tragó saliva, algo que no solía hacer. —¿Y tú crees que está en ella? —No lo creo. Lo sé. —Martha levantó la mirada—. Lo supe cuando la vi de niña. Cuando sus ojos me hicieron sentir un frío que no sentía desde que enterramos a tu padre. Silencio. Derek desvió la mirada, tensando la mandíbula. —Entonces no es solo un matrimonio. No se trata de honor… ni de venganza. Se trata de poder. —Se trata de destino. Y tú eres su cadena. Él rió, sin humor. —¿Y si no quiere? ¿Y si huye hasta el fin del mundo? —Entonces irás tras ella —respondió Martha, como si fuera obvio—. Porque no puedes evitarlo. Porque la sientes. Porque lo que hay dentro de ti la reconoce. Derek se acercó a la piedra. La tocó con la yema del dedo. Un escalofrío le recorrió la columna. —Esto… ¿esto me está cambiando? —No. Solo te está despertando. Ella ya lo hizo. Martha se sirvió más brandy. —Si la pierdes, Derek… no perderás solo a la chica. Perderás la única llave para saber qué eres realmente. Él asintió lentamente, con el pecho apretado por una mezcla de deseo, miedo y una necesidad imposible de nombrar. No podía dejarla ir. No mientras el fuego en su sangre le quemara el alma a través de la distancia.
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