Derek Valemont tenía una forma muy particular de sonreír cuando estaba furioso.
No gritaba.
No rompía cosas.
No golpeaba mesas.
Sonreía. Con los dientes bien juntos. Con los labios tensos. Como si cada músculo de su cara se negara a permitir que el monstruo saliera… aún.
La noticia le llegó al amanecer. Dos de sus hombres entraron a su despacho privado, nerviosos como perros mojados.
—Se ha ido —dijo el primero, con voz entrecortada—. Anoche. Sin dejar rastro.
Derek dejó la copa de vino sobre la mesa, con una calma que solo anunciaba tormenta.
—¿Y mi regalo? —preguntó, refiriéndose a Alisha como si fuera un objeto.
—Escapó. Creemos que por el bosque. No hay huellas en la carretera, ni cámaras captaron nada. Solo su habitación vacía… y la familia en silencio.
Silencio.
Largo.
Pesado.
El segundo guarda tragó saliva. Derek no habló durante un minuto entero.
Solo se levantó, ajustó los gemelos de su camisa, y caminó hasta la ventana. Afuera, el jardín parecía tan ordenado como su vida… hasta ahora.
—¿Sabes qué hace un lobo cuando su presa huye? —preguntó, sin volverse.
Ninguno respondió.
—La huele. La sigue. La arrincona. Y cuando la atrapa… no la mata de inmediato.
Dio media vuelta, y sus ojos grises estaban tan fríos que hasta el aire pareció retroceder.
—Encuentren a quien la ayudó. No pudo hacerlo sola. Alguien más la preparó, alguien con dinero, con conexiones… con agallas.
—¿Y si es alguien cercano? —se atrevió a preguntar uno.
—Entonces será aún más interesante —sonrió Derek—. Porque no solo la recuperaré a ella…
…sino que haré que mire mientras destruyo a los que intentaron liberarla.
Sus dedos se cerraron sobre el borde de la copa y esta se quebró con un crujido seco. La sangre se mezcló con el vino.
—No me desafían sin consecuencias —susurró, casi para sí mismo.
Luego miró a sus hombres.
—Denle la orden al rastreador. El mejor. Quiero saber cada paso, cada susurro, cada sombra que la tocó.
Y cuando la encuentren…
no la traigan a la fuerza.
Ella vendrá por voluntad propia… o rogando.