Se llamaba Kael Durand.
El mejor rastreador de Derek. Un cazador sin emociones. Ni familia, ni pasado… solo resultados.
Había sido entrenado para ver lo invisible. Huellas en la tierra, hilos de cabello atrapados en una rama, el cambio en la dirección del viento. Nada se le escapaba. Era una sombra con ojos de acero y manos que no temblaban ni siquiera al matar.
Y ahora, Derek le había dado una orden clara:
“Encuentra a la chica. Averigua quién la ayudó. Tráela de vuelta.”
Kael no hacía preguntas. Solo obedecía.
O… solía hacerlo.
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El bosque hablaba.
Y Kael lo escuchaba.
Encontró restos de pisadas femeninas, muy juntas entre sí. No una sola persona: dos. Una huía. La otra guiaba.
También halló algo curioso: un envoltorio de chicle de marca extranjera, caro. Algo que no se vende en el pueblo. Un detalle minúsculo… pero suficiente para deducir que la ayudante tenía recursos, y estilo.
Una pista más lo llevó a una vieja cabaña usada como escondite temporal. Dentro, cenizas tibias en la chimenea. Dos tazas. Ropa femenina colgada a secar. Un frasco de perfume caro, aún con aroma.
Entonces la vio.
Apoyada contra la pared trasera, con una pistola en la mano (que claramente no sabía usar) y una sonrisa descarada que parecía no temerle a nada.
—¿Tú eres el sabueso? —preguntó.
Elyn.
Rizos rojos. Mirada fiera. Cuerpo y actitud que parecían sacados de un sueño maldito.
Kael no respondió. Se limitó a observarla.
Ella lo miró como si evaluara un vino.
—Vaya, esperaba algo más… amenazante. Aunque admito que me gusta el rollo lobo solitario.
—Estás entorpeciendo mi misión.
—¿Entorpeciendo? No, mi cielo… la estoy complicando deliciosamente.
Kael no sabía lo que era el deseo. O lo había olvidado. Pero en ese momento, su instinto dejó de mirar pistas y empezó a seguir… ella.
Cuando Elyn se acercó, armada con insolencia y perfume caro, él debió apartarse.
Pero no lo hizo.
—¿Qué harás si miento? —preguntó ella, jugando con la pistola vacía—. ¿Me llevarás con tu amo? ¿Le contarás que la dulce Alisha fue salvada por su escandalosa amiga?
Kael guardó silencio.
Luego dijo, sin emoción:
—No te vi aquí. No hay huellas. No hay perfume. Nadie te describió.
Elyn parpadeó, sorprendida.
—¿Por qué?
Kael la miró fijamente.
Su voz era baja, peligrosa:
—Porque me gustas.
Y eso me jode.