La cabaña del abuelo tenía olor a madera vieja, a tiempo detenido.
Allí, por primera vez desde que escapé, me sentí casi a salvo.
Habían pasado tres días desde que Elyn y yo huimos por el bosque. Tres días compartiendo risas forzadas, silencios tensos, planes garabateados en servilletas y abrazos sin palabras. Pero ahora… llegaba el momento que menos deseaba.
La despedida.
—¿Estás segura de esto? —pregunté, con los dedos aferrados a la hebilla de mi mochila—. No tienes que irte.
Elyn se cruzó de brazos, vestida con una chaqueta de cuero n***o que parecía hecha a medida para una película de espías, y me miró como si yo fuera una niña aferrada a un juguete.
—Cariño, si me quedo, el sabueso va a olerme en dos segundos. Y no tengo tiempo ni paciencia para que me rastreen mientras intento enseñarte cómo no morir en la nieve.
—¿Sabueso?
—Sí, el rastreador. Kael. Hombre serio. Cara de piedra. —Se encogió de hombros—. No es feo, pero tiene la calidez de un ataúd.
No dije nada. Algo en sus ojos cambió al mencionarlo.
¿Era eso… interés? ¿Atracción?
¿Elyn? ¿Enredándose con el enemigo? No supe si reír o preocuparme.
—Tú me salvaste la vida —le dije—. Y ahora te vas.
Elyn suspiró. Caminó hacia mí, tomó mi cara con ambas manos y me miró con ternura.
—No me voy del todo. Me adelanto. Me muevo. Me escondo donde no puedan encontrarte. Pero esto… —tocó mi frente—, tú ya tienes el fuego que antes solo yo tenía.
Sacó de su bolso una pequeña tarjeta negra con números marcados a mano.
—Este contacto es mío. Te debe favores. Si lo necesitas, él puede sacarte del país. Pero úsalo solo si las cosas se ponen feas. Nivel "apocalipsis romántico" feo, ¿sí?
—¿Y tú?
Elyn sonrió de lado.
—Tengo mis propios planes. Algunos involucran vodka caro, identidades falsas y quizás un rastreador con problemas de control emocional.
Nos reímos. Pero detrás del chiste, el nudo en el pecho crecía.
La abracé. Con fuerza. Como si ese momento pudiera detener el tiempo.
—Gracias, Elyn. No solo por ayudarme… sino por creer en mí. Desde siempre.
—Tú eres mi hermana de otra madre, Ali. Si este mundo fuera justo, estarías en una playa feliz con un tipo decente y yo estaría en una azotea con un vestido rojo y un arma de plasma. Pero como no lo es… sobrevivimos. Y volvemos a encontrarnos.
—¿Prometido?
—Prometido.
—Se alejó, dándome un guiño—. Además… quiero estar allí cuando lo enfrentes. No me lo pierdo ni loca.
Minutos después, ella desapareció por el sendero oculto entre los árboles. Y yo me quedé sola, con el eco de sus pasos alejándose y una sensación de vacío en el pecho.
Pero antes del atardecer…
sentí algo.
Un crujido en la nieve.
Un pájaro que calló de golpe.
El cambio en el aire.
El rastreador había llegado.
Y mi historia apenas comenzaba.