El bosque cambió cuando crucé el arroyo.
Lo supe por el aire.
Más denso. Más antiguo.
Como si cada rama, cada roca y cada sombra recordaran un nombre olvidado.
Mi nombre.
La visión aún me ardía en la memoria.
La sala circular.
El fuego.
El símbolo.
Y esa niña que no era yo, pero que lloraba con mi garganta.
Seguí caminando.
El camino desapareció, pero mis pasos siguieron.
No guiados por lógica.
Sino por algo más profundo que eso.
Instinto.
O destino.
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Cuando lo vi, mi corazón se detuvo.
No porque el templo fuera majestuoso —no lo era.
Era ruina.
Hueso de piedra cubierto de maleza y musgo.
Pero era el mismo lugar del sueño.
Exacto.
> Esto no lo encontré.
Esto me encontró a mí.
Crucé el umbral como si cruzara una frontera invisible.
El mundo calló.
Ni un pájaro. Ni un insecto.
Solo el eco de mi respiración.
Entonces lo vi.
El círculo grabado en el suelo.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
Me arrodillé.
Apoyé los dedos sobre las líneas gastadas.
El símbolo…
ardía.
Otra vez.
En mi piel.
Como si me reconociera.
No había viento.
Pero mi cabello se movió.
Y una voz que no era voz susurró desde dentro de mí:
> “Regresaste.”
Me eché hacia atrás, temblando.
No de miedo.
De reconocimiento.
Miré mis manos. Temblaban.
La piedra negra colgando de mi cuello brillaba como si absorbiera algo del lugar.
O lo encendiera.
¿Cuántas veces había estado aquí antes?
¿En otra vida?
¿O en la memoria viva de mi sangre?
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Caminé alrededor del círculo.
Algo crujió bajo mis botas.
Me agaché.
Una huella.
Fresca.
Reciente.
De hombre.
No era mía.
Alguien más había estado allí.
Me puse de pie lentamente.
Los árboles ya no me parecían solo árboles.
Las sombras ya no me parecían vacías.
Alguien había llegado primero.
Y quizás aún me observaba.
Pero no me fui.
No huí.
Me senté en el centro del símbolo.
Crucé las piernas.
Y cerré los ojos.
—Muéstrame —susurré—. Si tengo que recordar, muéstramelo.
Todo.
Y la piedra, caliente contra mi pecho, respondió.