La mañana siguiente fue encantadora. Jason, Nathan y yo estuvimos cocinando, jugando y riendo por horas. Nathan me hacía tan bien, me sentía completa, segura… Si hubiese sido por mí, aquella mañana habría sido eterna… Era mediodía cuando le teléfono de Nathan comenzó a sonar y el nombre de mi padre apareció en la pantalla. Sentí que mi estómago daba un vuelco. - Contesta – siseé algo nerviosa. Nathan me dedicó una mirada preocupada y respondió. - Buenos días, Sr. Jefferson – apretó los puños. – Sí, bueno estoy en mi casa, ¿Es muy urgente? Es que, yo… Claro, por supuesto. Lo estaré esperando, hasta pronto – cortó la llamada y se volteó a verme, lucía blanco como un papel. - ¿Y bien? - Corre, viene para acá – se levantó a lavar los platos y yo me dediqué a recog

