Narra Carolina
Ha pasado una semana desde que mi padre y Max saben lo que soy. En esos días las cosas han cambiado: me miran diferente, me tratan con una mezcla de miedito y cariño forzado; mi padre, en particular, se ha vuelto más protector, como si quisiera compensar con ternura la distancia de siempre. Max, por su parte, está frágil. A veces lo veo caminar por la casa con la mirada perdida, como si llevara un peso invisible que no sabe cómo soltar. Yo también tengo pesadillas; cada noche vuelvo a la misma escena: sombras que susurran mi nombre, voces que me llaman «huésped» y un eco que anuncia el precio que aún no he pagado.
Esta mañana estoy en la moto de mi hermano, camino a la universidad. Es mi primer año; él ya va en su segundo. Sí, sí, sé lo que están pensando: «privilegios de ser la hija de Carlos Black». No voy a negar que la gente me observa distinto, pero ni el apellido ni la mochila de marca pueden protegerte cuando lo que llevas dentro es una bestia que bosteza esperando sangre.
A los tres minutos de llegar, mi hermano apaga la moto y varias miradas se pegan a nosotros. Jóvenes y señoritas giran la cabeza, y no es para menos: Max, a mi lado, es un imán de curiosidad y lástima a partes iguales. Me quito el casco y noto cómo algunos rostros se desencajan. Entro al gran edificio de la universidad con la cabeza alta, pero mis ojos no pueden evitar buscar a Max de reojo. Está cabizbajo, tenso, como quien espera que en cualquier momento la tierra se abra.
Los murmullos no tardan: «¿Quién es esa? ¿Por qué está con Max?», «¿Serán novios?», «Esa mocosa...». Me reprendo a mí misma por darle importancia a las voces; sé que la indiferencia es una buena armadura, pero hay días en que el desprecio ajeno entra por los oídos y se clava en el pecho.
Caminamos por el pasillo y mi mirada se topa con un grupo de porristas. De verdad, sus uniformes parecen sacados de un prostíbulo; lo digo sin rodeos. La capitana, la más grande de todas, me mira con una mezcla de condescendencia y odio bien practicada. Se abalanza sobre Max como si fuera suyo por derecho divino.
—Maxii, mi amor —dice con voz melosa, extendiendo la mano como quien agarra un balón—. ¿De dónde salió? —se burla mirando a la chica que sujeta del cuello a Max.
Max, con voz ronca, susurra: —Cassandra, suéltame. No soy tuyo.
Cassandra me mira entonces. Puedo ver en su cara la furia contenida, esa ira de quien cree que el mundo le debe premios. Y de repente, sin que lo espere, me suelta una bofetada. Siento el impacto en la mejilla como el mordisco de una lata fría; sé que dejará marca.
Max abre los ojos como platos y palidece. Sabe exactamente lo que hice y el abismo que se avecina.
—¡¿Qué hiciste?! ¿¡Estás loca, Cassandra!? —grita, sin poder creerlo.
Él me mira suplicando un «no, por favor». Mi respuesta es una sonrisa que no alcanzo a contener. La adrenalina palpita en mis venas y, por un segundo, la rabia se convierte en algo placentero, en un veneno dulce. No me arrepiento. Soy orgullosa y peligrosa cuando me mojáis las manos con la injusticia.
—Lo siento, hermanito —murmuro con voz afilada—, pero prácticamente soy el diablo.
Cassandra cae al suelo con la fuerza de la cachetada. Me acerco a ella y me inclino en su cara; a mi boca asoma un susurro helado:
—Aléjate de Max o conocerás al diablo, zorra.
Mi voz se ha quedado ronca; cada palabra sale con filo. Agarro el brazo de Max y lo arrastro fuera del lugar, notando las miradas que atraviesan mi espalda como agujas. Casi toda la universidad nos observa: algunos con morbo, otros con lástima. Les doy todo: les doy el espectáculo que necesitan.
Después de resolver mis horarios, cierro mi casillero con demasiada fuerza. Me doy la vuelta y choco contra alguien; mis libros vuelan por el suelo y un ruido seco me arranca una mueca. Aprieto los dientes. Enfrente está un chico, de esos que parecen tallados en piedra, con dos amigos y tres chicas detrás. Los «malos» de la universidad. Reconozco sus camisas, sus gestos de dominio, su perfume barato.
—¡Maldita sea! ¿Se te perdió algo? —ruge el chico con voz grave, inflando el pecho.
No me intimidaron. Puede que a veces sea explosiva, pero no me dejo. Él se acerca como quien quiere marcar territorio.
—Mira, mocosa —amenaza—. Aléjate de Max si no quieres problemas.
Y yo, sin pensar, contesto con una sonrisa que sabe a ácido:
—¿Y qué pasa si no me alejo?
Los presentes cambian su postura; unos sienten miedo, otros asco, y algunos me compadecen con gesto condescendiente. Entonces tres chicas frente a mí sueltan carcajadas. La pelirroja se acerca y me empuja contra los casilleros. Maldito ruido metálico. Consigo no perder la compostura por un pelito. Estoy al borde de un colapso. Si Max no llega ahora mismo, no me hago responsable de lo que vaya a pasar.
Una voz interna, suave y seductora, se despierta: «quiero un poco de sangre o dame el control». No es una voz humana; es más bien algo que llevo dentro desde que tengo memoria. Una sonrisa de psicópata se curva en mis labios y el cuerpo me responde: la piel se eriza, la adrenalina sube, el pecho arde con una ansia primitiva. Me atrae la idea del peligro: el olor a metal, los gritos, el miedo. La boca se me hace agua por un impulso que odio y a la vez disfruto.