T R E C E

584 Palabras
Continuacion Una voz interna, suave y seductora, se despierta: «quiero un poco de sangre o dame el control». No es una voz humana; es más bien algo que llevo dentro desde que tengo memoria. Una sonrisa de psicópata se curva en mis labios y el cuerpo me responde: la piel se eriza, la adrenalina sube, el pecho arde con una ansia primitiva. Me atrae la idea del peligro: el olor a metal, los gritos, el miedo. La boca se me hace agua por un impulso que odio y a la vez disfruto. Me detengo un instante —respiro— y noto que puedo sentir la tensión del lugar como si fuera un tejido vibrante bajo la piel. No quiero perder el control aquí, no ahora, no donde Max pueda verse comprometido. Así que me obligo a sonreír, a fingir que soy una chica humilde e inofensiva. —¿De verdad piensan que con empujones van a intimidarme? —digo en voz alta, con una seguridad que no siento del todo. El líder del grupo me mira con curiosidad, como quien examina un animal nuevo en el zoológico. Sus amigos se colocan a su alrededor, listos para seguir su orden. Yo juego mi carta: la indiferencia. Es una estrategia peligrosa, porque he descubierto que la indiferencia puede ser más cruel que la violencia directa. De pronto, la puerta se abre y Max aparece. Su presencia es un bálsamo y una tormenta: me miró con esa mezcla de alivio y ansiedad que parte mi alma en dos. La tensión en el pasillo sube, pero mi hermano no es tonto: sabe leer el ambiente. Se planta entre nosotros y dice con voz firme: —¿Todo bien aquí? La cortina de hostilidad baja un poco. El líder nos lanza una mirada y decide que no vale la pena comenzar problemas hoy. Se retiran con un último bufido, murmurando insultos que se pierden en el eco del pasillo. Me siento temblar por dentro. Max me toma la mano con fuerza; sus dedos están fríos. Nos alejamos y, por primera vez en días, me dejo caer en una banca. Sus ojos me miran con una ternura que me humilla y me consuela a la vez. —¿Estás bien? —pregunta, con verdadera preocupación. —Sí —miento—. Solo... cansada. No le cuento la verdad: que la sed se agita en mis venas como un animal enjaulado. No le digo que, en momentos de tensión, la oscuridad llama con voz de seda. No le digo que existen noches en las que me pregunto si alguna vez podré controlarlo todo sin acabar dañando lo que más quiero. Mientras él me mira, yo imagino un futuro en el que podría aprender a domar esa bestia. Un futuro en el que la palabra «control» deje de ser una ironía. Pero también sé que los deseos no se apagan tan fácil; solo se esconden y esperan la próxima chispa. Y la próxima chispa puede estar a la vuelta de la esquina. La universidad sigue su ritmo; estudiantes entran y salen, y la vida pulsa con su habitual indiferencia. Pero dentro de mí algo ha cambiado: un juramento silencioso de que no dejaré que la maldición me devore ni que convierta a Max en una víctima. Caminaré al filo del abismo si hace falta, pero no permitiré que nos destruya. Porque aunque el diablo susurre en mi oído, soy Carolina Black. Y mi familia—maldita sea—es mi responsabilidad. Continuará...
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