POV: Max
Después de dejar a Carol en la oficina del director, me fui al baño como si lo necesitara y no por nervios. Cerré la puerta detrás de mí, me apoyé contra el frío azulejo y respiré hondo intentando ordenar los pensamientos. Mi corazón latía con una violencia que no terminaba de entender; era como si algo dentro de mí estuviera en alerta permanente desde aquella noche en la que todo se reveló. Las manos me sudaban, el pulso no bajaba. Me miré al espejo: la cara pálida, ojeras que hasta hace poco no existían y una expresión de quien intenta sostener un mundo que se le desmorona.
—Tenías que esperarme —murmuré sin saber si hablaba con ella o conmigo mismo.
Salí y recorrí el pasillo despacio, queriendo creer que controlaba la situación. Pero los pasillos se llenaban de miradas. Susurros al pasar: “pobre la nueva”, “mira a Max, qué desgracia”, “esa chica trae problemas”. Era como si una ola invisible de juicios me golpeara en la cara a cada paso. Me dolía escuchar el tenor de las voces; no solo por Carol, sino porque sabía que muchos de esos comentarios venían desde el desconocimiento, desde el miedo a lo que no comprenden.
A lo lejos vi una acumulación de gente. La masa humana formaba un embudo hacia el centro del pasillo. El rumor aumentó y pude distinguir una sola palabra entre el maremágnum: “pelea”. No pensé, simplemente corrí. Las piernas me empujaron, la adrenalina inundó mis sentidos y la respiración se me volvió rápida y superficial. Abrí paso con los hombros y los codos, apartando mochilas, empujando sin intención, guiado por una mezcla de miedo y urgencia.
Entonces la vi. Carolina, encima de Lucas —el hermano de Cassandra—, pisándole la cabeza con una fuerza que no me esperaba de ella. La gente rodeaba la escena como si asistiera a un espectáculo; algunos grababan, otros gritaban. Sentí que el mundo se condensaba en ese rincón del pasillo. No había tiempo para pensar en consecuencias. Entré como un proyectil y la separé del muchacho, agarrándola por la cintura con la fuerza de quien teme perderlo todo en un segundo.
Ella me miró. No fue la mirada que yo conocía; había otra cosa ahí, algo afilado y exultante que me atravesó como un escalofrío. Se soltó de mi agarre y me dio la cara. No supe si estaba furiosa conmigo por detenerla o satisfecha por haber mostrado lo que es capaz de hacer. Me dio miedo. Me dio más miedo del que me dio aquel primer ataque de asfixia la noche en casa. Porque era la certeza de que había algo en ella que no era solo ira: era hambre, era un brillo que me heló la sangre.
Di un paso atrás. No era algo premeditado; mis músculos obedecieron por sí solos, como si mi cuerpo prefiriera la distancia. Su sonrisa se ensanchó hasta convertirse en algo que rara vez se clasificaba como humana. Ladeó la cabeza, y ese gesto sencillo hizo que el brillo en sus ojos tomara vida propia: podía leerlo como quien entiende un motor extraño, capaz de mecidas inciertas.
—Max —dijo con voz suave, pero en su tono había una melodía rara, una cadencia que recordaba a relojes que hacen tic-tac demasiado cerca—. ¿Qué pasa? ¿Te asustaste?
Mi rabia quiso brotar, proteger a ese desconocido tirado en el suelo; parte de mí comprendía que había exagerado, que a lo mejor Lucas lo merecía, que Cassandra y su clan llevaban meses provocando. Pero otra parte más profunda, más antigua, me decía que aquello no era normal. Sentí repulsión por la sonrisa de ella y, sin embargo, un impulso protector casi irracional me llevó a decir:
—No le toques más.
Ella se encogió de hombros con una pereza teatral. Levantó una ceja, como si el mundo entero fuera un juguete y nosotros solo figuras dentro de su sala. Las miradas ajenas eran cuchillos, y no había en el público ninguno dispuesto a intervenir sin pagar el precio de un rumor.
El hermano de Cassandra gimió, agarrándose la cabeza donde había sido pisado. Un empleado de la universidad trató de acercarse pero la multitud lo contuvo con el miedo a empeorar las cosas. Algunos estudiantes lanzaban insultos; otros, palabras de aliento. Yo sólo pensé en sacar a Carolina de allí, en llevarla a un sitio seguro y en explicarle con voz firme que esas escenas la quemaban, que no podía convertirse en algo que la gente señalara.
Nos separamos. Ella, altiva, pasó entre los estudiantes con paso lento y medido; yo me quedé con la sensación de que la había visto nacer de un modo distinto, como si a cada segundo la conociera más y menos al mismo tiempo. Mis manos no dejaban de temblar.
La llevé a la biblioteca, buscando un rincón donde el bullicio se disfrazara de silencio. Le tomé la mano y la senté frente a mí. Tenía la respiración agitada, una mezcla de euforia y calma que me confundía. Me miró con ojos que se suavizaban, pero el temblor de su sonrisa no desaparecía del todo, como si una cortina hubiera cubierto lo que había detrás.
—¿Estás bien? —pregunté.
Ella asintió. Sus dedos se entrelazaron con los míos, con la familiaridad de quien sabe que en mí encuentra un puerto. Y sin embargo, en su contacto había un calor distorsionado, una electricidad que me hizo retroceder por dentro.
—Sí —respondió—. Gracias por... salvarme, supongo. No me gusta que me interrumpan el show.
“No show”, pensé, mientras la palabra resonaba como una alarma. Le noté los labios húmedos, la respiración entrecortada, y otra vez el brillo resbaló en su iris. No quise preguntarle nada. Quizá porque ya no esperaba respuestas sencillas de ella; quizá porque tenía miedo de lo que las respuestas podrían significar.