Continuacion
POV: Max
“No show”, pensé, mientras la palabra resonaba como una alarma. Le noté los labios húmedos, la respiración entrecortada, y otra vez el brillo resbaló en su iris. No quise preguntarle nada. Quizá porque ya no esperaba respuestas sencillas de ella; quizá porque tenía miedo de lo que las respuestas podrían significar.
Durante el resto de las clases mi mente no dejó de girar. Intenté concentrarme, escuchar lo que el profesor decía, pero su voz era un murmullo remoto. Mis dedos jugueteaban con la hebilla de la mochila. Pensaba en la maldición, en las palabras que habían resonado en mi familia, en el sacrificio del que hablaba mi padre, en las noches en las que yo mismo me despertaba ahogado. Me preguntaba si todo aquello tenía que ver con Carol, si su fuerza era la consecuencia directa de algo que antes había querido protegernos.
En el recreo, la universidad parecía una olla a presión. Los grupos dividían el espacio como piezas que se repelían. Yo la vi en la distancia, hablando con dos amigas, riendo con una facilidad que me ponía los pelos de punta. Cada risa suya tenía ese eco ácido que, en mi interior, sonaba a amenaza.
Caminé hacia ella y ella me miró, como si me hubiera esperado. Le dije que habían dicho que Lucas estaba bien; que había recibido atención médica. Ella sonrió con suficiencia, como si esperara que eso bastara. Le dije que sentía el peso de todo, que no quería que se metiera en problemas por mi culpa.
—No es por culpa tuya —murmuró—. Tú no pediste esto.
Sus palabras fueron un bálsamo y un pinchazo al mismo tiempo. Porque yo sí había pedido claridad; había pedido una vida normal. La mirada con que me contestó me hizo recordar que incluso las promesas se rompen. Me contó, con poco, muchísimo, sobre su sueño de tener una vida corriente, sin peleas, sin que la vida la pegara y la remendara. Y en cada frase suya había una grieta que se abría a recuerdos que no me contó completos: noches en que el padre llegaba con una culpa invisible, miradas en casa que hablaban sin palabras y la sensación de que algo enorme, una sombra antigua, rondaba la casa.
Yo le expliqué cómo me había sentido cuando todo salió a luz: el miedo, la culpabilidad, la sensación de haber nacido con un destino que no elegí. Le confesé que había noches en las que me despertaba ahogado, pensando que aquello que ahora la parecía a ella una nueva condición para protegerla era, en realidad, una condena.
Ella inclinó la cabeza y me miró con una mezcla que no supe descifrar. Por un instante pensé que la oía respirar con la tensión de quien contiene algo grande.
—No te puedo prometer que todo será fácil —dijo finalmente—. Pero te prometo esto: no dejaremos que la maldición nos coma vivo. No permitiré que te toque.
Le creí. Quise creerla con todas mis fuerzas. Pero la tarde me dio pruebas de lo contrario. Mientras cruzábamos el patio, Cassandra apareció, acompañada de su séquito de siempre: risas agudas, manos apuntando con dedos como lanzas. Me miró con odio hecho rostro y, sin avisar, cruzó hacia nosotros. No hubo palabra, solo un empujón. Cassandra buscaba el escándalo, quería que la tensión fuera vista y juzgada.
La diferencia con el episodio del pasillo fue que ahora Carolina reaccionó distinto: su respiración se hizo más profunda, su cuerpo se tensó pero su rostro no se tornó en la sonrisa psicópata de antes. Me extrañó. Casi con delicadeza, Carolina puso una mano en el hombro de Cassandra y la alejó con un gesto que más bien parecía un guiño que una amenaza. Cassandra tropezó, resopló, y lanzó un insulto. La multitud suspiró, y el ruido volvió a encogerse.
Yo la miré y supe que había algo dentro de ella que cambiaba según el contexto, según la necesidad. Y en mi pecho se clavó otra pregunta: ¿qué parte de ella era libre y qué parte era la maldición dictando su rumbo? La tarde terminó con una sensación agridulce; por un lado la protección que me ofrecía me reconfortaba, pero por otro la sombra de lo que vi en sus ojos no me dejaba dormir.
Esa noche volví a casa con los pasos lentos, deseando que todo se normalizara. Caminé por la sala como un espectador de mi propia vida. En la cocina mamá preparaba algo y mi padre leía, con la mirada perdida. La casa olía a pan y a cosas de siempre, pero en el fondo todo estaba distinto: los silencios ahora hablaban en otra lengua.
Me acosté sin ganas de dormir ni de cerrar los ojos. Pensé en Carolina, en su sonrisa ensanchada y en cómo me había mirado cuando la separé de Lucas. Me pregunté si algún día podré andar por la vida sin sentir que llevo una bomba de tiempo en el pecho. Me pregunté si ella preferiría ser normal y renunciar a esa fuerza que la hace temida y admirada a la vez.
Antes de cerrar los ojos, sin querer, me juré algo a mí mismo: la protegería. No por heroísmo ni por orgullo; por ella. Porque a pesar del brillo que me helaba, a pesar de las noches en las que veía sombras en su pupila, había un hueco que sólo ella llenaba. Y por primera vez en mucho tiempo supe que la lealtad no es una obligación: es una elección.
Pero en el fondo de mi estómago, esa sensación viscosa que había sentido desde la escuela no se fue. Sabía que aquello no era el final. Sabía que la maldición, la herencia sucia que corría en nuestras venas, no se había ido; solo había encontrado una nueva voz. Y aquella voz, con la sonrisa de Carolina, estaba por aprender a cantar.
Continuará...