Capítulo 3

2286 Palabras
  Amelia se levantó para ir a la universidad, tenía clase a las nueve, no tenía coche porque el suyo quedó destrozado en el accidente que tuvo el día anterior, del que, gracias a Dios salió ilesa. En la casa había un montón de coches, pero todos con chofer, a ella le gustaba conducir y que nadie la llevara, así que ese día  prefirió irse hasta la universidad en metro, nunca ha presumido de lo que tenía su padre,  siempre había sido una chica sencilla y mientras pudiera quería seguir siéndolo. —Amelia, el chofer está en la puerta esperándote para llevarte a la universidad, esta semana te traen el coche que he pedido, será igual al que tenías, pero más seguro —informó su padre quien estaba sentado en la mesa desayunando. —Lo siento papá, pero me voy en metro —contesta una chica joven con pantalón vaquero y deportivas converse. Quien la viera pensaría que era la hija de cualquier trabajador normal y no de un hombre rico y poderoso, un hombre con más dinero que la reserva federal. —Esto no se discute Amelia, te llevaran y te esperaran, así que no tiene objeto que digas que no. — ¿Te da cuenta de lo que intentas hacer papá? ¿Te das cuenta de que me quieres tener en una burbuja de cristal? debes entender qué yo no soy así, que nunca seré esa Amelia que tú quieres que sea, lo siento papá, siento si te he decepcionado, siento no ser el prototipo de hija que tu hubiese querido que fuera, yo soy lo que ves y no me gusta ir con chofer y mucho menos a la universidad —contestó a su padre mientras dejaba en su lugar una taza de café que ya no quería tomar. —Amelia, ¿no te da cuenta de que no es por ti, que es por mí, me muero si te pasa…? — ¡Ah no papá! con manipulaciones no, eso no te lo voy a consentir —contestó una enfadada Amelia, a la vez que agarró su mochila y salió andando rumbo a la estación de metro más cercana. Sabía que era imposible ganarle el pulso a su padre, porque lo que estaba pasando era digno de un culebrón barato.  Mientras iba caminando dirección al metro tenía un coche delante, otro detrás y dos guardaespaldas a cada lado. Siguió caminando sin mirar a ningún lado, la cara de vergüenza no sé la quitó nadie, su padre nunca va a entender que con ella se ha equivocado, a ella no le interesaba el dinero, ella con tener para comer y sus gastos que tampoco es que fueran muchos, era suficiente. No quería ver la cara de los transeúntes que estaban observando la escena, por eso no se dio cuenta que entre todos aba caminando un chico de unos veintiocho años, con el pelo y los vaqueros desenfadados, caminar desgarbado y mirada misteriosa; eso sí, con un cuerpo que quitaba el aliento a cualquier chica. No la perdia de vista, como tampoco a los matones, los coches y las pistolas que la acompañan.   ******   Logan estaba haciendo un estudio de campo, quería estudiar posibilidades, ya que estaba solo, su amigo Marcelo no quiso echar una mano, dijo que no quería problemas, que no quería volver a la cárcel. Logan lo comprendía, entendía que no quisiera participar de un s*******o, un s*******o era algo serio, él no podía obligarlo a nada, los motivos eran solo suyos, lo que ha vivido solo lo ha vivido él y entendía perfectamente que nadie comprendiera su situación. Desde esa noche qué la vio en la tele empezó a buscar cosas de ella por internet, pero lo que encontró fue poco, por no decir nada, el hijo de puta la había tenido bien oculta todos esos años viviendo entre algodones, por lo que tenía claro que ya iba siendo hora de que ella supiera lo que era implorar por una gota de agua, o quizás por su vida y que su padre viva en carne propia lo que era una perdida, que te quitaran lo que más quería en el mundo. —Logan, ¿dónde andas? estoy en la puerta de tu piso —escuchó la voz de su amigo por la bocina del teléfono, al que le había oprimido la tecla de contestar cuando empezó a sonar, pero sin desviar la mirada de su objetivo. —Estoy en la calle, caminando —contestó de forma autómata. — ¡Me cago en la puta! no me digas que… —Yo solo te he dicho que estoy caminando Marcelo y que yo sepa las calles son libres y cualquiera puede transitarlas. —Logan… —respondió Marcelo más calmado —. Vente a casa y hablemos del tema, he pasado toda la noche intentando ponerme en tu lugar. —No puedes Marcelo, no hubo un padre en tu vida que haya sido tu referente, así que no lo intentes —contestó Logan con voz ronca. —Por eso estoy aquí, lo hablaremos, eres mi hermano y a los hermanos no se les abandona… tengan o no razón. —En nada estoy allí —informó Logan echando un último vistazo a la chica que empezó a bajar las escaleras de la estación del metro 47-50 Sts - Rockefeller Ctr, ubicada en el área de Midtown[1] dejándolo sin palabras y preguntándose ¿qué cojones hacia una chica como ella entrando a la estación del metro con guardaespaldas y coches blindados a su servicio? Logan no encontró una respuesta objetiva para su pregunta, por lo que también decidió bajar las escaleras de la estación alcanzando a ver como se subía en el metro que estaba por salir dejando a los matones allí con caras de estúpidos. «¿Si ella puede darles esquinazos a los matones de su padre, por qué otros no?» —fue la pregunta que se hizo Logan, pero también se hizo otras, como: ¿Por qué ella quería darle esquinazos? ¿Por qué no se fue en uno de los tantos coches que tenía su padre con matón incluido?  eran muchas preguntas, sintió que su cabeza estaba a punto de explotar, por lo que decidió hacer caso a su amigo y volver a casa. Los predios de la universidad se quedarán para después, la cárcel, su amigo y las diferentes situaciones vividas le enseñaron a no desesperar, a esperar el momento adecuado porque quien ríe de último, ríe mejor.   ****** «Lo siento padre, pero esta partida la he ganado yo y ha sido jaque mate a tu ego» —fue lo que pensó Amelia mientras iba agarrada de los barrotes del metro dirección a la universidad donde sabía que habrá un coche con chofer esperando hasta que saliera, pero le daba igual, ya verá como lo hacía de nuevo. De momento tenía una pequeña victoria en su haber y eso en su condición era suficiente para pasar el resto del día con una sonrisa, cuando llegara a casa será otra historia, pero aún le quedaban muchas horas lejos de la influencia de su padre, porque la universidad era su segunda casa, era donde sentía que podía ser ella; Amelia, una chica a quien le gusta bala vida sencilla, ir en vaqueros y zapatillas, pero con un padre que era la antítesis de lo que ella quería ser, por eso aunque no le gustaban los números intentaba aprovechar el tiempo lo mejor posible porque después de todo genio no era, pero si ponía interés se podía lograr grandes cosas. —Amelia, te esperamos en la cafetería —informo Lisbeth su compañera de clases y amiga. Habían creado un grupo de chicos y chicas que se reunían para compartir las comidas y algunas clases, un grupo en el que ella había entrado sin problemas, porque ahí solo era Amelia, una estudiante más, ahí no era Amelia Murak, hija del gran empresario y Dios del dinero Osman Murak. —Dejo mis bártulos y voy enseguida, pedirme lo mismo de siempre, tengo mucha hambre —informó dirigiéndose a su casillero para guardar todo lo que traía. Lo de siempre consistía en un verdadero desayuno americano compuesto por un sándwich de huevo con tocino crujiente y salchichas, luego se machacaba en el Gim, pero ese placer no se lo quitaba nadie. —No sé dónde metes todo lo que te comes Amelia, yo me como eso y a la semana me tienen que echar a rodar por la escalera—expresó Lisbeth mirándola con envidia mientras levantaba su tétrica taza de té. —Luego tengo que quemarlo, pero vale la pena. —Aunque luego lo quemes como dices tú, también influyen los genes, no tienes nada de grasa querida —intervino Jan, otro compañero de clase, pero desde que conoció a Amelia siempre había querido algo más. — ¿Qué quieres decir Jan? ¿Qué mis genes son una mierda? —preguntó Lisbeth con una mirada invasiva. —Nada que ver querida, una mierda no, pero si diferentes, nunca encontrarás dos personas iguales, y…Amelia es única en este planeta —infirió mirándola de forma lobuna. —Acaba de hacer su análisis Gregor Mendel[2]. —contestó Lisbeth con burla. —Aún no querida, pero estoy en el camino —contradijo Jan. Amelia los observaba, pero su cerebro estaba en otro lado, en ese accidente que tuvo el día anterior y del cual nadie había dicho nada, en esa conversación que tuvo con su padre, en la soledad en la que vivia, porque, aunque estuviera rodeada de personas, se sentía sola y sentirse así no era normal, quizás todo sea por la mierda de vida que estaba viviendo. Tenía veinticuatro años, pero su padre pensaba que tenía cinco, no ha tenido un novio formal, solo rollos, porque para él nadie era suficiente, al parecer en el planeta no había un hombre que se mereciera a la hija de Osman Murak. Antes daba poca importancia a eso hechos, pero a medida que iba cumpliendo años se preguntaba, ¿qué mierda de vida ha tenido? —¿Por qué de repente tan callada Amelia?  —preguntó Lisbeth, dejando de hablar con Jan para dirigirse a ella. —Nada, solo los observo, parecéis un matrimonio que discute por todo —contestó Amelia riendo. —¿Yo casado con esta? ¡No me hagas reír! —respondió Jan asombrado. —Ya quisieras —intervino Lisbeth.   ******   — ¿Tu, que cojones hace en una silla de ruedas?  ¿Qué coño te ha pasado? —preguntó Logan con cara de asombro mirando a Marcelo. —Y luego dicen que el mal hablado es otro—replicó Marcelo con un deje burlón, mirando hacia arriba, sentado muy cómodo en una silla de ruedas, mientras Logan abría la puerta de su piso —. Esta silla, la he pillado abajo, cerca de los contenedores mientras una señora la tiraba, vi que estaba en buenas condiciones, por eso le pregunté por qué la tiraba y me respondió que su marido ya no la necesitaba porque la había palmado. —Pero… tú tampoco la necesitas, que yo sepa corres más que una gacela — objetó Logan confundido. —Si la silla no es para mí listo, es para… nuestro “trabajito” quizás la tengamos que necesitar —contestó convencido. —Pero…yo no tengo intención de dejarla lisiada… de momento —contradijo Logan sin entender nada. —Como se nota que nunca has secuestrado a nadie, yo tampoco, solo estamos improvisando y una silla de ruedas puede dar mucho juego, porque… ¿no te voy a convencer de lo contrario no? —pregunta Marcelo tirando un salto para levantarse de la silla. —No, pero puedes intentar entenderme Marcelo, ese hijo de puta me lo quitó todo, me quitó la vida que pude tener, me quitó vivir con mi padre, me quitó mi niñez, no le tembló la voz cuando ordenó dispararle, ¡ah, porque no me acuerdo si te lo he contado o no! el señor Osman Murak nunca se ha manchado las manos de sangre, para eso están sus matones que se degradan con cada orden que reciben  y con cada disparo. —Logan… —Tenía las manos metidas en los bolsillos de su puta gabardina Marcelo —continuó Logan sin escuchar a Marcelo —. Te juro que estaba allí de pie burlándose de mi padre, mientras el pedía clemencia por su vida, mientras le pedía que no le matara. —Logan escucha… —Mira tú no tienes porqué involucrarte en esto, es cosa mía, solo te pido que no me juzgue por favor, tú me conoces, la cárcel nos ha enseñado a valorar muchas cosas que solo echamos en falta cuando prescindimos de ellas, como la libertad, pero ¿qué significa ser libres cuando seguimos estando encerrados en un pasado que no pedimos y que está ahí cada día burlándose de ti? —Logan cuenta conmigo —Logan calló de repente, ambos se estaban mirando, era una mirada de poder, pero no de ese poder que hace que creamos que estamos por encima de los demás, era una mirada de yo puedo, nosotros podemos. —Marcelo yo… —Tu nada, estamos juntos en esto, si lo que quieres es secuestrarla para hacer sufrir a su padre, estoy contigo, pero no la matarás, me lo tienes que prometer, no somos asesinos Logan, quizás atracadores y casi asesinos, pero asesinos, lo que se dice asesinos no lo somos —infirió Marcelo con un toque de sarcasmo.             [1] Es una zona de Manhattan situada en el centro de la isla del mismo nombre, en la ciudad de Nueva York, Estados Unidos. [2]  Considerado el padre de La genética.   
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