Necesidad animal

1780 Palabras
ISABELLA Nunca imaginé que mi alma gemela sería él. Mi hermanastro. Un alfa. Alaric es el tipo de hombre que vive para romper reglas... y romper corazones. Tiene ese rostro que parece tallado a mano, ese cuerpo hecho para pecar, y una lista interminable de conquistas en la universidad. Nunca se queda con nadie. Nunca repite. Porque para él, el vínculo con una pareja no significa nada. Es un ancla, una condena. Lo escuché decirlo más de una vez: "Las parejas son una jaula. Y yo nací para correr libre." Pero su padre, mi padrastro, solía advertirle que algún día se encontraría con su mate, y que esa chica pagaría por todas las que vinieron antes. ¿Y sabes qué? Su viejo tenía razón. Porque soy yo la que está sangrando por dentro ahora. Cada noche, cuando lo escucho con otra... Cada quejido, cada gemido que atraviesa las paredes... Cada vez que oigo su nombre jadeado entre sábanas que no son las mías... Es como si alguien me arrancara el corazón a tiras. —¡Más fuerte, Alaric! —gimotea una voz femenina arriba. La cama rechina. El techo tiembla. Y yo me quedo congelada, mirando el blanco liso del techo de mi habitación. —Envuélvete en mí... así, eso es... —su voz es un susurro profundo y sucio. Una orden. Una caricia cruel. —Buena chica... Mi estómago se revuelve. Siento el calor de la rabia mezclarse con el frío de la tristeza. El destino tiene un sentido del humor de mierda. Durante años soñé con ese momento en que conocería a mi pareja. Imaginaba sentirme elegida, protegida, amada por alguien que vería cada parte rota de mí y la abrazaría. Pero lo que obtuve fue esto: Una pesadilla disfrazada de deseo. Ayer cumplí los dieciocho. Y fue como si alguien activara un interruptor. Vi a Alaric y algo dentro de mí, mi loba, rugió. “Mate.” Esa palabra golpeó mi mente como una explosión. Lo supe. Sin margen de error. Él, en cambio, siguió como si nada. Siguió f0llándose a la loba de turno. Ni siquiera estoy segura de que se haya dado cuenta. Quizás su lobo también gritó y decidió ignorarlo. O peor, tal vez lo sabe... y no le importa. Mis manos tiemblan mientras me encojo bajo las sábanas. Hace dos semanas, durante mi fiesta falsa de cumpleaños, nada ocurrió. No sentí esa chispa. Pero ahora sé por qué: Sólo puedes sentir el llamado cuando ambos tienen dieciocho. Y justo un día después de mi verdadero cumpleaños, el universo me mostró a quién pertenezco. Qué cruel es todo esto. ¿Lo peor? Técnicamente, no somos hermanos de sangre. Nuestros padres se casaron hace cuatro años, pero no compartimos sangre. Aun así, todo esto se siente... prohibido. Torcido. Inmoral. Y jodidamente inevitable. Siempre lo observé desde lejos. Siempre hubo algo en él que me atraía como un imán. Pero Alaric nunca me miró dos veces. Si acaso, evitaba mirarme. Fingía que no existía. Estaba furioso porque su padre rehizo su vida después de la muerte de su madre. Y yo... yo era parte de esa nueva vida que él odiaba. —Mmm, j0der... —la voz de la chica se mezcla con el golpeteo del cabecero contra la pared. Me tapo los oídos. No sirve de nada. Las paredes de esta casa son papel. Y mis padres, en su infinita mala suerte, se fueron de viaje justo ahora. Un mes. Un mes entero en el que Alaric y yo estamos solos. Un mes en el que él debe "cuidarme". ¿Cuidarme? Se ríe el destino en mi cara. Él debería ser mío. Deberíamos marcarnos, sellar el vínculo, unir nuestras almas. Y sin embargo, me trata como una sombra. Y mientras tanto, se mete en la cama con cualquier loba caliente que se le cruce. ¿Cómo se supone que este vínculo tenga alguna esperanza? ¿Cómo se supone que haya un final feliz para nosotros? Porque, en este momento, me siento como la protagonista de una tragedia. * ALARIC La pantalla del portátil brillaba en la oscuridad. El archivo que mi padre me había enviado era extenso, lleno de números y contratos de una empresa que ya no sentía como mía. Corporaciones VEGA, el legado que debía cargar sin que nadie me lo preguntara. Pero el cuerpo de Clara, caliente y sudado sobre el mío, hacía difícil concentrarme. Ella montaba con fuerza, como si buscara exorcizar algo. Sus uñas me dejaban marcas en el pecho y sus gemidos chocaban contra las paredes. No paraba. No quería parar. —¿Quieres que lo haga otra vez...? —susurró, sin aliento, hundiéndose más sobre mi v3rga. La miré. Tenía el cabello empapado y la cara enrojecida, completamente entregada al momento. Pero yo ya estaba a medio camino entre la realidad y las cifras que bailaban en la pantalla. —Dudo que aguantes otra ronda —le dije, sin emoción, y volví la vista al informe. Podía seguir f0llándola durante horas si quisiera. El deseo no era el problema. El problema era la monotonía, el vacío detrás de todo esto. Ella gimió, apretándome desde dentro, y ese gesto bastó para que el portátil saliera volando hacia el otro lado de la cama. Me moví con ella, cambiando de ritmo, enterrándome de nuevo mientras la agarraba de la cintura. La hice gritar hasta que su cuerpo colapsó, agotada, temblando. Cayó de lado con una sonrisa rota. Dormida en segundos. Yo salí de ella, me quité el c0ndón y lo lancé al cesto. Siempre tenía cuidado. Siempre. Me hice pruebas mensuales. Lo último que necesitaba era una sorpresa en forma de enfermedad o algo peor. Nunca me involucraba con ninguna. No emocionalmente. Solo cuerpos. Sex0. Nada más. Me puse unos pantalones sueltos y bajé por agua. La cocina estaba en penumbra, tranquila, como me gustaba. Pero en cuanto crucé el umbral, algo cambió. Un aroma flotaba en el aire. Vainilla. Intensa, dulce, penetrante. Me detuve en seco. El olor me golpeó como una droga. Me hizo tambalear. Apoyé la mano en la pared y cerré los ojos. Sentí a mi lobo. Después de seis j0didos años, volvió. Lo sentí en mi pecho, en mis venas, empujando, despertando. Estaba rugiendo por salir. Solo había una razón para eso: mi pareja estaba cerca. No quería creerlo. Esa palabra. Mate. Era un grillete. Un destino escrito sin tu permiso. Había visto lo que eso hacía con alguien. Lo que le hizo a mi padre. Cuando mi madre murió, él se quebró. Perdió el sentido, la voluntad. Se hundió en pastillas, en alcohol, en alucinaciones. Se hablaba solo, decía que mi madre aún estaba con él. Quiso morir. Y si tener una pareja significaba ser capaz de volverte loco por perderla, entonces yo no quería tenerla nunca. No iba a ser esclavo de eso. No iba a destruirme por amor. Pero ese aroma… ese maldito aroma estaba en toda la casa. Bebí un vaso de agua de un trago y traté de sacarme esa idea de la cabeza. Me lavé la cara. Respiré hondo. Solo estábamos tres bajo este techo: Clara, Isabella… y yo. Y de pronto, todo en mí gritaba que no era Clara. Era ella. Subí a mi habitación sin esperar encontrar a nadie, pero ahí estaba ella, todavía desnuda, enredada en mis sábanas como si tuviera algún derecho a quedarse. Clara. Ni siquiera recordaba su apellido. Estaba dormida, con la boca entreabierta, el cabello revuelto sobre mi almohada, como si fuera su lugar. No lo era. La observé por un segundo, solo para confirmar lo que ya sabía: no sentía nada. Ni calor, ni deseo, ni ese maldito clic que todos describen cuando encuentran a su alma destinada. Nada. Como un televisor encendido sin señal. Todo está ahí, pero no transmite. Me agaché y le hablé al oído. —Levántate. Parpadeó, confundida, medio sonrió. Creyó que venía otra ronda. No. Esto se había acabado hace horas, incluso antes de que comenzara. No había fragancia dulce en ella, nada que me llevara al borde de la locura. Su piel, aunque perfecta para otros, para mí era solo eso: piel. Carne sin alma. No era mi pareja. Y por eso, me sentía aliviado. Isabella, en cambio… ¿Podía ser ella? Claro que no. Qué estupidez. Hermanastros. Apenas nos hablamos. Vivimos bajo el mismo techo como fantasmas educados, ocupando el mismo espacio sin cruzar líneas. Además, si ella fuera mi pareja, lo sabría. Tendría que haberlo sentido cuando cumplió dieciocho hace unas semanas. Yo estuve ahí, vi cómo apagaba las velas del pastel, y nada. Ni una señal de mi lobo. Ni un mísero temblor. Solo silencio. —Vístete. Lárgate. Clara frunció el ceño, recogió su ropa sin apuro. —Avísame si quieres repetir. Estoy disponible para ti, futuro Alfa. Rodé los ojos. Cerré la puerta tras ella. El cuarto olía a sex0 rancio y sudor, como un motel barato después de una orgía. Por primera vez, mi cama me resultaba ajena. Repulsiva. El colchón, las sábanas, las manchas... todo me molestaba. Solo quería arrancarlo todo y reemplazarlo con algo que me hablara de ella, de mi verdadera mate. Solo quería ese olor. Vainilla. Una fragancia tan estúpida, tan simple, pero era eso lo que mi lobo buscaba. Y por primera vez en años, lo oí. —La queremos. Fue un susurro gutural, ahogado por la vergüenza y el deseo. Mi lobo había estado en silencio durante años, ignorándome incluso en las cacerías, y ahora volvía solo para repetirlo: La queremos. Mi cabeza latía con fuerza. El eco me atravesaba como un látigo mientras caminaba tambaleándome al baño. Sentía sucio el cuerpo. Pegajoso. Ajeno. Me dejé caer de rodillas junto al inodoro. El vómito me brotó sin aviso, como si mi propio cuerpo también quisiera deshacerse de Clara. De todas. De cada cuerpo que no era ella. Me arrastré a la ducha y abrí el grifo. Agua helada. Me senté bajo el chorro sin fuerza, dejando que el agua golpeara mi piel como un castigo. Me froté con fuerza, más de la cuenta. Como si pudiera borrar el pasado con jabón. Pero no era suficiente. Me ardía la piel. Como si el alma se me retorciera por dentro. Como si mi cuerpo supiera que había fallado. Yo, que siempre había ignorado ese viejo consejo de los ancianos de nuestra especie: “Espera a tu pareja. No te adelantes. No manches lo que viene.” Lo entendí demasiado tarde. Porque ahora la deseaba con una necesidad animal. Quería olerla. Quería morderla. Quería marcarla como mía, gritarle al mundo que ella era mi única. Y no era Clara. Ni ninguna de las otras. Era ella. Isabella.
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